Efesios 4.1-16

Leopoldo Cervantes-Ortiz

| October 16, 2017

Cristo es quien va uniendo a cada miembro de la iglesia, según sus funciones, y quien hace que cada uno trabaje en armonía, para que la iglesia vaya creciendo y cobrando más fuerza por causa del amor.   Efesios 4.16

Trasfondo bíblico

Cada movimiento social que surge en la historia tiene un espíritu propio, esto es, un conjunto de características, un tono que le da razón de ser y ubica su novedad en el contexto que le dio origen. Así ha sucedido con las corrientes artísticas, por ejemplo, porque en ellas es posible advertir cómo sus propuestas se contrastan con las corrientes anteriores. A propósito de este tema, resulta llamativo observar cómo las diversas ramas de la Reforma Protestante produjeron una nueva forma de expresión. En la carta a los Efesios se exhorta a seguir la novedad de vida para reformar y así transformar todas las áreas de la vida humana y así colocarlas en el horizonte de la presencia del Reino de Dios, es decir, de la existencia verdaderamente nueva.

El espíritu de la Reforma y la vida de la Iglesia

A partir del esfuerzo de Lutero por reformar la iglesia, se enfrentarían, entonces, la simplicidad protestante, guiada por los principios fundamentales de la Reforma (sólo la fe, sólo la gracia, sólo Cristo, sólo las Escrituras y sólo para la gloria de Dios) y el empeño católico por poner a la vista los elementos propios de su concepción religiosa de la fe y la salvación. El espíritu o “principio protestante”, tal como lo definió el teólogo luterano alemán Paul Tillich (1888-1965), ligado a la práctica de una austeridad casi intransigente, no siempre se hizo visible en la vida de las iglesias y comunidades, pues a medida que se extendía la fe cristiana desligada del control de Roma, los creyentes asumían este espíritu según sus necesidades y circunstancias.

Desde México, dos analistas muy agudos advirtieron las enormes diferencias entre las iglesias, países e incluso culturas que se dejaron guiaron por ese espíritu y las que no lo hicieron. Para el poeta y ensayista mexicano Octavio Paz (1914-1998, Premio Nobel de Literatura 1990), los países de origen español heredaron el espíritu de la Contrarreforma. Esto significó una oposición continua a todo lo que oliera a novedad o cambio radical y, con ello, se limitó grandemente el acceso a formas más ordenadas y democráticas de vida. El historiador español Juan A. Ortega y Medina (1913-1992) que vivió en México, destacó la forma en que una persona protestante se ubica en el presente y como su vida está iluminada por la esperanza en la vida venidera, pero no ya de una manera obsesiva ni enfermiza, sino que se consagra enteramente a la gloria de Dios en todo lo que hace.

Una nueva espiritualidad

La espiritualidad reformada se fue construyendo a partir de las doctrinas básicas que orientaron la transformación de la Iglesia en los tiempos tan difíciles de la Reforma Protestante. Era una espiritualidad surgida en medio de la crisis, puesto que los tiempos demandaban estar a la altura de los cambios y mantener la esperanza cristiana ante el derrumbe de una cultura eclesiástica que antes lo dominaba todo. Era necesario tomar partido ante tan grandes cambios religiosos y sociales, tal como se lo enseñó también el apóstol Pablo a los efesios en el primer siglo de la era cristiana. Era urgente aplicar de manera creativa las enseñanzas de la Biblia que recientemente había sido liberada para estar de nuevo al alcance del pueblo. Este redescubrimiento hizo posible que, además del impacto espiritual que representó el despertar de la fe individual y la reubicación de las comunidades, se volviese a una nueva cultura religiosa mediante un buen balance entre la experiencia, el contacto con la Biblia y la actuación de las nuevas iglesias. De este modo, la vida cristiana podría practicarse para la sana edificación de la fe en los territorios donde triunfó la Reforma.

Si cada persona era ahora responsable de su relación con Dios, el papel de la comunidad y de los ministerios desarrollados tendría que adaptarse para responder a la nueva fe y a las presiones del nuevo orden social que se estaba adueñando de la situación. Eso explica la lucha que algunos reformadores llevaron a cabo para arrebatar a los poderosos el control de la Iglesia, pues éstos se sentían con el derecho de ejercer los nuevos oficios o ministerios, ante lo cual los maestros y pastores reaccionaron exigiendo la obediencia absoluta a la Biblia y a la acción soberana del Espíritu Santo dentro del pueblo de Dios.

Conclusión. Vivir en un nuevo orden eclesiástico al servicio de Dios

Las afirmaciones paulinas de su carta a los Efesios, retomadas por los reformadores y las iglesias, plantean que el orden eclesiástico suscitado, instaurado y guiado por el Espíritu Santo, no puede ser otra cosa sino el reflejo de esta nueva espiritualidad (Ef 4.2-3). Ella debe ser capaz de ir más allá de las apariencias para fundar la obediencia al llamado de Dios hacia una misión específica y el reconocimiento de la pluralidad de dones y ministerios con que el Señor responde a través de su Iglesia a las necesidades humanas (Ef 4.11). Así, de los oficios mencionados por la carta, sólo el de apóstoles no puede repetirse ya, pues implicó haber vivido en la época de fundación de la iglesia, aunque su espíritu (la dedicación o consagración) sigue vigente. Los demás: pastores, doctores, ancianos y diáconos, constituyen la raíz del orden reformado para la vida de la Iglesia. Así lo entendió el reformador francés Juan Calvino (1509-1564) cuando, en noviembre de 1541, logró que la ciudad de Ginebra aprobara las llamadas Ordenanzas Eclesiásticas, el reglamento que debería guiar las acciones de la iglesia en ese lugar. Ese documento subrayaba la necesidad de llevar a su plenitud esos oficios para que la iglesia funcione como Dios quiere. Al eliminar la supuesta superioridad de algunas personas, surgiría la igualdad producida por el llamamiento del Espíritu Santo.

La Reforma de la Iglesia tenía que pasar una nueva organización que pudiera completar la crítica más profunda al viejo orden y, al mismo tiempo, que pudiera edificar nuevas estructuras útiles para realizar la voluntad de Dios en el mundo (Ef 4.16).

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