Hechos 2.13-18; Efesios 4.25-31

Leopoldo Cervantes-Ortiz

| May 26, 2017

Yo empecé a hablarles, y de pronto el Espíritu Santo vino sobre todos ellos, así como nos ocurrió a nosotros al principio. Y me acordé de que el Señor Jesús nos había dicho: “Juan bautizó con agua, pero a ustedes Dios los va a bautizar con el Espíritu Santo”.

Hechos 11.15-16, Traducción en Lenguaje Actual

Trasfondo del texto

Como parte de su intención de revelarse a la humanidad, Dios manifestó de muchas maneras su intención de interactuar con ella en aspectos profundos de su existencia. La presencia del Espíritu en el Antiguo Testamento se circunscribía, en ocasiones, a personas o situaciones muy concretas de la vida del pueblo. La elaboración religiosa, espiritual y teológica en cuanto al Espíritu advirtió muy bien su papel creador y sustentador de todas las cosas. De ahí que buena parte de los textos que hacen referencia al Espíritu (ruáj, en hebreo), la presencia de Yahvé, giran en torno a la atención con que Dios seguía los acontecimientos humanos. Mediante una mirada espiritual, profunda, era posible sintonizar con los planes misteriosos de Dios, pero solamente unos cuantos privilegiados podían experimentar la presencia del Espíritu, la cual ni siquiera era universalmente reconocida.

El Espíritu, presencia permanente de Dios en el mundo

Con la aparición de Jesús, sucedieron algunos fenómenos que representaron avances sustanciales en la comprensión de la acción y presencia del Espíritu santo en el mundo. El Cuarto Evangelio muestra cómo se entendía, incluso desde su etimología, la relación entre Jesús y el Espíritu, pues es allí adonde, literal y simbólicamente, el Jesús resucitado “sopla” para transmitir el Espíritu a sus seguidores (Jn 20.22). Esta acción, propia de la nueva era introducida por Jesús, continuará como un signo constante de renovación en el peregrinaje del nuevo pueblo de Dios de ahí en adelante. Jesús, a diferencia de los profetas del A.T., no era un portador transitorio del mismo, pues las exigencias de su accionar demandaba una presencia continua del Espíritu. Jesús es el introductor del Reino de Dios y del Espíritu de Dios al mundo, no sólo como una fuerza renovadora y creadora, como se le entendía antes, sino también como la presencia cariñosa y consoladora (Paracleto) de Dios, muy diferente de esa presencia justiciera de la antigüedad. El Espíritu vendría también a afianzar y fortalecer el impacto de la Palabra de Dios como parte del orden de la salvación.

Ya en el libro de los Hechos, hay que advertir que suceden varias venidas del Espíritu Santo, pues el Pentecostés del cap. 2 fue apenas el inicio de una serie de manifestaciones que irían abarcando las varias “zonas humanas” anunciadas en 1.8 como espacios de salvación: “Toda Judea, Samaria y hasta lo último de la tierra”. Cada fase es algo así como un avance más en el reconocimiento del Espíritu de Jesús en el mundo. Judíos, samaritanos y gentiles, era esa la manera de “clasificar” a la humanidad destinataria de esta nueva presencia y acción del Espíritu. El cap. 2 es la gran manifestación en el ámbito judío. En 8.15-17, los apóstoles comienzan a entender que Dios desea entregar su presencia a los samaritanos: les imponían las manos a los nuevos creyentes y éstos lo recibían. Ya era una etapa complicada, pero la más difícil, por el celo racial y cultural, era la que implicaría a los gentiles. Pedro debe experimentar una nueva conversión para aceptar el designio de Dios de que sobre ellos también vendría el Espíritu, y de lo cual da testimonio fehacientemente (Hch 11.15, 18). Y qué decir de los seguidores de la fe de Juan el Bautista, cuya práctica y enseñanzas seguían vigentes hasta entonces, y en Corinto: ¡ellos ni siquiera imaginaban la existencia del Espíritu! (19.2) Pablo no les escondió tampoco semejante bendición (19.6).

Las acciones particulares del Espíritu Santo: familia, Iglesia, mundo

En Efesios, particularmente, y precisamente antes de referirse a los aspectos de la vida familiar, el apóstol Pablo alude varias veces a la acción del Espíritu Santo en el mundo: sus espacios de manifestación serán, por decirlo así, escalonados: familia, iglesia, mundo, de ida y vuelta. Pues la venida del Espíritu, esto es, la realización de una de las fases de la salvación, seguiría experimentándose continuamente. En las exhortaciones del cap. 4, Pablo quiere dejar en claro que existe una enorme responsabilidad de los creyentes en su recepción, obediencia y actuación conforme a la persona del Espíritu. Primero, establece la relación entre dicha presencia y la nueva forma de vida a que son llamados los hijos e hijas de Dios. “No contristar al Espíritu” (4.30) no consiste sólo en entristecer al Espíritu (“no agravien al Espíritu”, dice la NVI), sino en oponerse radicalmente a sus impulsos, en cerrarse a su acción y reincidir en la vieja forma de existencia, ante él, quien promueve persistentemente los valores del Reino de Dios en el mundo: “el fruto del Espíritu es en toda bondad, justicia y verdad” (5.9). En 4.23, como antes en Romanos 12, exhorta a renovar el espíritu del entendimiento, como acto plenamente humano, racional.

Como señala Mariano Ávila:

A la luz del plan eterno de Dios, de la obra de Jesús en la cruz para hacer la paz, y del poder del Espíritu que obra extraordinariamente en la vida de los cristianos, éstos son llamados a vivir a la altura de su vocación como primicias de la nueva creación, del shalom de Dios. Ello implica manifestar las virtudes que caracterizaron a Jesús, el Mesías; es demostrar el fruto del Espíritu, y usar los dones que el mismo Espíritu da, para mantener la unidad y reconciliación creadas por Dios en Cristo. De esa manera la Iglesia estará capacitada para su misión en el mundo.

Conclusión

Por todo ello, cuando finalmente se hacen visibles las realizaciones del Espíritu Santo en el mundo, el espacio matrimonial y familiar le parecen idóneos al apóstol Pablo para introducir el tema del sometimiento mutuo, fruto también de la acción del Espíritu. La sumisión mutua, sugiere, es una acción directa del Espíritu que permite, desde el núcleo de la sociedad, como el fruto del Espíritu que es, una nueva posibilidad de vida para la humanidad. Y aunque, en efecto, se habla de sumisión, la novedad consiste en que todos, en la familia, la iglesia y la sociedad, estén dispuestos a someterse mutuamente, en amor, con el fin de alcanzar metas que realicen los propósitos de Dios en el mundo: el respeto, la justicia y la dignidad de las personas, siempre en oposición a los valores destructivos.

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