Apocalipsis 11.15-19

Leopoldo Cervantes-Ortiz

| July 21, 2017

Y se airaron las naciones, y tu ira ha venido, y el tiempo de juzgar a los muertos, y de dar el galardón a tus siervos los profetas, a los santos, y a los que temen tu nombre, a los pequeños y a los grandes, y de destruir a los que destruyen la tierra.

Apocalipsis 11.18, RVR 1960

Trasfondo bíblico

El salmo 119 es famoso por su extensión y porque está dedicado íntegramente a celebrar la importancia de obedecer los mandatos divinos plasmados en la Ley. Pero el salmo también exhibe como parte de esta relación con la Ley, una protesta explícita contra la violencia, pues la presenta como un fuerte obstáculo potencial para la obediencia a la Palabra divina: “Líbrame de la violencia humana pues quiero cumplir tus preceptos” (v. 134). Esta posibilidad sugiere que la violencia, como un estado ya muy arraigado en la vida humana, es capaz de alejar a la humanidad de Dios para instalar en el mundo la espiral interminable de violencia y el cinismo que ella conlleva. Aceptar los cánones del mundo en cuanto a la naturaleza violenta de la sociedad representa ponerse del lado opuesto a Dios.

La violencia en la oración de los salmos

Las abundantes historias de violencia sistemática desatadas contra grupos humanos específicos en el Antiguo Testamento parecería que contradicen lo que el salmista enuncia. Pero, por el contrario, fortalecen la crítica de la situación imperante, pues el creyente que escribe parece estar cansado de lo que sucede y levanta su protesta mediante una observación radical del espíritu de su época y, por supuesto, con alcances hasta la nuestra. Acostumbrarse a la violencia es ya en sí un pecado porque supone aceptar un estado de cosas contrario a la voluntad de Dios. Sumarse a dicha atmósfera, así sea en el nivel más pequeño, implica ir en sentido contrario de la búsqueda divina por superar el predominio de la violencia por encima del diálogo. Como parte de su programa “Decenio para superar la violencia”, un documento del Consejo Mundial de Iglesias dice lo siguiente, una serie de observaciones que pueden hacernos pensar y actuar: “La violencia nos repele, pero también nos atrae. La violencia nos alarma, pero también nos entretiene. La violencia nos destruye, pero también nos protege”.

El análisis continúa y hace una serie de observaciones sobre el comportamiento humano hacia la violencia: “Como seres humanos, nuestra valoración de la violencia parece indecisa. Muchos creen que la violencia es inevitable. Mirando al mundo, a nuestras comunidades locales y a nosotros mismos, no es sorprendente llegar a esa conclusión. Es fácil ser pesimista sobre la naturaleza humana cuando vemos lo que somos capaces de hacernos unos a otros”. Al referirse a la fe, expone la forma en que algunos pasajes bíblicos relacionan el tema de la violencia: “La fe nos dice que hay otra manera de ver la naturaleza humana. Al considerar el lugar de la humanidad en la creación, el Salmista proclama que somos la mayor obra de la creatividad divina (Sal 8). Si los seres humanos han sido hechos a imagen de Dios (Gn 1.27), tenemos derecho a buscar expresiones de lo divino en nuestra naturaleza. Ceder por completo a una visión negativa de la humanidad es adorar a un dios mezquino, vengativo y glorificador de la violencia, y no al Dios que estaba en Cristo”.

Las recomendaciones para los creyentes son bastante claras: “Esto no significa que debamos vivir en un mundo de fantasía en el que todo sea bondad y alegría. A partir de nuestra visión de lo que la humanidad puede ser, debemos transformar nuestra cultura de violencia en una cultura de paz. Para ello, nuestro realismo tiene que ser tan completo como nuestra esperanza”. La actitud cristiana debe ser consecuente con la responsabilidad que propone el Evangelio de Jesús: “Quizá hemos de empezar por aceptar nuestra complicidad en la violencia y asumir nuestra responsabilidad. Siempre es tentador culpar a los demás de lo que hay de malo en el mundo. Son los demás miembros de la familia. Es la iglesia. Es el gobierno. Es el capitalismo mundial. O bien culpamos a nuestros genes o a nuestro medio ambiente. Esto no es decir que no necesitemos un análisis claro de los efectos de todos estos factores en la creación de un mundo violento. Pero no han de ser una excusa para que no aceptemos nuestra propia responsabilidad. El sentirnos victimas creemos que tiene dos inconvenientes. Uno es que nos sintamos impotentes para cambiar las cosas, con lo que la situación de víctima es una profecía autocumplida. El otro es que parece haber algo en la psicología humana que convierte a las víctimas en victimarios, de manera que un niño maltratado a menudo se convierte en un padre maltratador, un grupo antes oprimido pasa a ser opresor”. Los seguidores de Jesucristo, hombres y mujeres, no pueden ser cómplices de ninguna forma de violencia.

La superación de la violencia en la esperanza del Apocalipsis

Erradicar la violencia, el viejo sueño de los salmistas y profetas es un horizonte de fe que reaparece con mucha fuerza en la visión apocalíptica con que cierran las Escrituras. La intensidad del deseo con que escribe el habitante de Patmos es directamente proporcional al grado de sadismo con que estaba siendo perseguida la Iglesia en esos momentos. Como escribió Jorge Pixley al referirse a que no todos los cristianos resistieron la persecución y el odio del Imperio Romano:

Las persecuciones romanas contra los cristianos llevaron a miles de cristianos (los cálculos varían entre diez mil y doscientos mil) a las torturas y muerte durante trescientos años. Sin embargo, es preciso distinguir cambios importantes en la naturaleza de estas persecuciones. En tiempos de Tiberio (14-37) vivieron Jesús y sus seguidores en la provincia de Judea, no siendo ellos aún “cristianos” sino judíos. El imperio, apenas estaba conformándose como tal. Fue aparentemente solo durante el reinado de Trajano (98-117) que el imperio se dio por enterado de la existencia de cristianos como tales. Trajano y sus sucesores Adriano (117-138), Antonino Pío (138-161), Marco Aurelio (161-180) y Cómodo (177-192) gobernaron durante el período de mayor gloria cuando la paz romana fue una realidad alabada por casi todos. […] Las persecuciones durante los reinados de Decio (249-251) y de Diocleciano (285-305) fueron las más sangrientas de todas.

Esta confrontación aparece esquematizada en el Apocalipsis como una “guerra de baja intensidad”, es decir, como la administración de la violencia del Estado en “dosis necesarias” para estos opositores de la paz romana, máscara ideológica y operativa del sistema de explotación del momento. Ante ello, el vidente “llama a las iglesias de Asia a resistir las acechanzas de Satanás y ser fieles para lograr su premio (Ap 2 y 3). Se indigna por la suerte de los que fueron degollados por causa de la Palabra (Ap 6.9-11). Y califica al imperio como una bestia con diez cuernos y siete cabezas que tiraniza a los santos, y también como la Gran Ramera que se sienta sobre siete colinas (Ap 13 y 17, respectivamente). Clemente convive tranquilamente con el Imperio; Juan y los suyos son exiliados y degollados. ¿Por qué?”. La violencia del Estado sólo es superada, según Apocalipsis, mediante una intervención divina, pero la militancia de fe es una acción en permanente oposición a dicha violencia, aunque el texto ve más allá de los sucesos y proyecta su esperanza hacia un futuro muy amplio. Queda claro que “la hostilidad al imperio de parte de Juan es mucho más básico que un cuestionamiento de las prerrogativas que exigía el emperador. No veía en la bestia o la ramera a un emperador demente o ególatra sino a toda una institución imperial pecaminosa”.

Conclusión

El gran pecado de todos los imperios es la violencia contra inocentes, no sólo contra los cristianos. La defensa que viene a realizar Dios contra ese sistema violento abarca a toda la humanidad: el ideal que presenta Apocalipsis no es el martirio impune sino la reivindicación que viene a realizar Dios de todos los masacrados de la historia. Quienes no están del lado de la violencia están de su lado y obtienen, más que la salvación desde una idea reducida o exclusivista, el “visto bueno” de Dios. Éste es lo más importante para avivar y establecer su causa como justa: 11.18: contra los que destruyen la tierra; y 18.24: los masacrados injustamente. Por eso Dios toma partido por quienes han sido las víctimas, aunque los victimarios se sientan sostenidos por bases religiosas. Dios mismo viene a enjugar las lágrimas de los seres humanos violentados (21.4) y a hacer justicia contra los criminales y violentos, quienes han trastornado el orden de Dios para el mundo (21.8). La justicia divina viene a acabar definitivamente con la violencia, pero esa acción básica y permanente debe ser proclamada y vivida por el pueblo de Dios en todas sus formas.

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