Marcos 15.1-41

Leopoldo Cervantes-Ortiz

| April 17, 2017

Así te ves mejor, crucificado.

Bien quisieras herir, pero no puedes.

Quien acertó a ponerte en ese estado

no hizo cosa mejor. Que así te quedes.

Alfredo R. Placencia

El no-juicio de Jesús: política y religión contra el abanderado del Reino de Dios

Como consecuencia de su cuestionamiento del Centro religioso-político que dominaba a su pueblo, Jesús está por fin frente a Pilato, cara a cara, quien lo llevará también a comparecer delante del pueblo como parte de una pantomima de justicia legalista. Ante la pregunta directa de si es el “rey de los judíos”, Jesús responde con ambigüedad porque la pregunta está falseada de principio, histórica y teológicamente, pero, evidentemente, Pilato no es historiador ni teólogo, es apenas un representante del poder imperial. Históricamente, los judíos no podían tener un rey porque la monarquía había fallado como vehículo del pacto de Dios con su pueblo. La sucesión de monarcas había sido una cadena de fracasos en la conducción de la relación del pueblo con Dios. Teológicamente, sólo Dios podía ser rey de los judíos, un pueblo acéfalo políticamente y a merced de las hegemonías de turno. La supuesta recuperación de la soberanía, como la etapa de los Macabeos o Asmoneos, no fue una recuperación del status antiguo, pues las comunidades seguían su vida en medio de una rutina dominada por el control político y religioso de las clases dominantes. De ahí que el relato de Marcos sea una visión de los vencidos, aquellos que sobrevivían muy lejos del poder. El encuentro de Jesús con Pilato (Mr 15.1-5) es el diálogo imposible entre el poder material y la debilidad asumida conscientemente, entre el tiempo limitado, cerrado, y la eternidad, entre el Reino de Dios y los poderes humanos absolutizados e idolátricos.

Pero, a fin de cuentas, ¿quiénes eran Pilato y Caifás, los jueces y verdugos de Jesús? El primero era el quinto prefecto romano asignado para controlar Judea, Idumea y Samaria. Normalmente vivía en Cesarea, pero en la fiesta patriótica de la Pascua viajaba a Jerusalén para someter cualquier revuelta. Duró 10 años en el puesto. Caifás permaneció como dirigente religioso durante 18 años y fue destronado el mismo año que Pilato, pues la crueldad de éste resultó inaceptable incluso para el propio imperio. Eran la pareja perfecta para enfrentar a Jesús, así como fueron el producto de las intrigas para acceder al poder. Su relación tampoco era muy amable, pues Pilato tenía secuestradas las vestiduras del sacerdote, a quien se las “prestaba” durante el Día de la Expiación. A tal grado llegaba la sumisión de la religión ante el poder. Y todo esto lo observaba, muy de lejos, el pueblo.

La confrontación Jesús-Pilato muestra el contraste entre proyectos. Pilato desconfiaba de todo lo que oliera a judaísmo ortodoxo y creía que el movimiento de Jesús era una secta más. Su preocupación central era si Jesús era leal a Roma. Aceptar que era rey implicaría ser acusado de alta traición. Los sacerdotes lo acusaban teológicamente pues ellos percibían bien la clave teológica de la propuesta de Jesús. Pilato estaba atrapado en lo que veía como pleito interno de facciones judías, pero íntimamente era portador de la teología que años más tarde se impondría en la Iglesia.

 

El juicio del pueblo: la manipulación como instrumento de la injusticia

Dices que quien tal hizo estaba ciego.
No lo digas; eso es un desatino.
¿Cómo es que dio con el camino luego,
si los ciegos no dan con el camino…?

 

La celebración de la Pascua en los tiempos de Jesús era una fiesta desnaturalizada porque la presencia del dominador romano le restaba autenticidad, además de que la celebración misma estaba viciada al formar parte del circuito litúrgico anual de la religión institucionalizada. El maridaje entre el poder, el judaísmo oficial y la religiosidad popular enmascaraba un conjunto de procedimientos (usos y costumbres) que hacían creer, en un espíritu carnavalesco de igualación transitoria de los diversos estamentos socioeconómicos, que el pueblo era tomado en cuenta. Pilato juega a ser magnánimo, pero sabe muy bien que el pueblo hará lo que su contubernio con los líderes religiosos imponga. El pulgar hacia arriba o abajo del César era sustituido por la “decisión dramatizada” de un pueblo sin criterios para discernir entre lo justo o lo injusto, igual que hoy lo hacen los medios masivos de comunicación. La intuición de los protagonistas del relato de Marcos es incisiva y precisa: Jesús es más peligroso que Barrabás, pues su mensaje potencialmente minaría hasta la raíz los cimientos del imperio que estaba a punto de condenarlo ¡en nombre de la voluntad popular! ¡Cuántas cosas no se han hecho en nombre de lo mismo! ¡Condenar a la muerte a un “benefactor”, si así pudiera vérsele con cierta condescendencia… (Mr 15.6-15)

Jesús va a ser víctima de un juicio popular, de un linchamiento ejercido por la turba que decide tumultuariamente la muerte del profeta, de otro profeta más en la contabilidad de la ciudad. Se trataba de la “muerte social” de Jesús (E. Pérez-Álvarez), esto es, un juicio popular en plena fiesta religiosa, la cual ahora se desnaturaliza doblemente, pues debía celebrar la vida de Dios otorgada al pueblo y ahora se vuelve una bacanal de muerte, una orgía de sangre para consumo de los ávidos y morbosos (Mr 15.16-18). Jesús ha cumplido su propósito: ha subvertido los fines de la Fiesta y está desenmascarando el carácter tanatófilo (amante de la muerte) de esa cultura sacrificial que no vacila en entregar a sus hijos a la muerte implacable y ciega. Tal como explica René Girard al estudiar antropológicamente el sacrificio como “necesidad” de muchas culturas para satisfacer las ansias más primarias de la humanidad y su instinto hematófilo (amante de la sangre). Satisfacer al pueblo es una empresa nefasta en manos de los poderosos manipuladores. La “industria del templo” es satisfecha por Pilato al entregar a Jesús para que las bajas pasiones de la masa anónima se cumplan.

 

Jesús, caricatura de rey según los usos: un rey desnudo y escarnecido

Convén mejor en que ni ciego era,
ni fue la causa de tu afrenta suya.
¡Qué maldad, ni qué error, ni qué ceguera…!
Tu amor lo quiso y la ceguera es tuya.

El teatro que se hace ahora con la figura del Jesús condenado forma parte de la farsa que entretendrá al pueblo ante el vaciamiento de sentido de la fiesta original, la de la liberación del pueblo, que ya queda completamente fuera de lugar (Mr 15.19-20). Se lleva a cabo un rito para despojar a Jesús de honorabilidad: es el desafuero absoluto de Jesús, su excomunión, su expulsión de la historia. Al ser candidato a la anónima cruz llena de ironía y burla, Jesús pasó a engrosar la lista de los miles de crucificados que ha producido la injusticia ensoberbecida y blasfema, pues en nombre de la vida de muchos se condena al inocente sin posibilidad de un juicio auténtico. La humillación física, verbal y simbólica, la tortura establecida como mecanismo para amedrentar a la víctima y a los testigos, se va cumpliendo lenta, sordamente, en una liturgia en la que cada elemento cumple su función sarcástica: la púrpura, la diadema de laurel, el cetro, el Ave César. Los símbolos del poder teatralizado se cumplen en Jesús precisamente porque él no buscaba todo ello en la realidad sino para ridiculizar las estrategias de los dominadores.

El proyecto del reinado de Dios va a brillar precisamente adonde los escarnecedores de Jesús lo subliman como un anti-rey, justamente allí, adonde su cuerpo se vuelve la prenda de un reino distinto, ajeno a las formas perversas que utiliza el poder para perpetuarse. Es la teología de la cruz (M. Lutero) en toda su intensidad, la que llama a las cosas por su nombre. Jesús no es rey según los usos materialistas. Los impostores castigando al supuesto farsante. Lo malo llama a lo bueno, malo, y viceversa: es la inversión de los valores. Las comunidades marginadas son quienes mejor aprecian esta subversión de los valores.

 

Jesús en la cruz: la muerte de Jesús y la liberación en la historia

¡Cuánto tiempo hace ya, Ciego adorado,
que me llamas, y corro y nunca llego…!
Si es tan sólo el amor quien te ha cegado,
Ciégueme a mí también, quiero estar ciego.

Un hombre del norte de África ayuda a Jesús a cargar la cruz: la solidaridad desde el continente negro, en un momento multicultural en el que sólo faltó la presencia americana (Mr 15.21). Toda la ambientación resultaba tanatófila: el monte de la Calavera y luego, la repartición de su escasa, mínima herencia. Los romanos disfrutaban montando el espectáculo terrorífico, el circo mortal de la ejecución en la cruz (Mr 15.22-33). El circuito sacrificial se estaba cerrando, pues en este caso, como explica Girard, “la víctima es realmente inocente y no muere estrictamente para expiar pecados, sino para mostrar que el amor es más fuerte que la violencia. Dios no pide sangre, sino el corazón, y con el sacrificio de su hijo no busca venganza, a pesar de las posiciones justicialistas que consideran la muerte de Cristo como un castigo donde el ‘cordero de Dios’ sustituye y satisface por los auténticos culpables, los hombres” (Bernarco Barranco, énfasis agregado).

Girard agrega: “Cristo es auténtico sacrificio no por ‘destruir’ el deseo con el dolor, sino por desmontar el materialismo que vive del deseo, mostrando que el hombre no es esclavo de aquél, sino que es capaz de amar” (Ídem.) El sacrificio de Jesús es la culminación de un largo proceso de liberación de los sacrificios humanos. “Al aceptar su propio sacrificio siendo a todas luces inocente, Jesús deslegitima toda práctica sacrificial y así redime a las víctimas que le antecedieron”. Jesús quería ser la última víctima del sacrificio y comenzar un proceso para bajar de la cruz a todos los crucificados de la historia. Desclavar a todos los crucificados de la larga historia de violencia entre seres humanos poseídos por el odio y la injusticia. Pero no lo logró… Con su muerte, advirtió que eso debía detenerse, pero el festín de sangre ha seguido hasta la fecha, por eso hay que conmemorar la fecha de la cruz con la esperanza de que cese el odio del ser humano contra sí mismo. “No hay piedad para el hombre entre los hombres”, escribió Pablo Neruda. La liberación que obra Jesús en la historia pasa por la abolición del sufrimiento luego de haberlo experimentado hasta las heces.

 

Conslusión. Los efectos de la muerte en la cruz. Jesús profaniza a Dios

El silencio absoluto de Dios ante el grito de su hijo (Mr 15.34-37, palabras políticamente incorrectas): el supuesto abandono de Jesús en la cruz no implica la existencia de un Dios a-pático, pues Dios sufre con él en la cruz… pero no responde, no interviene, no lo salva. Jesús muere en abierta contradicción con su mensaje y la reclamación de los testigos es justa: que se libre a sí mismo (Mr 15.38-41). El velo del templo se rompe de arriba abajo: Jesús profaniza, hace profano a Dios para siempre y lo saca de las paredes del templo para hacerlo un Dios de la calle, accesible a todos. Finalmente, es el triunfo de la debilidad, de la impotencia, sobre la soberbia. Es el triunfo de la debilidad, de la impotencia, sobre la soberbia criminal establecida como dogma.

 

Sugerencias de lectura

  • Bernardo Barranco, “Reflexiones sobre la Semana Santa”, en La Jornada, 19 de marzo de 2008, jornada.unam.mx/2008/03/19/index.php?section=politica&article=022a1pol.
  • Carlos Bravo Gallardo, Jesús, hombre en conflicto. México, Centro de Reflexión Teológica, 1986.
  • René Girard, El chivo expiatorio. Barcelona, Anagrama, 1986.
  • _____, El sacrificio. Barcelona, Anagrama, 2003.
  • Carlos Martínez García, “Semana Santa: Jesús y las mujeres”, en La Jornada, 12 de abril de 2017, jornada.unam.mx/2017/04/12/opinion/017a2pol.
  • Eliseo Perez Álvarez, Marcos. Minneapolis, Augsburg, 2007 (Conozca su Biblia).
  • Alfredo R. Placencia, “Ciego Dios”, en El libro de Dios. [1924] México, Conaculta, 1990 (Lecturas mexicanas, tercera serie, 9), p. 24. [Para más datos sobre Placencia, véase: Gabriel Zaid, “Alfredo R. Plascencia”, en Letras Libres, núm. 20, agosto de 2000, letraslibres.com/mexico/alfredo-r-plascencia.]