Apocalipsis 14.13

Leopoldo Cervantes-Ortiz

| November 7, 2016

“DICHOSOS… LOS QUE MUEREN EN EL SEÑOR”: LA VIDA DE DIOS, VIDA DEL MUNDO

Y oí una voz que decía: desde el cielo: —Escribe esto: “Dichosos desde ahora los muertos que mueren en el Señor. El Espíritu mismo les asegura el descanso de sus fatigas, por cuanto sus buenas obras los acompañan”.

Apocalipsis 14.13, La Palabra (Hispanoamérica)

Trasfondo del texto

En varios países de América Latina se celebran con mucha intensidad los llamados “días de muertos” (1 y 2 de noviembre), en los que se presentan ofrendas y se realizan diversos rituales para recordar a las personas fallecidas. En México, con base en creencias pre-hispánicas mezcladas con doctrinas católico-romanas, mucha gente sigue aceptando que ellas vienen en espíritu a visitar a sus familiares por lo que se preparan sus comidas y bebidas predilectas. Los panteones son visitados multitudinariamente para adornar las tumbas y “esperar” la visita de los difuntos. Ha habido un gran debate sobre si estas celebraciones tradicionales deben prevalecer sobre el Halloween, que progresivamente se ha incorporado en estas fechas al calendario de fiestas, aun cuando su fecha exacta es el 31 de octubre en el ámbito anglosajón o estadounidense. Lo cierto es que tales fiestas aluden al paso o continuidad de la vida humana histórica hacia la dimensión de la eternidad que se atisba después de morir. En su afán por dar esperanza ante la inevitable realidad de la muerte, todas las religiones ofrecen salidas al “más allá” sin garantizar nada con certeza.

La relación vida-muerte-resurrección es una de las grandes aportaciones del Nuevo Testamento al concepto bíblico de salvación. Gracias a la experiencia de Jesús de Nazaret es posible vincularlas como parte de la dinámica divino-humana que expresa sus elementos con toda claridad. En él, esa experiencia se manifestó plenamente para asumir que, en efecto, al ser el representante máximo de la vida de Dios, debía hacerla sentir incluso en los espacios mortíferos, aquellos supuestamente dominados por el poder de la muerte. Ésa es la enseñanza del propio texto bíblico al afirmar que el Señor descendió a las profundidades (Efesios 4.9-10): “Esta expresión: Ascendió, ¿qué significa, sino que Él también había descendido a las profundidades de la tierra? El que descendió, es también el mismo que ascendió mucho más arriba de todos los cielos, para poder llenarlo todo”.) y predicó a los muertos (I Pedro 3.18b-19: “…muerto en la carne pero vivificado en el espíritu; en el cual también fue y predicó a los espíritus encarcelados”), de donde procede la afirmación del Credo Apostólico: “Descendió a los infiernos”, entendiéndola como la proclamación de la victoria de Dios sobre cualquier manifestación de la muerte en cualquier parte del cosmos. Quizá la literatura juanina fue la que mejor captó el espíritu de esa dinámica y la proyectó en los textos que ahora podemos aprovechar.

El triunfo de la vida de Dios en Apocalipsis

Recurrir al Apocalipsis para hablar del triunfo de la vida de Dios en el mundo sobre los innumerables proyectos de muerte es una necesidad en estos tiempos de angustia e inseguridad. Ese libro no fue escrito sólo como un tratado de escatología realizada, ni para atemorizar a nadie sino más bien para alentar la fe y la esperanza de quienes, sintiéndose duramente amenazados por los poderes perseguidores y sanguinarios encontraron en la fe cristiana una vía de resistencia y esperanza. No de otra manera puede interpretarse la bellísima imagen del río de la vida que rescata los aires edénicos del Paraíso original para asomarse a la hermosa realidad de un Paraíso recobrado (22.1-2), tal como lo soñó el poeta puritano inglés John Milton, quien había escrito El Paraíso perdido. El binomio vida-muerte es una constante muy interesante en el Apocalipsis. Sobre la primera hay alrededor de 22 expresiones y sobre la segunda, 21, lo que manifiesta la estrecha relación que guardan al momento de concentrar los aspectos más relevantes de la esperanza que se deseaba transmitir y compartir con las comunidades sometidas y perseguidas por causa de su fe.

La liberación de la muerte es uno de los mayores componentes de la salvación ( Ap 1.5b) porque el Redentor posee las llaves del abismo y de la muerte (1.18). Los vencedores mediante la fe en Cristo comerán “del árbol de la vida que está en el paraíso de Dios” (2.7) lo mismo que la corona de vida (2.10), además de que sus nombres aparecerán en el libro de la vida (3.5; 13.8; 21.27). El Señor vengará su muerte física (6.10) y a pesar del odio y el crimen del que son objeto, esos mártires recuperarán la vida gloriosamente para afirmar la superioridad del Señor que los ha redimido (20.4). Los sedientos recibirán gratuitamente el agua de la vida (21.6; 22.17), otro símbolo del triunfo de la biofilia (amor por la vida) divina. El árbol de la vida, el mismo del Génesis (22.2, 14), representa la recuperación total de una existencia mancillada por los proyectos de muerte instalados en las estructuras sociales y políticas que intentan suplantar los beneficios que Dios desea para sus criaturas.

La vida en un ambiente de muerte

Los enemigos de la vida, promotores de la muerte, no se quedarán con los brazos cruzados, son los auténticos ecocidas (asesinos de los ecosistemas), los adversarios concretos de los proyectos divinos: la muerte y el abismo tienen “poder para aniquilar la cuarta parte de la tierra valiéndose de la espada, el hambre, la peste y los animales salvajes” (6.8), “la tercera parte de los seres vivientes del mar perdió la vida (8.9) y, como parte del juicio, el segundo ángel “derramó su copa sobre el mar, que se convirtió en sangre de cadáver; y todo aliento de vida marina pereció” (16.3). Todos ellos serán derrotados con sus propias armas (9.6). Incluso son capaces de simular acciones reservadas a Dios, para engañar (13.15: la segunda bestia infunde vida a la imagen de la primera). En sus manos, las vidas humanas se convierten en simples mercancías (18.13b) y son quienes falsean el proyecto vital de Dios para transformarlo en todo lo contrario (22.15). Aunque su fin será terrible (18.8). Los espacios naturales, la muerte y el abismo tendrán que devolver a sus muertos para que Dios se haga cargo de ellos (20.13) y ellos mismos serán arrojados a la destrucción final (20.14). Y la bonanza divina se impondrá totalmente, como cumplimiento de sus promesas y acciones de cercanía. La muerte será derrotada completamente: “Enjugará las lágrimas de sus ojos, y ya no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor, porque todo lo viejo ha desaparecido” (21.4).

Más allá de controversias sobre simpatizar o no con las celebraciones de la temporada, las afirmaciones del Apocalipsis cobran relevancia porque exponen simbólicamente la victoria de la vida de Dios sobre cualquier manifestación de muerte en el mundo. Ése es el marco del capítulo 14, en donde luego de la serie de sucesos sobrecogedores del capítulo anterior (la presencia de las bestias y del falso profeta), los 144 mil creyentes, representantes de la totalidad de seguidores/as de Jesucristo, cantan un cántico nuevo y encarnan la victoria divina (14.1-5). A continuación, el ángel portador del Evangelio exhorta a temer a Dios y rendirle gloria (6-7); otro ángel anuncia la caída de Babilonia, símbolo mayor de toda oposición a Dios (8), y un tercero advierte sobre quienes se han sometido a los poderes y engaños de la bestia (9-11). La gran lección es lo que señala el versículo siguiente (12), el gran cumplimiento: “¡Ha sonado la hora de poner a prueba la firmeza de los consagrados a Dios, de los que cumplen los mandamientos de Dios y son fieles a Jesús!”. Es el triunfo de la garantía divina, de la perseverancia de los santos, no una doctrina más sino una grandiosa realidad y base absoluta de la gran exclamación proferida por el propio Dios desde el cielo: “Dichosos desde ahora los muertos que mueren en el Señor. El Espíritu mismo les asegura el descanso de sus fatigas, por cuanto sus buenas obras los acompañan” (13).

Aplicación

Los hijos e hijas de Dios viven gracias a las promesas de la gracia divina, pues como bien se ha advertido, el Apocalipsis, al afirmar que la vida de Dios es la garantía total de la vida del mundo, es un auténtico “tratado de pedagogía de resistencia y esperanza” (Maria Cecilia Leme Garcez). La vinculación a esa fe es capaz de proponernos una visión nueva de todas las realidades que rebasan, con mucho, nuestra comprensión del futuro y de la eternidad, especialmente al observar a nuestro alrededor tantas amenazas, el predominio de la violencia, guerras de alta o baja intensidad, etcétera. Incluso el deterioro del medio ambiente, como bien lo intuyó el autor del Apocalipsis, es una muestra clara de cómo la muerte parece imponerse lentamente. Pero la confianza que nos produce contemplar con los ojos de la fe, en el último libro de la Biblia, la figura de un Señor resucitado, vencedor de la muerte en todas sus formas, es la razón de ser de la esperanza cristiana en esta vida que se ha de prolongar en la vida eterna prometida por Dios. Tal como se canta en algunos himnos:

Más allá del solAunque en esta vidano tengo riquezas,
Sé que allá en la gloriatengo una mansión;
cual alma perdidaentre las pobrezas,
de mí, Jesucristotuvo compasión.

CoroMas allá del sol, más allá del sol,
yo tengo un hogar, hogarbello hogar, más allá del sol. Así, por el mundo,yo voy caminando,
de pruebas rodeado,y de tentación;
pero a mi ladoviene consolandomi bendito Cristoen la turbación.

A los pueblos todosdel linaje humano
Cristo quiere darlesplena salvación.
También una casapara cada hermano,
fue a prepararlea la santa Sión.

 

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