II Corintios 10.1-17

Leopoldo Cervantes-Ortiz

| October 30, 2017

…ni luchamos con las armas de este mundo. Al contrario, usamos el poder de Dios para destruir las fuerzas del mal, las acusaciones y el orgullo de quienes quieren impedir que todos conozcan a Dios. Con ese poder hacemos que los pecadores cambien su manera de pensar y obedezcan a Cristo.

II Corintios 10.4-5, Traducción en Lenguaje Actual

Trasfondo bíblico

En los 500 años de la Reforma Protestante es preciso afirmar que el corazón del mensaje cristiano es la libertad y la posibilidad de ser dignificados como seres humanos por la obra de Dios en Jesucristo. La conmemoración de ese acontecimiento, como tal, no es el objetivo en sí, pues más bien se trata de reconocer las acciones de Dios en medio de la historia para fundar algo nuevo. Celebrar esta fecha significa unirnos a los proyectos divinos para renovar su iglesia y relanzarla a la búsqueda de una sana práctica de fe y servicio. Por esa razón, el acceso a las Sagradas Escrituras para encontrar esas pautas es el mejor camino, pues de ese modo se puede refrescar la visión y la proyección de la iglesia en todo tiempo.

La experiencia de la fe en un mundo dominado por las apariencias

“Pues aunque andamos en la carne, no militamos según la carne…” (II Co 10.3): estas palabras de Pablo atienden al hecho de que la fe es el punto de partida inevitable para la experiencia cristiana, pues la apuesta existencial que representa creer en la Palabra divina del Evangelio constituye la plataforma para cualquier intento de renovación de la Iglesia. La militancia cristiana que desarrolló la Reforma y que dejó como legado para las generaciones posteriores fue una suma de esfuerzos basados en la creencia puntual de que Dios acompañaba las luchas y proyectos concretos que se fueron desarrollando. De esa manera, cuando Lutero decidió quemar públicamente el decreto papal de excomunión (en 1520) y fortalecer su posición en presencia del emperador de Alemania (en 1521), se dieron pasos firmes basados en una fe que no podía dar marcha atrás. Como en el caso de los profetas del Antiguo Testamento, se comprobaría la validez de esa gran decisión con el avance de los sucesos, pues no se trataba solamente de que los acontecimientos le “dieran la razón” a Lutero, sino de algo más grande que estaba en juego. Era la fidelidad de la Iglesia al Evangelio de Jesucristo, nada menos. De ese modo es posible aventurar la interpretación de que las reformas religiosas del siglo XVI fueron suscitadas, sostenidas y consolidadas por el Espíritu Santo, pues como bien demuestra el Apocalipsis (en las cartas a las iglesias del Asia Menor), sólo él puede renovar y transformar continuamente a la Iglesia.

Además, el principio protestante de la Sola Fide (Sólo por la fe), fue una reacción directa al predominio de las obras en la mentalidad cristiana y buscó encarnarse adecuadamente en acciones que no rompieran el equilibrio bíblico. Éste se deja ver, por ejemplo, entre las enseñanzas de Pablo y Santiago, pues la superioridad de la fe y la necesidad de las obras como fruto de la misma son un conjunto inseparable que debe experimentarse en la vida cotidiana. El desafío para que la fe alcance una eficacia visible sigue vigente. Por ello, ante el acecho de otorgar mayor valor a las apariencias, la exigencia de la fe como condición insustituible para percibir en su justa dimensión la acción de Dios en el mundo y en la vida de las personas es un logro de la lucha de los reformadores. Fue el principio rector de los diversos movimientos de la época y propició la revisión radical de las motivaciones religiosas humanas para vivir la fe en el marco de la Iglesia institucional. Varios siglos después, las iglesias seguimos en ese esfuerzo y recibimos el mismo reto de la Reforma para experimentar y transmitir la fe.

El redescubrimiento de la Biblia ante el abandono y la superficialidad actuales

San Pablo afirma: “…ni luchamos con las armas de este mundo. Al contrario, usamos el poder de Dios para destruir las fuerzas del mal, las acusaciones y el orgullo de quienes quieren impedir que todos conozcan a Dios” (vv. 4.5a). Así como este apóstol sentía que su lucha personal iba más allá de los límites de su existencia humana y alcanzaba grandes dimensiones, los reformadores se escudaron detrás de la Biblia para fortalecer su argumentación y así enfrentar los problemas ocasionados por los factores políticos del momento. Por eso, Lutero se esforzó para traducir la Biblia y otros más militaron en la trinchera del libro impreso. Eso otorgó a la Reforma un papel doble, religioso y cultural, pues el redescubrimiento de la Biblia a nivel popular permitió que no solamente los líderes abrieran los ojos sino también las masas de personas ignorantes. Se formó así un enorme complejo espiritual, académico y cultural que, gracias a la interpretación, predicación y aplicación de las verdades bíblicas en la construcción de nuevos modelos de Iglesia permitió el desarrollo de una manera distinta de ser creyentes. El apego a la Biblia dejaría de ser asunto de especialistas para desembocar en un constante contacto con la palabra divina revelada en el Libro. De ahí surgió la cultura protestante como cultura del Libro, fiel a los orígenes antiguos, sustentados también en la Ley escrita de Dios.

Pero parecería que ahora mismo esta cultura y práctica cristianas está viviendo sus peores momentos en el seno de las iglesias debido al peso específico de tantos adversarios que ponen en riesgo la lectura ordenada, la interpretación seria y la predicación comprometida de la Palabra de Dios. Asistimos a un fuerte deterioro de la cultura bíblica en la Iglesia, pues si bien no se trata de persistir tanto en la práctica de la memorización con que antes se fomentaba la lectura de la Biblia, es preciso recuperar el genuino espíritu protestante basado en la reflexión seria y eficaz. Eso debe seguir siendo parte del ser cristiano a fin de ofrecer un testimonio efectivo de la autoridad de la palabra divina y su capacidad para transformar las vidas de las personas. La fuerza bíblica de las iglesias debe reforzarse de manera creativa y en diálogo con los tiempos actuales, en donde los medios de todos tipos capturan la mente y la imaginación. El conocimiento de Dios, como decía bien el apóstol Pablo, es lo que sigue estando en dificultades.

Conclusión. La soberanía y la gloria de Dios sobre todas las cosas

“Con ese poder hacemos que los pecadores cambien su manera de pensar y obedezcan a Cristo” (v. 5b). Soli Deo gloria, sólo para la gloria de Dios: es el postulado radical que presidió y debe presidir cualquier desarrollo y práctica cristianos, y se basa, en el espíritu de las cartas de Pablo, en la intención de conducir todo hacia “la obediencia de Cristo”, es decir, a la sumisión de todo pensamiento humano a la voluntad divina. Este proyecto cristo-céntrico, tuvo varios momentos de consumación, pues las fuerzas humanas en juego, llevadas por el interés político y económico, constantemente ofrecieron fuerte resistencia para su realización. Hay que tratar de entender a las poblaciones de la época, que como las de hoy, participan inconsciente o involuntariamente de las imposiciones de las personas responsables del poder. De ahí que el gran esfuerzo por reorientar la marcha de la sociedad en el sentido de “la voluntad de Dios” encontraba a las personas en una situación de confusión causada por el fuego cruzado de reformadores, gobernantes y aventureros que aprovechaban la situación. La conciencia bíblico-teológica de los reformadores fue, así, la única garantía de que el destino de los diversos movimientos estaba o podía estar en la dirección correcta. Los nombres mismos de las nuevas iglesias eran un signo de por dónde debían caminar los logros obtenidos en etapas de tiempo adecuadas.

La búsqueda y promoción de la gloria de Dios llevó a la teología y la doctrina protestantes a percibir la necesidad de extender esta soberanía a todos los ámbitos de la vida, lo cual presagiaba nuevos conflictos. Éste sería el nuevo desafío ante los embates de los cambios que estamos experimentado hoy. Por todo ello, las múltiples dimensiones de la Reforma Protestante nos desafían nuevamente a profundizar en el esfuerzo y ejercicio auténticos de una fe que, realmente y más allá de cualquier apariencia que denigre al Evangelio de Jesucristo, permita “someter todo pensamiento a la obediencia de Cristo”, comenzando con nosotros mismos. Hoy podemos seguir un camino parecido, pero siempre con la confianza de que Dios conduce nuestro camino hacia “mejores pastos”.

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