Lucas 1.26-38

Leopoldo Cervantes-Ortiz

| December 11, 2017

Cuando Isabel ya tenía seis meses de embarazo, Dios mandó al ángel Gabriel a Nazaret, un pueblo de la región de Galilea. 27 El ángel llevaba un mensaje para una joven llamada María. Ella estaba comprometida para casarse con José, quien era descendiente del rey David. El ángel entró a donde estaba María, la saludó y le dijo: —¡Dios te ha bendecido de manera especial! El Señor está contigo.

Lucas 1.26-28, Traducción en Lenguaje Actual

Trasfondo bíblico

Según se aprecia en los evangelios, especialmente en Mateo y Lucas, la historia del nacimiento de Jesús fue una auténtica “invasión divina de la cotidianidad humana”, pues los acontecimientos maravillosos y sobrenaturales que aparecen narrados allí acompañan la intervención divina en la historia para dotarla de nuevos significados. Hay que hacer un gran esfuerzo imaginativo para percibir cómo, en medio de los sucesos de todos los días se fueron sumando acontecimientos bastante inesperados en la vida de personas sencillas. A cambio, tenían una fe profunda en la acción salvadora de Dios en la historia, tal como lo habían aprendido de sus padres y madres, y de sus antepasados.

Navidad, cotidianidad e historia

Obviamente, en los recuentos anuales de esta historia, el primer lugar se lo lleva María la virgen, pero Mateo y Lucas también incluyen a otros personajes dominados por una esperanza mesiánica apenas disimulada. De ahí que tratar de comprender la forma en que los autores de los evangelios se acercaron a esos instantes de vida cotidiana para poner una enorme lupa espiritual, representa una magnífica tarea por captar cómo buscó Dios que sus acciones redentoras estuvieran muy presentes en medio de la existencia humana auténtica.

 

En este sentido, Galilea y Nazaret no eran los lugares “ideales” para la manifestación del inicio de la encarnación de Dios en la historia. Porque estas narraciones obligan a prestar tanta atención al ambiente como a su mensaje. Así comenta el experto metodista argentino Pablo Andiñach la extrañeza del relato de Lucas:

Varios son los elementos que señalan la extrañeza del relato. Por un lado la ubicación del evento en Nazaret, una localidad pequeña y sin historia en Galilea. Más que ciudad era una aldea sin importancia y que nunca había sido mencionada en el Antiguo Testamento. Además debemos resaltar que era de Galilea, lugar de donde no se esperaba nada significativo para la historia religiosa de Israel. En la tradición bíblica, Galilea era la zona de los samaritanos con los que los judíos (los de Judea) estaban enemistados desde hacía varios siglos y con quienes no tenían ningún vínculo social ni afectivo. Por el contrario, se marginaban mutuamente. Nazaret no era una localidad samaritana pero estaba en pleno corazón de aquel territorio.

Galilea había sido el lugar desde donde cada algunos años se producían levantamientos populares de rechazo a los romanos. Como estaba lejos de la capital Jerusalén era más difícil controlarla y era por allí que los líderes judíos —zelotas, sacerdotes radicalizados, nacionalistas, etcétera, cada tanto se levantaban contra el poder instalado en Jerusalén. De modo que ubicar a María en esa región era un signo contradictorio pues pocos esperaban que el Mesías pudiera surgir de esa zona.

Este autor muestra que las raíces raciales y culturales de Jesús no solamente no serían las predominantes en el sentido socio-económico, sino que, además, la orientación del plan divino estaba siguiendo caminos poco tradicionales. Galilea era, también, un espacio geográfico de resistencia ante los embates del Imperio Romano.

Las mujeres, nobles portadoras del mensaje de salvación

En la historia del nacimiento de Jesús se lleva a cabo también un plan para levantar a los sectores sociales tradicionalmente humillados y marginados. Si hoy se percibe y promueve que la Navidad es una época básicamente dirigida a los niños, en su momento resultaba impensable que precisamente ellas, las mujeres, los ancianos, pastores, campesinos, siervos o personas de las más bajas esferas sociales pudieran ser portadoras o siquiera pudieran entender los planes de Dios. Se creía, sin ningún temor, que la falta de educación religiosa era un factor en contra de la comprensión de las verdades sagradas. Se condenaba a las personas a ser poco activas y a dejarse controlar por parte de los líderes “especializados”. El acceso a la religión establecida estaba vedado para los grupos marginales de la población. De manera parecida, en América Latina, recientemente tres países se han declarado libres del analfabetismo: Cuba, Bolivia y Venezuela. “Y algo más: aquí el analfabetismo tenía ‘cara de mujer’, dado que más de 85 por ciento de los alfabetizados fueron del género femenino” (Rosa Rojas). Todo ello en pleno siglo XXI (y luego de propuestas tan notables para la alfabetización como las del educador brasileño Paulo Freire), cuando los estándares educativos se manejan de otra manera en los diversos organismos internacionales: habilidades verbales, matemáticas y de análisis.

Este carácter de iletrados (es decir, aquellos ajenos a la letra, apegados sobre todo a la tradición oral: en México, hasta los ochentas, aún estaba en 92% de alfabetización) haría que los personajes navideños fueran más bien candidatos para ser alumnos del Instituto Nacional para la Educación de los Adultos (INEA). Zacarías, María, Elizabeth y, por supuesto, los pastores y campesinos, todos eran iletrados. De ahí la sorpresa de que ellos fueran colocados en el centro de los “relatos navideños”.

A la vez es llamativo que la revelación se produjera a una mujer. Si bien en el Antiguo Testamento hay muchos ejemplos de Dios revelándose a mujeres, es sabido que en tiempos del Nuevo Testamento se había producido una cierta involución respecto al trato social a las mujeres. Mientras que en el Israel antiguo las mujeres llegaron a tener un protagonismo significativo y a ser partícipes de gestas muy importantes, al llegar el siglo I la sociedad israelita se había tornado más cerrada respecto de las mujeres. Algunos especulan que esto se debió al carácter más urbano del mundo del Nuevo Testamento donde era más fácil controlar a las personas, especialmente porque la centralidad del templo hacía de Jerusalén una ciudad santa en forma superlativa y por lo tanto se exigía en ella conductas rígidas. Que este extremo de celo de santidad se haya aplicado principalmente a las mujeres —aunque no sólo a ellas— es consecuencia del machismo que imperaba en aquellos días, pero es probable que esa sea la explicación. Otras víctimas de este celo fueron los enfermos crónicos —tanto mujeres como varones— que eran considerados impuros y maltratados socialmente más en el mundo del siglo I que en los siglos anteriores. Por otro lado el mundo preponderantemente rural —o de aldeas pequeñas—  del AT y más alejado de la ciudad santa daba espacio para el desarrollo de relaciones más libres y afectivas por lo tanto posibilidades de crear liderazgo femenino y de cierta benevolencia hacia los enfermos. Sea cual fuere el motivo, es llamativo que el anuncio del inminente nacimiento del hijo de Dios se hiciera a una mujer (P. Andiñach)

Este retroceso cultural y religioso no fue impedimento para que María actuara de manera activa y participativa en la historia de la salvación, y no solamente como un objeto usado por Dios para manifestar su gloria. María asumió la fe desde las raíces y se presentó como una auténtica profetisa en la tradición de su pueblo, atisbando la “gran luz” que representaría la venida del Mesías para realizar las esperanzas mesiánicas del antiguo Israel. María abrió la puerta hacia la universalidad de la actuación de Dios en la historia para que, desde su fe marginal, vivida en medio de circunstancias poco amables, se encontrase cara a cara con el proyecto divino.

Conclusión

Como concluye Andiñach: “Dios recurrió a ellos para que fueran vehículo de su palabra, para que comunicaran a los demás la buena noticia de la llegada del Hijo al mundo. Y ellos y ellas aceptaron el desafío. ¿Cómo respondemos nosotros al desafío de vivir con fe y confiando en que aunque no entendamos algunos de los caminos de Dios, él quiere lo mejor para sus hijos e hijas?”. En estos tiempos somos convocados nuevamente por el mismo Dios de Jesús de Nazaret, el Dios de la Navidad cristiana, para unirnos a sus planes renovadores del mundo, de la sociedad y de la convivencia humana. Sumarse a ellos incluye el esfuerzo por hacer visible el Reino de Dios en nuestras vidas y en todas nuestras relaciones.

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