Lucas 23.13-49

Leopoldo Cervantes-Ortiz

| April 2, 2018

EL AMOR APASIONADO DE DIOS EN LA CRUZ DE JESÚS

…mas esta es vuestra hora y la potestad de las tinieblas.

Lucas 22.53b

¡…ese Cristo que está siempre muriéndose sin acabar nunca de morirse, para darnos vida!

Miguel de Unamuno, Del sentimiento trágico de la vida

Dios ha constituido Señor y Mesías a ese mismo Jesús a quien vosotros crucificasteis.

Hechos 2.36

Trasfondo bíblico. El relato de Lucas, reconstrucción apasionada de los momentos cruciales de la salvación

Al estilo de Lucas, la organización de los sucesos de la pasión, muerte y resurrección de Jesús buscaba responder dos preguntas que acechaban incesantemente a los primeros predicadores y misioneros cristianos. Primero, si Jesús era el Mesías enviado por Dios ¿cómo es que acabó en una cruz?, y después: si era el instrumento para salvar a la humanidad, ¿por qué tuvo Dios que permitir que muriera?

Los episodios, encadenados por una secuencia que proviene del primer evangelio escrito, el de Marcos, podrían resumirse bien mediante una fórmula sumamente breve y elocuente: “Jesús de Nazaret murió crucificado en las afueras de Jerusalén, siendo entonces Poncio Pilato procurador de Judea, el viernes 7 de abril del año 30 de nuestra era, a los 36 años de edad, aproximadamente”. Pero estas palabras, en su sencillez, no alcanzarían a expresar la profundidad de los hechos y obligan a enfrentar la contradicción de relatar el martirio de Jesús a la luz de la condena de la ley judía: “Es maldito de Dios el que cuelga del madero” (Dt 21.22-23). “La muerte de Jesús, y más todavía el tipo de muerte que sufrió eran propiamente insoportables para quienes tenían familiaridad con las Escrituras” (H. Cousin, p. 150), lo que no necesariamente era el caso para los lectores de Lucas.

Esta manera personal de contar los sucesos, guiada como las otras tres por un propósito proclamador, no pierde calidad literaria y, por el contrario, se la agrega a la densidad teológica de los acontecimientos. Prueba de ello es que en Lucas 23.26-49 se introducen casi 15 versículos propios, sin paralelo en los demás evangelios. Ante semejante desafío, Lucas opta por seguir a Marcos y apartarse de él en varios aspectos importantes, dotando a cada detalle de la narración de un significado específico, pues a cada paso el dramatismo del relato adquiere dimensiones teológicas propias que no deben pasarse por alto, pues para ello aparecen en el texto.

  1. Pilato

Así, la propuesta político-demagógica de Pilato de soltar un reo (vv. 13-25; el escritor sueco Pår Lagerkvist (1891-1974), Premio Nobel de Literatura 1951, en su novela Barrabás, profundizó notablemente en ese personaje, enfrentándolo a la realidad redentora de Jesús) confronta las leyes religiosa y política. Le dio un curso “legal” a los sucesos mediante la manipulación del derecho y la aparente exculpación del gobernante romano, lo que se acentuará más tarde. “No era aquella ninguna señal de una especie de piedad secreta para con un inocente; hombre duro y cruel, el prefecto intentaba una operación política” (Cousin, p. 230). A partir del v. 26, Jesús ya está en manos de los judíos, aunque habiendo obtenido una condena expresada con matices abiertamente políticos en el contrasentido del título que llevará en la cruz (“el rey de los judíos”, v. 38) escrito en los tres idiomas. Jesús morirá como un ajusticiado por el imperio romano a manos de sus cómplices judíos, pero con verdugos militares. “Por su predicación referente a la venida inmediata del Reino de Dios, Jesús podía provocar alguna agitación popular que no habría servido ni a los intereses de Jerusalén ni a los de Roma. Convenía, pues, echar mano a un personaje al que los sumos sacerdotes consideraban como un posible agitador” (Cousin, pp. 215-216).

En otras palabras, Jesús era un preso político y Barrabás perteneció al fuero común, pues resultaba ser más peligroso. El poder de las tinieblas, el anti-Reino, estaba ya haciendo de las suyas (Lc 22.53). Jesús quedó completamente en su poder. En contraste, Lucas afirma enérgicamente la inocencia de Jesús (Lc 23.4, 14, 15, 22). Una vertiente de la tradición posterior no vaciló en “cristianizar” a Pilato, pues circuló un texto llamado Hechos de Pilato, y en El Evangelio de Nicodemo (siglo IV) aparece ya como creyente.

Simón de Cirene y la clave del seguimiento (Lc 23.26-27)

En contra de la costumbre según la cual el condenado debía llevar personalmente el instrumento de su castigo, al menos el madero transversal. Simón, una persona de origen africano, muy probablemente perteneció a la comunidad lucano-paulina (el trasfondo más probable era Antioquía, un espacio cristiano multicultural) que escribió el relato. Además de la evidente debilidad de Jesús, que hizo que no permaneciera mucho tiempo en la cruz, el significado de portar la cruz “detrás de Jesús” era una lección en sí misma. La frase final del v. 26 es una llamada de atención que destaca a Simón como el primero en poner a funcionar, al pie de la letra, la afirmación de Jesús en Lc 9.23 y 14.27: “El que no cargue su cruz [cada día, según la primera cita] y venga detrás de mí, no puede ser mi discípulo”. Con ello no deja de invitarse a cada creyente a imitar ese gesto tan relevante. Además, la importancia de la cristiandad africana es reconocida ampliamente en este suceso.

Palabras de Jesús en el viacrucis

En Lc 23.28-31, Jesús no guarda silencio y camina hacia el martirio exhortando a las mujeres de Jerusalén a prepararse para los días futuros. Esta aparente explosión verbal se explica por el hecho de que su mirada escatológica y profética también entró en juego.

Las mujeres no podrán estar seguras de que la potencia del mal que lo ha llevado a él a esta hora de tinieblas no vaya a tener efecto sobre sus propias vidas. Por eso, Jesús, en el momento que afronta su destino, aconseja a las plañideras que no lloren por él sino por ellas mismas y por sus hijos. Lo que hace esta generación tendrá efecto en las generaciones futuras. […]

Confrontado con el mal, Jesús compara su destino con “el leño verde”, de difícil combustión, y el de Jerusalén, también enfrentada a las fuerzas del mal, con el “leño seco”, susceptible de ser consumido por el fuego (J. Fitzmyer, p. 481).

  1. Los caminos del amor apasionado de Dios en la cruz

Jesús siempre supo que la lógica de su vida lo llevaría irremediablemente a una muerte violenta y colocó este horizonte en el marco de la historia de la salvación. Pero no esperaba, necesariamente, una muerte por crucifixión, sino más bien por lapidación, en el más puro estilo judío. La mezcla de elementos religiosos y políticos entre los motivos de su asesinato hizo que terminase, más bien, condenado como sedicioso, como agitador contra el Imperio, en medio de la celebración religiosa que se vio alterada profundamente.

Las tres frases en la cruz

No hay “siete palabras” en el evangelio de Lucas, ni en todos los evangelios. Eso ha sido una construcción tendiente al perfeccionismo simbólico, que ha tratado siempre de suprimir las diferencias y contradicciones del relato. Lucas recopila tres frases sin paralelo alguno. La primera: “Perdónalos porque no saben lo que hacen” (v. 34), plantea una difícil encrucijada para sus seguidores: ¿qué discípulo hubiera sido capaz, al pie de la cruz, de soportar una palabra de perdón para los verdugos? (Cousin, p. 200).

El diálogo con el ladrón (compañero suyo según Lc 22.37, para cumplir otra profecía) produce otra frase que proyecta la esperanza del “buen ladrón” al ámbito escatológico: “Hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc 23.43). Lo implícito aquí, propio de la teología de Lucas, es que “él es el único que afirma con la mayor claridad que el destino del cristiano trasciende esta vida e incluso la muerte, que le pone fin. Y ese destino se concede libremente por el Salvador-Rey a todo el que se arrepiente a través de una experiencia de conversión (metanoia) y de regreso (epistrophe) a la fuente de salvación” (Fitzmyer, p. 502).

En el caso del Salmo 22, que habla del abandono de Dios, se introduce una oración, si no apacible, al menos más llevadera para sus lectores gentiles. “La comunidad cristiana palestiniana, que utilizaba esta cita veía en ella ante todo una afirmación positiva: Jesús es el justo que sufre, anunciado por David y los profetas. Pero una iglesia griega corría el peligro de verse impresionada ante todo por este grito de desesperación; ¿no percibirían los oyentes de Lucas esta cita bajo un ángulo negativo, imaginándose que Dios había abandonado realmente a Jesús?” (Ídem). Se trata de una auténtica paráfrasis en camino hacia la inculturación del mensaje: la cita del Salmo 31.6 en el v. 46 (“En tus manos encomiendo mi espíritu”) procede de otro estado de ánimo espiritual, pero el texto no deja de subrayar que fue “un grito a gran voz”. La protesta de Jesús se convierte en entrega total de su persona y en la afirmación de confianza por la certeza de que Dios recibiría su espíritu.

Un himno evangélico, que siempre ha herido a las buenas conciencias, expresaba en otras épocas un apego a la cruz que se considera malsano y negativo: “Oh, yo siempre amaré esa cruz”, decía, con lo que al parecer se producía una especie de idolatría por el instrumento de tortura, pero que muy en el fondo contribuía a evitar la evasión para mirar los horrores del mismo. Porque lo que la cristiandad occidental ha hecho con la cruz ha sido un proceso de dulcificación e idealización: de instrumento de muerte, se ha convertido en joya o adorno.

El velo del templo se rasgó (v. 45)

Estamos ante la gran señal de la ruptura, del cambio de época, es decir, ante la gran realidad de la “paganización” de Dios, o al revés, de la sacralización de todo lo material. Este borramiento de fronteras no podía sino estar acompañado de un gran cataclismo apocalíptico, pues Lucas no puede evitar el uso de este lenguaje tan establecido. Una especie de eclipse preludia la ruptura del velo para unificar los espacios y acabar para siempre con la distinción entre lo sagrado y lo profano. Los límites se borran y sólo queda delante la realidad teológica y antropológica de un hombre que está entregando su persona entera para la realización de los planes de Dios. Las palabras de Jesús no son serenas, en sentido estricto, aunque traslucen un aire de satisfacción por la labor realizada, aunque también anticipan la reversión de todo lo que había conseguido hasta entonces el mal. Los procesos van a seguir a la inversa ahora: se desencadenará el bien por parte de Dios y la justicia de la vida y el amor se impondrán, no sin conflicto.

La confesión del centurión romano

Lo que hace este militar es confesar la inocencia de Jesús (v. 47) sin que necesariamente confiese su fe en él, pero es un gran signo de victoria que alguien dentro de los enemigos proclame la justicia del mártir, luego de que los soldados se mofaron de él antes de la crucifixión (vv. 36-37). “Jesús fue [diríamos hoy: levantado y] ejecutado como un criminal y atormentado en una cruz, con un suplicio que sólo podía infligirse a los que no eran ciudadanos romanos” (Cousin, p. 252). Esta “conversión” del legionario imperial también representa una ruptura y manifiesta la evolución del impacto de la fe cristiana en el mundo. El relato muestra al pueblo abandonando el escenario del martirio golpeándose el pecho (v. 48), sumido entre la indiferencia y la frustración. Los cercanos y las mujeres, especialmente quienes lo acompañaban desde Galilea, sólo miraban desde lejos. Como un eficaz contrapunto narrativo, Lucas culmina la historia de la pasión con un toque de realismo en la observación de los testigos.

Contradicciones y alcances de la muerte de Jesús, el justo

La ejecución capital del 7 de abril del año 30 pone al ejecutado en la lista de víctimas inocentes, desgraciadamente tan numerosas, de un poder absoluto y cruel; pero no representa más que uno de los innumerables accidentes o injusticias en un mundo en que la vida del que no era ciudadano romano estaba tan poco garantizada. […]

¿Cuál es el amor que condujo a Jesús hasta el sacrificio de su vida? En definitiva, la muerte de Jesús no puede ser calificada más que por su vida terrena. […]

Jesús es aquel a quien le robaron la muerte. […] Jesús no tuvo siquiera la satisfacción de morir dando testimonio, a la faz de todo el pueblo, de la verdadera significación que había dado a su existencia. A los ojos de la gente se presentaba en el Gólogota como un mero agitador político; ¿quién podría adivinar que aquel hombre, ejecutado en medio de dos terroristas, era un nuevo Jeremías, que era incluso el profeta último, “el que tenía que venir”? Jesús fue crucificado; le robaron su muerte. (Cousin, pp. 252, 253, 262. Énfasis agregado al final).

Los crucificados de la historia esperan la salvación. Y saben que para ello es necesario el poder; pero desconfían de lo que sea puro poder, ya que éste siempre se les ha mostrado contrario a lo largo de la historia. Lo que desean es un poder que sea realmente creíble. Ellos no creen en simples promesas: no les dan esperanza.

¿Es creíble el poder de Dios para el pueblo crucificado? Para responder a esto es necesario volver de nuevo a Jesús crucificado y reconocer en él la presencia de Dios y la expresión del amor de Dios que entrega a su Hijo por amor.

En la cruz de Jesús aparece en primer lugar la impotencia de Dios. Esa impotencia, por sí misma, no causa esperanza, pero hace creíble el poder de Dios que se mostrará en la resurrección. La razón está en que la impotencia de Dios es expresión de su absoluta cercanía a los pobres y de que comparte hasta el final sus sufrimientos. Si Dios estuvo en la cruz de Jesús, si compartió de ese modo los horrores de la historia, entonces su acción en la resurrección es creíble, al menos para los crucificados. El silencio de Dios en la cruz no es escándalo para los crucificados, pues a ellos lo que realmente les interesa saber es si Dios estuvo también en la cruz de Jesús. Si así es, ha llegado a su cumbre la cercanía de Dios a los hombres, iniciada en la encarnación. La cruz es la afirmación tajante de que nada en la historia ha puesto límites a la cercanía de Dios a los hombres. Sin esa cercanía, el poder de Dios en la resurrección correría el peligro de no ser creíble para los crucificados de este mundo. Pero con esa cercanía pueden realmente creer que el poder de Dios es Buena Nueva, porque es amor.

Dios asume la cruz en solidaridad y amor con los crucificados, con los que sufren la cruz. Les dice: aunque absurda, la cruz puede ser camino para la liberación, con tal que la asuman en libertad y amor. Entonces liberarán a la cruz de su absurdo y se liberarán a ustedes mismos. La libertad y el amor son mayores que todos los absurdos y más fuertes que la muerte; podemos hacer de ellos otros tantos caminos hacia Dios.

La cruz de Jesús es la demostración más acabada del inmenso amor de Dios a los crucificados. La cruz de Jesús dice, de un modo creíble, que Dios ama a los hombres, y que él mismo se dice y se da como amor y como salvación. En la cruz Dios ha pasado la prueba del amor, para que después podamos también creer en su poder, el poder triunfador de su resurrección. Así la resurrección de Jesús se puede convertir para los crucificados en símbolo de esperanza.

La identificación entre el Crucificado y el Resucitado alimenta la esperanza de que el futuro no está al lado de los opulentos, de los que no tienen corazón, de los criminales, sino del lado de los humillados, de los ofendidos y de los crucificados injustamente. (José Luis Caravias).

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