Lucas 1.39-56

Leopoldo Cervantes-Ortiz

Adviento | 20161205

ENCARNACIÓN DE DIOS Y CERCANÍA DE LA GRACIA: EL CÁNTICO DE MARÍA

Dios actúa con poder

y hace huir a los orgullosos.

Quita a los poderosos de sus tronos,

y da poder a los pobres.

Lucas 1.51-52, Traducción en lenguaje Actual

Trasfondo del texto

La figura de María de Nazaret, la madre de Jesús, es difícil de digerir para el protestantismo. Como bien subraya Abel García, no es algo que llame la atención en el medio evangélico, no es parte de “nuestra tradición”. La fuerte devoción mariana (y guadalupana) ha hecho que los protestantes seamos una rara especie que insiste, todavía, en que no existe ni existió forma alguna de co-participación salvífica por su parte y que, para llegar a Dios, no se requiere otra intermediación que la de Jesucristo. Dondequiera se escucha, para explicar la devoción por ella, que como madre que es, tiene, indudablemente, un “derecho de picaporte” para convencer a su hijo de responder a las demandas de los creyentes como si se tratara de mover influencias para convencerlo… Un libro monumental de Marina Warner, Tú sola entre las mujeres. El mito y el culto de la Virgen María, explora exhaustivamente este símbolo religioso y cultural de todas las épocas desde todos sus aspectos, sin dejar de advertir la forma en que ha sido utilizado, paradójicamente, para subyugar a las mujeres en nombre de una supuesta y absoluta sumisión a la voluntad de Dios, quien invadió su intimidad para hacerla partícipe de la historia de la salvación. Una de sus conclusiones es estremecedora: “La Virgen María no es el arquetipo innato de la naturaleza femenina, el sueño encarnado; es el instrumento de una dinámica argumental de la Iglesia Católica acerca de la estructura de la sociedad, presentada como un código dado por Dios. […] Pero la realidad que su mito describe se acabó. El código moral que ella afirma se ha agotado”.

A los protestantes tampoco nos va muy bien: “Aunque María no puede ser un modelo para la Nueva Mujer, una diosa es mejor que ninguna diosa, pues el mundo de la religión protestante, de gustos sobriamente masculinos, es, con todo, muy semejante a un club de caballeros al cual las señoras sólo son admitidas en días especiales”. Desde el concilio de Éfeso (431) podría hablarse de algo así como la marianización del cristianismo, hasta la Reforma, en que podría apreciarse una desmarianización de la fe. Martín Lutero se ocupó de analizar el cántico de María en un célebre texto de 1521 en donde dice que “ella quiere ser el ejemplo más grande de la gracia de Dios para impulsar a todos a la confianza y a la alabanza de la gracia divina”.

María, modelo de fe anclada en la historia

La fe de María expresada en el cántico de Lucas 1 (el Magnificat, por la primera palabra, en latín del mismo: “Engrandece…”) tiene una historia doble: primero, porque responde adecuada y exactamente a la tradición de fe de su pueblo, y segundo, porque expresa el proceso experimentado por ella como creyente en Jesucristo. En otras palabras, María también tuvo que convertirse a Jesús y practicar el seguimiento suyo con la esperanza puesta en la venida futura del reino de Dios. María, como discípula de su hijo carnal, participa dentro del pueblo de Dios como una creyente y testiga más, sin ninguna diferencia, mérito o superioridad. María, en una actitud de humildad, al final recibió y aprendió que la fe en Jesús, como Hijo de Dios y redentor de la humanidad, le permitió participar de las bendiciones anunciadas por Dios desde la antigüedad. De ahí que cuando ella retoma las palabras de Ana, la madre de Samuel, y se las aplica a su propia persona, la invasión de Dios y el trastorno físico, existencial, emocional, conyugal y familiar de que fue objeto al convertirse en la elegida de Dios para ser el vehículo de la encarnación de Dios en el mundo, se transforma en un acto profético-literario de conexión con la historia de su pueblo. María va a demostrar con el cántico, que estuvo en posibilidades de comprender e interpretar, con la ayuda textual de un cántico antiguo de gratitud a Dios, cómo la gestación de este nuevo ser fue el preámbulo de una nueva intervención divina en la historia conflictiva de la humanidad. Con la enorme diferencia de que ahora Dios mismo caminará en los pasos de su Hijo en el mundo.

Si se hiciera una encuesta entre las mujeres evangélicas acerca de ella como modelo de mujer creyente, seguramente habría muchas sorpresas dado que ella ha sido excluida del catálogo de modelos de fe, pues como comenta Ineke Bakker, los protestantes, “temiendo ir en contra de la dignidad de Jesucristo, no se atreven a reconocer la dignidad de María como tal”. Ivone Gebara y María Clara L. Bingemer trabajaron con mucha sensibilidad el tema de la encarnación en María y hacen algunas puntualizaciones fundamentales:

 

El reconocimiento de María, imagen del pueblo fiel, como especial morada de Dios, es la expresión máxima del misterio de la encarnación y la expresión más original del cristianismo surgido del movimiento inicial de Jesús.

La afirmación “Dios se hizo carne” debe ser completada por otra del mismo valor teológico: “Dios nace de una mujer”. Ambas significan un paso o salto cualitativo extraordinario en la conciencia histórica de la relación de la humanidad con Dios. El descubrimiento de que ya no es preciso buscarlo en la observancia cultual estricta o en la letra de la ley, sino en el más indigente de los hombres y mujeres, suscita en los seguidores de Jesús una revolución de consecuencias históricas que se prolongan hasta nuestros días. […]

La encarnación es fundamentalmente la experiencia que cada mujer y cada hombre, sustentados por una comunidad de fe, hacen de Dios presente en la fragilidad de la carne humana, de forma que Dios está en el otro y en mí, y se torna en llamada de conversión de vida en el otro y en mí. (Énfasis agregado.)

 

María, mujer profética

El cántico de María es un ejercicio de relectura y actualización de la intervención de Dios en la historia, partiendo del antiguo cántico de 1 Samuel 2. Las ligeras modificaciones constituyen la aportación propia de la creyente que asume las palabras del viejo poema con una nueva proyección de fe histórica, en la tradición de las mujeres de Israel, silenciadas o invisibilizadas en la “historia seria”, pero reivindicadas por la microhistoria afectiva, emocional y poética. La primera parte (vv. 46b-47), de carácter doxológico, celebratorio, expresa la fe individual en Dios como redentor. La segunda (vv. 48-50) relaciona la situación personal de bajeza, vivida desde las formas de marginación como persona sometida, con la intervención divina en una vida común y corriente que ahora es conectada, literal y simbólicamente, con la gran corriente de la actuación de Dios en el mundo. Una cotidianidad estrecha, reducida a lo doméstico, es colocada en la vorágine de los tiempos, en el centro de la acción divina a favor de la humanidad.

La bienaventuranza producida por Dios en esta vida concreta, alcanza una relevancia inesperada que le permite a ella percibir un nuevo rostro de Dios. La tercera sección (vv. 51-55) manifiesta la nueva comprensión de las acciones divinas, mediante la afirmación de la inversión de los valores predominantes en el mundo: Dios otorga privilegios a los de abajo, a los humildes y hambrientos, y golpea los intereses de los poderosos. Si María dijese esto hoy en algunas iglesias, seguramente sería silenciada y condenada. Ella no se sale de la norma o de la tradición, pues éstas indican que la acción de Dios siempre ha sido así, pues en estricto sentido no hay nada nuevo, acaso los oídos necios de los creyentes para poner en práctica las consecuencias de esta “opción preferencial”. La continuación del cántico de María será la lectura de Jesús en la sinagoga de Nazaret: el programa liberador de Dios puesto en marcha por el Hijo mismo en la historia, capaz de modificar las relaciones humanas según la voluntad de Dios mismo. Una línea de acción que hoy las iglesias deben retomar en su espíritu más profundo. Ésa es la médula de la celebración que estamos comenzando de aquello que llamamos Navidad, es decir, la consumación de un paso más en la encarnación absoluta de Dios en medio de la historia y la necesidad humanas.

Conclusión

Hace falta recuperar el testimonio de María, como mujer profética y de fe, para la vida de las iglesias de hoy. La manera en que reaccionó ante la presencia profunda de Dios en su vida es un modelo de recepción de la voluntad divina para ponerla en acción como consecuencia del llamado. Las mujeres de la actualidad, pero no solamente ellas, pueden tomar este ejemplo como un desafío para su propia manera de sumarse a los planes de Dios en el mundo. La dignidad y libertad con que María asumió los proyectos del Señor, en medio de los riesgos que su familia y la comunidad le plantearon, la colocaron en línea directa con los grandes personajes bíblicos que recibieron encargos específicos para servir a Dios y al prójimo. Su respuesta para practicar ese servicio y la claridad con que comprendió la llamada “historia de la salvación” son una lección de obediencia y valor. Escuchémosla y aprendamos de su fe a partir de este gran poema.

Sugerencias de lectura

  • Ineke Bakker, “María a los ojos de una mujer evangélica”, en Cristianismo y Sociedad, tercera época, año XXI, núm. 77-78, 1983.
  • Abel García G., “Reivindicando a María: su Magnificat y el mensaje hacia los pobres”, marzo de 2007, en http://teonomia.blogspot.mx/2007/03/reinvindicando-mara-su-magnificat-y-el.html.
  • Ivone Gebara y Maria Clara Luchetti Bingemer, María, mujer profética. Trad. Requena Calvo. Madrid, Paulinas, 1988 (Cristianismo y sociedad, 11).
  • Martín Lutero, “El Magnificat traducido y comentado (1520-1521)”, en Teófanes Egido, ed., M. Lutero, Salamanca, Sígueme, 1977, pp. 176-204.
  • Marina Warner, El mito y el culto de la Virgen María. J.L. Pintos. Madrid, Taurus, 1991 (Humanidades, 328).