Isaías 7.10-16

Leopoldo Cervantes-Ortiz

| September 11, 2017

Dios mismo les va a dar una señal:
La joven está embarazada,
y pronto tendrá un hijo,
al que pondrá por nombre Emanuel,
es decir, “Dios con nosotros”.

Isaías 7.14, Traducción en Lenguaje Actual

Trasfondo bíblico

La profecía llamada “clásica” surgió en el antiguo Israel como una consecuencia indirecta de la monarquía. Por una parte, como reacción a los abusos de los reyes y su corte para dar voz al pueblo y funcionar como una especie de defensa y, por otra, debido a la necesidad de contar con una palabra divina fresca, actual, como una respuesta puntual a la situación. Si inicialmente ser profeta consistió en atender necesidades tan superficiales como la pérdida de ganado, ante la cual las consultas a los “videntes” era una práctica habitual, posteriormente la profecía evolucionaría hasta alcanzar enormes alturas en el siglo VIII a.C. Ésa fue la época de oro de la profecía, pues se desprendió casi totalmente de las costumbres antiguas y de las culturas vecinas. El profeta específico encarnó una profunda transformación religiosa y cultural, pues su función social constituyó el punto de quiebre que caracteriza a la fe bíblica como una religión de la palabra profética, acontecimiento sin igual en la antigüedad.

La historia política y el origen de la profecía clásica

Todo esto dio lugar, entonces, a una serie de conflictos con los poderes establecidos, pues dado el tamaño de la tarea encomendada por Dios a algunas personas en relación con su Palabra, los sacerdotes y reyes enfrentaron el contrapeso ideológico, político y espiritual de la profecía ante los excesos del poder. De ahí que el surgimiento simultáneo de los falsos profetas se explica por la estrategia de monarcas y sacerdotes para contrarrestar la intensa experiencia que representaba tener dentro de la sociedad voces abiertamente disidentes y autorizadas por el propio Dios. De ese modo, el pueblo tenía que decidir también qué rumbo tomar ante las ofertas de los profetas pagados por el poder y los verdaderos portadores de la auténtica Palabra de Dios, todo ello en medio de las diversas situaciones internas y externas.

Los profetas recurren a su vez a las acciones simbólicas: Isaías camina desnudo y descalzo para simbolizar la suerte de Egipto (20.1ss), Jeremías destroza un cántaro (19.1ss). Los nombres simbólicos son otro recurso profético (el hijo de Isaías llamado “Un-resto-volverá”: 7.3 y 10.21s). El profeta es el heraldo de Dios Si el rey pretende ser el transmisor de las bendiciones divinas por su actuación cúltica y social, si el sacerdote expone la Ley (cf. Os 4.4-6) y colabora en el culto, y si el “sabio” enseña a conducirse según el ideal de la sabiduría humana, el profeta, a diferencia de todos ellos, transmite una Palabra nueva de Yahvé, que interpreta la historia presente a la luz de la historia salvífica pasada.

La elaboración progresiva de un libro profético es palpable en la combinación de pasajes biográficos en tercera persona con otros autobiográficos. El orden de los oráculos [mensajes], por lo demás, no es cronológico sino sistemático. Predomina el esquema siguiente: a) oráculos contra Israel o Judá, o contra ambos; b) oráculos contra las naciones (cf. Is 13-23 o Jer 46-51); c) apéndices con promesas, no siempre originales (J.S. Croatto).

Isaías y la historia de su tiempo

Cada etapa de la historia de Israel, a partir del surgimiento de la monarquía se podría describir en función de los profetas que actuaron. El siglo VIII a.C. vio actuar a cuatro profetas escritores que forman parte del patrimonio espiritual de Israel. Dos de ellos predicaron en el Norte (Amós y Oseas) y dos en el Sur (Miqueas e Isaías).

El profeta aparece cuando Dios quiere comunicar su Palabra. La historia de Israel abunda en situaciones que provocan la salida en escena de un vocero de Dios. En el siglo VIII, los dos reinos hebreos entran en una crisis religiosa. En Judá (sur) comenzó a degenerar la fe. La idolatría se infiltró sutilmente. Aun los reyes “rectos” contemporizaron con los cultos populares en los “lugares altos”. Pero al llegar Ajaz (735-715) se afirma enfáticamente: “No hizo lo recto a los ojos de Yahvé” (2 Re 16.2). Este es el contexto histórico de un memorable oráculo de Isaías, el primer gran profeta del sur. Es el profeta de la fe (7.1ss). Ajaz desconfía de Yahvé, pero será desplazado. Ya no sirve para llenar los planes salvíficos de Dios. Isaías vaticina entonces el nacimiento providencial del “Emmanuel” (7.14). Su nombre es simbólico (“Dios-con-nosotros”) y señala un reencuentro con el Dios de la Alianza (J.S. Croatto).

La “respuesta mesiánica” de Isaías a su situación

Isaías es un profeta de palacio. Será el profeta con más referencias “mesiánicas”, pues sus mensajes sobre “el rey ideal” serán releídos en las generaciones sucesivas hasta llegar a Cristo, como sucede con Is 7.14, todo un anuncio del nacimiento de Jesús, tal como se interpretaría después. La preocupación de Isaías por el rey futuro marca su insatisfacción por los gobernantes actuales y su búsqueda de un horizonte utópico más acorde con las intenciones divinas. Su perspectiva de la historia no necesariamente coincidió con las intenciones del rey: al anunciar el advenimiento de una figura que cumpliría el designio divino, Isaías proyecta las esperanzas populares en un sentido subversivo, esto es, contrario a las estrategias del gobernante en turno. Conocedor profundo de la política internacional, el profeta lanza sus ataques con poca diplomacia. Como los demás profetas, él aún creía en las posibilidades de la política, aun cuando los acontecimientos se precipitaron para romper con sus expectativas.

Como lo plantea la teoría política, en relación con el mesianismo, este concepto reaparece periódicamente en la historia de los pueblos para concentrar las esperanzas en los personajes que pueden encarnar las posibilidades de un cambio o de una mejora para las situaciones negativas. Isaías manejó el mesianismo para dotarlo de una perspectiva religiosa que alcanzó grandes niveles y penetró en la historia con enorme profundidad pues sus postulados sirvieron para que, siglos más tarde, ante la sequía profética y el avance de los tiempos oscuros para Israel, el surgimiento del cristianismo tomara su interpretación de la historia para concentrar en Jesús de Nazaret sus sueños y esperanzas.

Conclusión

Cada época demanda al pueblo de Dios una lectura profética de la historia en consonancia con los impulsos del Espíritu para orientar y canalizar adecuadamente la fe de las comunidades, inmersas, comprometidas y desafiadas por el momento en que viven. La respuesta de la palabra divina a las necesidades humanas siempre llega a tiempo, pues el plan de Dios debe cumplirse cabalmente. Cada vez que la fe se proyecta en el tiempo, es posible alcanzar una mejor comprensión de lo que Dios quiere hacer en el mundo para beneficio de los seres humanos.

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