Juan 8

Leopoldo Cervantes-Ortiz

| July 9, 2018

—Mujer, los que te trajeron se han ido. ¡Nadie te ha condenado!

Ella le respondió: —Así es, Señor. Nadie me ha condenado.

Jesús le dijo: —Tampoco yo te condeno. Puedes irte, pero no vuelvas a pecar.

Juan 8.10b-11, Traducción en Lenguaje Actual

Trasfondo bíblico

Entre las actitudes más llamativas de Jesús, evidenciadas muy claramente en el Cuarto Evangelio, destacan su crítica y rechazo hacia el pecado personal y social, así como la afirmación de su propia justicia. En el cap. 8, luego del episodio de la mujer que fue sorprendida en adulterio y de la denuncia de la doble moral hacia ella, Jesús se anuncia a sí mismo como “la luz que alumbra a todos los que viven en este mundo” (v. 12) y propone su seguimiento como la posibilidad real para descubrir un camino de vida auténtico y verdadero. La respuesta farisea, muy puntual, fue que él no podía dar testimonio de sí para legitimarse sino que alguien más tendría que hacerlo. Ante ello, el atrevimiento de Jesús fue mayúsculo: subrayó su propio testimonio con la fuerza de los hechos respaldados por Dios (vv. 14, 16, 18) y criticó la perspectiva farisea, basada en las apariencias y no en la profundidad (v. 15), a causa de su visión legalista de la vida. Con todo, Dios mismo también testificó a su favor: “el Padre que me envió da testimonio de mí” (v. 18). Además, Jesús les advierte que morirán en sus pecados si no siguen su camino de justicia y verdad (v. 21) y se refiere a la congruencia total entre su mensaje y su vida: “yo siempre hago lo que a él le agrada [al Padre]” (v. 29b). Manifestó así la razón de ser de su justicia y de su victoria, ya desde su vida terrenal, sobre el pecado, algo completamente nuevo. Gracias a esa congruencia muchos creyeron en él, destaca el texto (v. 30).

Jesús, la justicia y la justificación

En el debate con los judíos, el tema de la libertad se enlaza con el de la justicia y el pecado y lo llevó a señalarles la nueva forma de esclavitud en que viven (v. 34). Alejarse de la justicia de Dios los lleva a conocer formas de esclavitud que, aparentemente, habían superado. Jesús se complació en señalar su orgullo como hijos de Abraham y al mismo tiempo los lleva al terreno práctico en el que sus obras contradecían las maravillosas enseñanzas y testimonios que habían recibido: “Si en verdad ustedes fueran descendientes de Abraham, harían lo que él hizo” (v. 39). Pero una muestra de que no comprenden los nuevos rumbos trazados por Dios es que se negaron a ver en su trabajo la obra de Dios y se convierten en asesinos potenciales al conspirar contra él para matarlo (v. 40a).

“El lenguaje de Jesús” (v. 43a) era un lenguaje basado en la más íntima comunión con Dios y en la práctica de la justicia, de ahí que la acusación que hizo a los judíos era eminentemente ética, pues vincula sus acciones a otro origen, el opuesto al que dicen seguir. Y aunque la acusación es sumamente fuerte (“El padre de ustedes es el diablo”, v. 44a), el énfasis práctico de la misma se orienta hacia la desobediencia radical hacia Dios. Lo que caracteriza a esta forma de injusticia es, sobre todo, el desapego hacia la verdad, propia del enemigo de Dios (v. 44b). Hoy hablaríamos, en términos socio-políticos, “transparencia”, esto es, de una práctica consistente en forma y fondo, basada en presupuestos y valores dignos de confianza, en la línea de la manera de hablar de Jesús, como “venidos de Dios”. Por eso él hablaba con verdad todo el tiempo, pero su palabra no era aceptada (v. 45). Para el Cuarto Evangelio, este rechazo de la verdad es el mayor pecado y el alejamiento total de la justicia de Dios, lo cual no era poca cosa para quienes decían practicar el conocimiento divino a través de la Ley. De ahí la gravedad de la acusación contra ellos.

Jesús, modelo de justicia en vida y obra

En conformidad con las enseñanzas del Antiguo Testamento, Jesús enseñó y practicó una obediencia activa de la voluntad de Dios, sin fisuras de ningún tipo. La congruencia entre enseñanza y vida lo hizo, como bien recordó Marcos 1.22, “un maestro con autoridad”. En Jn 8, Jesús no hace alarde de su ausencia de pecado (v. 46) como una pose, sino como la afirmación de que practicaba el designio de Dios en todo lo que hacía. Por ello, la justicia de Jesús se estableció en su vida humana como la fuente que posibilitaría la salvación y como la demostración palpable de que se puede hacer visible en el mundo el impacto de dicha justicia. Ella es capaz de transformar a las personas y contribuir a cambiar las estructuras que desean alejarlas del bien parta instaurar formas cada vez más complejas de sometimiento y violencia:

Jesús describe como recto aquello que es conforme a la voluntad de Dios, revelado en el Antiguo Testamento y en sus enseñanzas. La fundamentación de las enseñanzas de Jesús sobre la recta conducta es que el Reino de Dios ha sido inaugurado en su propia persona y ministerio. Cuando Jesús inaugura el Reino, Él trae rectitud para pasar y espera una conducta recta de sus seguidores. La participación en el Reino de Dios exige una obligación ética y la justa participación exige una obediencia a la religión del Antiguo Testamento.

La ley y los profetas se han cumplido en Él (Mt 5.17), así revela una nueva forma de comportamiento, por ello la rectitud de sus seguidores no está en que ellos estén conformes con las leyes, sino en el fruto necesario de una promesa a Jesús como Mesías y Señor. […]

Para Jesús la persecución de la rectitud es obedecer la voluntad de Dios en todos los aspectos (personal, social, comunitario). (Antonio Llamas)

Conclusión

La justificación debe experimentarse no sólo como una doctrina en la cual creer, sino que sobre todo es necesario verificarla en los hechos cotidianos como pasión por la justicia en todas las áreas de la vida. Así será posible vivir, en términos de salvación, en consonancia con la voluntad divina de redimir a quienes deseen consagrar toda su persona “al servicio de la justicia” (Rom 6.19), una labor sumamente exigente en medio de un mundo que vive atrapado por las garras de la injusticia. Pero se trata de la lucha anunciada y vivida por Jesús para traer las bondades del reino divino al mundo.

En la lógica con el ejemplo de Jesús, seguirle es comprometerse en la justicia, viviendo como Él vivió (I Jn 2.6) y por lo mismo toda espiritualidad vive de la justicia, regalo y práctica del Espíritu Santo.

El justo vive por la fe (Rom 1.17; Heb 10.38), así es en verdad, el justo se apoya en ella creyendo en Jesús (Rom 3.21) y por lo mismo su entrega a la justicia es fuerza de Dios y fuerza del Evangelio (Rom 1.16).

Quien cree trabajar por la justicia, ya que fe y justicia están íntimamente unidas no sólo en cuanto gracia de justificación, sino también en la dinámica de las relaciones sociales. Igualmente se hallan unidas porque ambas se definen como práctica. (Santiago Ramírez)

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