Salmo 16

Leopoldo Cervantes-Ortiz

| November 14, 2016

LA VIDA HUMANA Y LA ESPERANZA FINAL

Por eso se alegra mi corazón,
mi interior se regocija,
todo mi ser descansa tranquilo,
pues no me abandonarás
en el reino de los muertos [Seol],
no permitirás que tu fiel vea la tumba.
Salmo 16.9-10, La Palabra (Hispanoamérica)

Trasfondo del texto

La existencia humana tiene un término biológico y físico, lo cual no debería causar mayor problema para su comprensión. Sólo que la fe bíblica confronta esta existencia, primero, con la historia como espacio de trato con el creador, sustentador y redentor, y segundo, con la eternidad a la que lo atrae ese mismo Dios. Esta relación entre existencia histórica y eternidad es trabajada de varias maneras en la Biblia: en el Antiguo Testamento hay una visión poco claro del destino final de los creyentes, aun cuando la esperanza en el Dios de la vida es firme y clara; por su parte, el Nuevo Testamento abre la puerta a la certeza de la renovación de la existencia a partir de la resurrección de Jesucristo, quien como “primogénito de los muertos” (Apoc 1.5) hizo posible la superación de la barrera entre la vida y la muerte para afirmar la supremacía de la vida eterna. Gracias a él, quien durante su vida terrenal habló acerca del poder regenerador de Dios, sus seguidores/as cuentan con la promesa de que Dios se encargará de ellos para conducirlos por el sendero la vida plena, iniciada desde la existencia histórica.

Lo que acontece después de la muerte

Las palabras de Eclesiastés son contundentes, acerca de la conciencia humana respecto de la vida y la muerte: “…todo lo hizo hermoso y a su tiempo, e incluso les hizo reflexionar sobre el sentido del tiempo, sin que el ser humano llegue a descubrir la obra que Dios ha hecho de principio a fin” (3.11), que también puede traducirse así: “…puso en la mente humana el sentido del tiempo” (Nueva Versión Internacional). Las ideas populares sobre el lugar a donde iban los muertos no inquietaron del todo a los pensadores antiguos: “Si bien había un concepto popular del lugar de los muertos (seol), la teología oficial de Israel no le prestaba atención” (Alicia Winters). Las expresiones positivas (o eufemismos) para referirse al estado final continuaban la formalización de los lazos sociales y comunitarios: el fallecido se unía a los antepasados (Jue 2:10; I R 2:10) o al pueblo (Gn 25:8; 35:29; 49:29; Dt 32:50).

La palabra Seol (el lugar de los muertos, los “infiernos”) se utiliza 65 veces en el Antiguo Testamento, 15 de ellas en los salmos (6:5, 9.17; 16.10; 18.5; 30.3; 31:17; 49:14-15; 55;15; 86:13; 88:3; 89:48; 116:3; 139:8; 141:7), 9 en Job y en Proverbios.

Se imagina al sheol como una cárcel, como un lugar subterráneo y obscuro, donde no habrá más que ruinas, destrucción y muerte. Reinan allí las tinieblas, el silencio. Un pasaje elocuente del libro de Job lo describe de esta manera: “región de las tinieblas y de las sombras de muerte, tierra de obscuridad y de caos, donde la misma claridad es noche oscura” (Job 10.21-22). […] El Qohélet afirma: “no hay obra, ni razón, ni ciencia, ni sabiduría en el sheol, adonde vas” (Ecl 9.10). En el sheol los muertos son “aquellos de los que tú (Dios) no te acuerdas y ni los quieres, rechazado con tu manos” (Sal 88.6).

Los muertos no tienen ya ninguna relación vital con Dios, no pueden ni adorarlo: “No alaban los muertos al Señor ni los que bajan al silencio” (Sal l15.17). Efectivamente, la muerte significa falta de relación, bien sea con Dios o bien con los demás (A. Bonora).

¿Se trataba del infierno?, no; ¿de algún “lugar de descanso”?, tampoco; ¿de un sitio neutral e indiferente?, mucho menos. Los griegos tradujeron Seol por Hades, pensando en otra forma de destino humano, un inframundo. En Mesoamérica se hablaba del Mictlán, un espacio adonde los muertos buscaban el destino final en medio de una travesía llena de dificultades. Lo cierto es que al hablar de este asunto se entra a un plano profundamente existencial (ontológico) y que prácticamente ninguna de nuestras ideas actuales se corresponde con ese espacio de destino final: “El Seol estaba situado en alguna parte debajo de la tierra. […] La condición de los muertos no era ni de dolor ni de placer. Tampoco se asociaba con el Seol la recompensa para los justos ni el castigo para los inicuos. Lo mismo buenos que malos, tiranos que santos, reyes que huérfanos, israelitas que gentiles, todos dormían juntos sin conciencia los unos de los otros” (Enciclopedia Británica).

El salmo 16 y la resurrección para vida eterna

El salmo 16 comienza expresando que “la confianza en Yahvé nace de la salvación concreta que se ha experimentado en una crisis específica” (Hans-Joachim Kraus) y que hay una renuncia total al culto a las demás divinidades (vv. 3-4). El v. 5 es enfático: “Tú diriges mi destino”, con lo que se reconoce la total dependencia de su mano y la paz que eso proporciona (6-8). Según esto, “parece que el orante estima en más la comunión con Dios (v. 8; cf. Sal 23.6; 27.4) que los dones de la vida” (W.H. Schmidt). En los vv. 9-11 se aprecia que quien ora se halla en peligro de morir, por lo que Quien habla espera “la vida por Dios, con Dios, en Dios el Viviente”, en contraste con la muerte como prueba de la ira de Dios y separación de él, es decir, en una unión vital auténtica.

“El salmo 16 no se ocupa de la resurrección ni siquiera de la inmortalidad sino de un agudo peligro de muerte” (H.J. Kraus). La época no permitía aún hablar de la resurrección pero comenzaba a abrir las puertas para una reflexión seria y madura sobre el destino más allá de la historia de los integrantes del pueblo de Dios:

“Ser sacado del seol” es una expresión común en los salmos para indicar no tanto la esperanza en una vida dichosa después de la muerte, sino más bien la confianza de que la comunión de vida con el Señor no podrá terminar con la muerte (cf. Sal 49.16: “Dios salvará mi vida; él me arrebatará del poder del seol”). La idea de un “rapto” por parte de Dios está en función de la esperanza de una unión con el Señor que ni siquiera la muerte física podrá interrumpir. “Aun cuando se consuma mi carne y mi corazón, Dios seguirá siendo para siempre la parte de mi heredad” (Sal 73.26). De esta manera se va abriendo camino paso a paso la fe en la inmortalidad dichosa y en la resurrección, que llega a afirmarse con claridad en Dan 12.1-3 (A. Bonora).

Una respuesta clara sobre cómo fue aprovechado este salmo en el Nuevo Testamento cuando ya se había consolidado la creencia en la resurrección, se encuentra especialmente en el libro de los Hechos (3.25-28; 3.34; 13.33), donde se suma al 2 y al 110 como parte de una evidente cristianización de esos textos ligados al mesianismo y al concepto dinámico del Reino de Dios. La afirmación de la esperanza en la vida de Dios, más allá de las ideas sobre la existencia ultraterrena, es la que gobierna la fe de quien espera todo de su Dios, en la historia y más allá de ella. La esperanza de sobrevivir en el regazo divino es el centro de la fe cuando se confronta con el fin de la vida física, especialmente a la luz de una concepción firme sobre la integridad del ser de la persona:

El orante tiene la certeza de que “su carne morará segura” (v. 9b). […]

Los poderes de la muerte asaltan al orante. Pero él sabe muy bien por la palabra de Dios: mi vida está protegida, no se halla a merced del poder de la muerte, del Sheol, que domina tan profundamente este mundo, sino que está protegida y abrazada por todos lados (Sal 139.5). La dimensión concreta, que hay que tener en cuenta ante todo y en la que hay que entrar, tiene significación permanente: “En un mundo en el que la superviviencia corre peligro de hacerse cada vez más improbable, la comprensión bíblica del destino del hombre es fundamento para una nueva esperanza de la vida” (H.W. Wolff, Antropología del Antiguo Testamento, p. 293) (H.-J. Kraus).

Conclusión

El Nuevo Testamento asume una postura sumamente clara acerca del destino final de las personas que han experimentado la nueva vida en Cristo: su Señor y Salvador les garantiza la plenitud de la existencia a su lado. Ciertamente, la incertidumbre humana causada por las muertes prematuras, las enfermedades y el sufrimiento, hacen que la fe cristiana tenga que ser bien explicada en relación con esta realidad tan amplia y que sobrepasa el entendimiento. Pero lo cierto es que la fe en la resurrección es la sustancia de la espiritualidad cristiana (I Cor 15), una espiritualidad ligada a la afirmación y defensa de la vida en todas sus manifestaciones. La vida eterna anunciada y experimentada por Jesús de Nazaret trasciende las creencias esotéricas o extrañas que hay sobre lo que se encuentra más allá de esta vida histórica presente y afirma la superioridad de su proyecto para toda su creación. Un poeta costarricense ha expresado magníficamente la victoria de Jesucristo sobre la muerte:

 

Pascua

Alfonso Chase (1945)

Tiembla la tierra. Tiembla la pompa

cárdena del mundo. Uñoso el grito sube

en húmeda montura. Todo se tambalea

como si el Arquero disparara su fidelidad

contra la insomne espiral de lo perfecto.

Tiembla la tierra. Satanás entre su chusma

afila hirviente, el frenesí de sus armas.

Tiembla. Llueve. La flor petrificada

se hunde en el aceite ritual. Brusca

entre el barullo de los grillos.

Pascua! Pascua! Pascua!, grita

entre los guanacastes el ave suntuosa.

Aleluya! Aleluya! Aleluya!

Ha resucitado el Aguafiestas.

Satanás regresa a los infiernos.

Sugerencias de lectura

  • Bonora, “Sheol”, en Vocabulario teológico, www.mercaba.org/VocTEO/S/sheol.htm.
  • Oscar Cullmann, “¿Inmortalidad del alma o resurrección de los muertos?” en Del evangelio a la formación de la teología cristiana. Salamanca, Sígueme, 1972 (Verdad e imagen, 31), pp. 233-268.
  • Hans-Joachim Kraus, “Salmo 16: La suerte dichosa ante la faz de la muerte”, en Los salmos. Salmos 1-59. Salamanca, Sígueme, 1993, pp. 364-365.
  • Claudio Lomnitz, Idea de la muerte en México. México, Fondo de Cultura Económica, 2006.
  • Luis Fernando Núñez y Roberto Martínez González, “Viaje al Mictlán: una revisión crítica sobre el destino de las almas y los ritos funerarios en las fuentes tempranas y los contextos arqueológicos del Posclásico”, en Anales de Antropología, vol. 43, 2009, pp. 51-68, revistas.unam.mx/index.php/antropologia/article/viewFile/20342/pdf_481.
  • Karl Rahner et al., El cuerpo y la salvación. Salamanca, Sígueme, 1975 (Pedal, 36).
  • Juan Stam, “La resurrección del cuerpo”, en Fraternidad Teológica Latinoamericana, 4 de abril de 2015, http://ftl-al.org/la-resurreccion-del-cuerpo/
  • Alicia Winters, “La memoria subversiva de una mujer: II Samuel 21.1-14”, en Revista de Interpretación Bíblica Latinoamericana, núm. 13, claiweb.org/ribla/ribla13/la%20memoria%20subversiva.html
  • Hans Walter Wolff, Antropología del Antiguo Testamento. Salamanca, Sígueme, 1975 (Biblioteca de estudios bíblicos, 5).