II Reyes 23.4-23

Leopoldo Cervantes-Ortiz

| October 2, 2017

Así que el pueblo celebró la Pascua en Jerusalén, cuando Josías tenía ya dieciocho años de reinar. Nunca antes todo el pueblo había celebrado la Pascua de esa manera, desde que ocuparon el territorio en tiempos de Josué.

II Reyes 23.22-23, Traducción en Lenguaje Actual

Trasfondo bíblico: Iglesia, comunidad y reformas

“Cuando todo mundo es cristiano, ya nadie es cristiano”, escribió el filósofo luterano danés Søren Kierkegaard (1813-1855). Esta frase bien puede ayudarnos a entender la situación social y eclesiástica que se vivió en los siglos previos a las diversas luchas por la reforma de la Iglesia que se desarrollaron con tanta intensidad durante el siglo XVI. Por un lado, manifiesta la forma en que la sociedad medieval entendía el hecho de ser cristianos como formar parte de una gran colectividad de manera automática, es decir, integrar lo que se conocía como Cristiandad, el gran edificio político, social y religioso encabezado desde el cielo por Dios y luego por los dirigentes religiosos y los monarcas del mundo. Por el otro, demuestra la posibilidad de que este gran cuerpo social se transformara para adaptarse a las nuevas necesidades de la época. Para ello, era muy necesario asumir una postura de autocrítica que buena parte de la Iglesia católico-romana no estuvo dispuesta a asumir.

Desde ambas perspectivas, la importancia de la Reforma Protestante en el debate sobre la razón de ser de la Iglesia cristiana y en la conformación de una nueva manera de ser iglesia se presenta delante de nosotros, una vez más, a 500 años del inicio de la gesta de Martín Lutero en Alemania. La religiosidad individual estaba muy limitada y era determinada por la institución religiosa. La sumisión a esta forma de control garantizaba la unidad de la pirámide social, pues se aceptaba que sus características estaban determinadas por la voluntad de Dios. De ahí que poner en tela de juicio cualquier aspecto de su funcionamiento constituía una falta gravísima, política y religiosamente hablando. Pensar diferente o acudir por cuenta propia al contenido de la Biblia eran delitos en contra de la unidad de la Iglesia y del orden social.

El rescate de la naturaleza de la Iglesia

Los tiempos comenzaron a cambiar y, como en la época del rey Josías se requirió un esfuerzo de análisis y valoración de las acciones del pueblo en función de la obediencia a Dios, diversos movimientos buscaron reconsiderar el papel de la Iglesia. El propósito era sacudirse la tutela de los intereses políticos que regían el destino de las comunidades cristianas desde hacía mucho tiempo. El supuesto triunfo de la Iglesia sobre el paganismo romano significó, en realidad un creciente sometimiento a las imposiciones de los poderes del momento. Los reyes eran quienes nombraban a los obispos, por ejemplo. Si el pueblo del reino sureño de Judá tuvo la fortuna de que fuera el rey quien encabezó la reforma de la vida nacional, con base en la obediencia a la Palabra de Dios, en los inicios del siglo XVI la única posibilidad de reconstruir la naturaleza de la Iglesia consistió en los movimientos reformadores. Ellos sólo deseaban restaurar un estado de cosas más conforme con la voluntad de Dios.

Nadie deseaba en ese momento organizar una nueva iglesia, sino que se deseaba volver a experimentar la existencia de una comunidad más acorde con los designios del Nuevo Testamento. Es decir, que no hubiera más cabeza de la Iglesia que Cristo mismo y que los dones del Espíritu Santo circularan libremente en medio del pueblo de Dios. Nunca se abandonó la idea de que la Iglesia seguiría siendo una sola, a pesar de las divisiones que comenzaron a surgir. Algunos grupos, como los albigenses o los valdenses, o personas como John Wiclif (1320-1384), Jan Hus (1369-1415) o Jerónimo Savonarola (1452-1498) intentaron cambiar la situación. La respuesta autoritaria de la Iglesia acabó con la posibilidad de una reforma menos conflictiva.

El modelo reformado de Iglesia

Cuando Martín Lutero (1483-1546) dio pasos firmes en el camino hacia la transformación de la Iglesia de su tiempo (recordemos la discusión de sus 95 tesis y el rechazo absoluto a renunciar a sus ideas ante el Emperador en 1521), se fue haciendo más clara la idea de que, efectivamente, la situación de la Iglesia en el mundo cambiaría para siempre. Primero, porque nunca más sería ya una sola iglesia, y después, porque la nueva forma de experimentar la vida cristiana ya no sería la misma. Comenzó a entenderse que la Iglesia verdadera siempre está presente donde se invoca el nombre de Cristo. Otras dos cosas saltaron a la vista: la afirmación bíblica del sacerdocio universal de los creyentes (la vocación cristiana que rompe para siempre la distinción entre clérigos y laicos), así como la insistencia en el encuentro efectivo, personal y desafiante con la obra redentora de Cristo. La Iglesia debía recuperar su carácter de movimiento del Espíritu para mostrar la gracia de Dios al mundo.

Volver a leer la Biblia fue lo que produjo el modelo reformado de Iglesia, es decir, la superación del modelo antiguo, piramidal, para destacar la importancia de la conversión y entrega al Evangelio de Jesucristo. También se avanzó en la práctica de la libertad de asociación y en la búsqueda de un mejor servicio, dentro y fuera de la Iglesia. Las grandes decisiones tomadas por Josías en Judá (acabar con los cultos a los ídolos y restablecer la obediencia a la Ley, II Reyes 23.8-12) anticiparon, sin duda, el esfuerzo de los reformadores por levantar no una nueva Iglesia, sino formas frescas de vivir la gracia de Dios en medio de una comunidad, sin que lo impidan los poderes materiales o humanos.

Conclusión

La Iglesia, hoy, debe seguir recapacitando acerca de su manera de entender la misión cristiana. Esto quiere decir que debe aplicar la voluntad de Dios a todo lo que hace. Además, es necesario que haga realidad en el mundo la luz, la verdad y la justicia para que todas las personas se sientan dirigidas por la Palabra de Dios. La Iglesia existe para atender las necesidades humanas más urgentes y para transmitir continuamente el amor de Dios de manera plena. La Reforma Protestante sigue vigente en la medida que nos recuerde estas cosas y seamos capaces de llevarlas a cabo con la responsabilidad que nos corresponde.

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