Gálatas 4.1-7

Leopoldo Cervantes-Ortiz

| June 16, 2017

Ustedes ya no son como los esclavos de cualquier familia, sino que son hijos de Dios. Y como son sus hijos, gracias a él tienen derecho a recibir su herencia.

Gálatas 4.7, Traducción en Lenguaje Actual

Trasfondo bíblico

Uno de los grandes temas de la literatura es el lamento por el padre ausente. Desde las Coplas para la muerte de mi padre, de Jorge Manrique, hasta “Algo sobre la muerte del mayor Sabines”, de Jaime Sabines, pasando por el retorcido lamento de Esperando a Godot, de Samuel Beckett. En ésas y muchas obras más, la humanidad ha desdoblado y simbolizado la ausencia de Dios en la figura de un padre cuyas características han sido experimentadas de todas las formas posibles. El psicoanálisis ha demostrado que la imagen paterna es un filtro inevitable para acceder a la figura de un Dios que, aunque la doctrina dice que no tiene necesariamente carácter humano, se vuelve imprescindible para la conformación de una existencia saludable. La fe cristiana se ha anclado peligrosamente en los linderos de la afirmación del don de la paternidad divina como una esencia o un ideal establecido por decreto en la vida humana.

Del padre ausente al padre omnipresente

Esa ausencia evocada tan profundamente por los y las poetas (Retorno de Electra, de Enriqueta Ochoa es otro testimonio desde una voz femenina honda y angustiosa) manifiesta que la búsqueda del padre ausente o perdido es otra forma de indagar en los modos que encuentra Dios para hacer presente su filiación entre los seres humanos. Uno de los conflictos culturales que sigue sin resolverse en nuestro medio es cómo encarnar la figura paterna, pero ya sin los aires de autoritarismo que se suponía debían formar parte de la personalidad de todo padre respetable. Jorge Hernández Campos escribió un poema que expresa este conflicto y lo asocia a las características políticas de la sociedad mexicana:

Padre, poder

A Octavio Paz y a la memoria de Pasolini

Un tiempo creí que mi padre era el poder.
Cuánto le odiaba mi corazón de niño
por el pan, por la casa, por su paciencia,
por sus amantes,
por el odio revuelto de lujuria
que le dividía de mi madre;
pero sobre todo, cómo le odiaba
por su certidumbre, por el peso
de cada su palabra, por el gusto
definitivo de su mano robusta, por el desprecio
de su sonrisa difícil. […]

Más tarde, preocupado por lo que yo creía política,
pensé que en el poder era mi casa, y que
el Presidente, pie izquierdo, pie derecho,
en perfecto equilibrio de reales medios y ficticios fines,
era nuestro padre, glorioso ciclista
que se iba, mientras nosotros, yo,
quedábamos atrás, jadeantes, en el polvo del fútil idealismo.
Cuánto le odié entonces, al Presidente, por el pan,
por la sal, por la paciente injusticia
con que podía matarnos en aras de nuestro propio bien. […]

Las Escrituras judeo-cristianas, como buen documento religioso que plantea la hondura de la existencia humana, plantea el problema del Dios-padre y del padre humano como parte de una dialéctica que se mueve entre la ausencia y la omnipresencia. Pero debe quedar claro que ni uno ni otro extremo deben entenderse de manera convencional: no se trata de que la Biblia hable de un Dios que se olvidó de su creación ni de la repetición mecánica de uno de los dogmas sobre la presencia continua de Dios. Son, más bien, un par de intuiciones teológicas que aplican al ser supremo una de las realidades humanas más universales: la capacidad (o incapacidad) de los padres concretos para enfrentar la libertad y la dignidad de sus hijos. Lo que se conoce como “libre albedrío”, en pocas palabras. La humanidad entera, entendida como la gran familia de Dios, es un conjunto de seres que luchamos cotidianamente por encontrar el equilibrio entre libertad y necesidad. Por eso estudiamos, trabajamos, nos ocupamos en algo…

Pero Dios como padre acecha, escondido, agazapado, enmascarado, en la figura paterna que nos correspondió a cada uno. Y sólo cada quien sabe cómo ha ajustado cuentas con su respectivo padre, a veces sin Dios de por medio. Porque la paternidad que conocimos y ejercemos es un camino para encontrar a Dios.

La gran metáfora paulina de la adopción

Una de las grandes metáforas paulinas para explicar el misterio de la redención es la adopción, una práctica humana ancestral que refleja la manera en que los seres humanos han sobrepuesto a la biología (aunque algunas especies animales también la practican) y han establecido formas de relación y afectividad que van más allá de la consanguinidad. O dicho de otra forma: que la consanguinidad no es la única posibilidad de fundar relaciones filiales. Pablo es particularmente incisivo a la hora de usar esta metáfora en Gálatas: a) nadie es hijo de Dios de manera natural; b) el único hijo inmediato de Dios es Cristo; c) a través de él, mediante un proceso (simbólico, pero legal) de adopción, llegamos a ser hijos/as verdaderos de Dios (Gál 4.1-7). La primera afirmación tiene un componente de crítica social y política fundamental: nadie puede argumentar que está por encima de otro ser humano por derecho divino. Todos somos iguales ante Dios y deberíamos serlo entre nosotros.

La historia de Abraham muestra cómo la promesa de que tanto él como Sara participarían de la bendición de ser padre y madre de naciones se difirió tan indefinidamente que sólo un milagro podía lograr que ese hombre centenario pudiera paladear la miel y la hiel de la paternidad. Claro que antes de eso, Sara y él mismo pusieron en riesgo, nada menos, que la historia de la salvación en su totalidad. Entre las víctimas del conflicto, quien más tuvo que pagar fue Ismael, pues se quedó sin padre y sin promesa, y quedó presa del simbolismo incomprensible que los textos aluden apenas (sería “padre de otras naciones”), como una especie de plan B que Dios tuvo que improvisar. Como explica Mercedes Brancher: “Milton Schwantes muestra que Gn 16 es un texto que tiene dentro de sí, dos propuestas sociales divergentes. Una es más antigua y cuenta la historia de rebeldía y emancipación de una esclava (v. 1b-2.4-8.11-14). Y otra, más reciente, construida por los añadidos (v.1a.3.9-10.15-16), niega y se sobrepone a la primera. En la memoria de las esclavas, Agar absorbía el interés. Con los añadidos toda la atención está dirigida hacia Abraham y descaracteriza la emancipación de las esclavas”.

Pablo lee esta historia desde una perspectiva patriarcal, en su afán por subrayar la paternidad espiritual de Abraham, pero su idea de la adopción es el eje que gobierna su abordaje de la salvación. Hoy, nosotros podemos asumir a Sara como una madre desahuciada y recuperar a Agar e Ismael como modelos de fe, marginados por una interpretación histórica y religiosa que los condenaba al olvido, aunque el texto es muy claro acerca de la preocupación de Dios hacia ambos (Gn 16.11: Ismael significa “Dios oye”). Sara se comportó como una matrona autoritaria ligada al ámbito patriarcal dominante y le prestó un servicio a Abraham que, según el texto, ni siquiera le fue solicitado. Para Pablo, la superioridad de la fe sobre la ley es la premisa que subyace a su argumentación y en Gál 4.24 muestra sus cartas al referirse al contenido alegórico de la historia de Sara, Abraham, Agar, Ismael e Isaac, en ese orden. Por lo tanto, el grueso de su enseñanza procede de la manera en que esa extraña relación familiar fue resuelta por Dios. Por una parte, reconstruye los cauces de su plan original, es decir, que Abraham y Sara se realicen como padres, que Isaac tenga su padre presente, aunque para ello condene a Ismael a perder a su padre, a pesar de las promesas con que sobrellevará su existencia.

Conclusión

Dios adopta a los seres humanos a través de Cristo, dice Pablo, por lo que la paternidad divina en términos de salvación se entrega como una especie de transferencia familiar ante un tribunal simbólico que preside quien será también el padre de los redimidos. La adopción de hijos garantizará, ahora, la venida del Espíritu para cada uno, como sello de la nueva realidad filial. Los padres de hoy, así, son llamados a asumir la enseñanza paulina como reflejos eficaces del amor de Dios y, al mismo tiempo, a estar a la altura de los tiempos, en términos del cariño, la ternura y el apego que requieren sus hijos e hijas.

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