Romanos 8.14-19

Leopoldo Cervantes-Ortiz

| June 18, 2018

Porque el Espíritu que Dios les ha dado no los esclaviza ni les hace tener miedo. Por el contrario, el Espíritu nos convierte en hijos de Dios y nos permite llamar a Dios: “¡Papá!” (Abbá).

Romanos 8.15, Traducción en Lenguaje Actual

Trasfondo bíblico

Es muy llamativo que, en los evangelios, la única ocasión en que se hace referencia a la palabra aramea que usó Jesús para dirigirse a Dios como Padre (Abbá) aparezca en el contexto de la angustia y el sufrimiento que experimentó antes de afrontar la crucifixión y la muerte. Marcos 14.36 registra el momento con una intensidad poco común: “Y decía: Abbá, Padre, todas las cosas son posibles para ti; aparta de mí esta copa; mas no lo que yo quiero, sino lo que tú” (RVR 1960). Los discípulos fueron testigos de ambas cosas: de la manera persistente en que Jesús enseñó acerca de Dios como un padre, y de ese acercamiento hacia él en los días finales de su vida. La paternidad de Dios que vivió Jesús no fue solamente parte de un discurso exterior sino una vivencia muy profunda desde su propia fe, al grado de que algunos especialistas como el luterano alemán Joachim Jeremias (1900-1979) han afirmado que ése es el mensaje central del Nuevo Testamento:

En los evangelios, el término “Padre” aparece más de 170 veces en labios de Jesús en relación con Dios. A primera vista no cabe ninguna duda de este hecho: “Padre” era sencillamente el título que Jesús daba a Dios. […] Cuando hacemos el recuento de los pasajes evangélicos en que se utilizaba la palabra “Padre”, quedamos francamente sorprendidos. En efecto, los textos se reparten de la siguiente manera: Marcos 4, Lucas 15, Mateo 42, Juan 109 (J. Jeremias).

La paternidad de Dios en el Reino

Lado a lado con su anuncio de la cercanía del reino de Dios, Jesús enseñó continuamente que Dios deseaba ser visto, sobre todo, como un padre por los creyentes. Con ese mensaje se distanció radicalmente de quienes seguían creyendo en que entre Dios y los seres humanos había una barrera insuperable y que únicamente a través del cumplimiento de la ley podía haber una buena relación con él. Esto es superado por Jesús al transmitir la cercanía con Dios mediante la promoción de un ambiente de familiaridad y confianza: “El evangelista Mateo favorece la sustitución de ‘Padre’ donde otros evangelios hablan de ‘Dios’. Ver a continuación sobre Mt. 25,34. La expresión ‘Mi Padre que está en el cielo’ recuerda tanto el Padrenuestro (Mt. 6,9) como la oración de Jesús en Getsemaní (Mt. 26,39.42.44). Pablo insiste desde el inicio en que la filiación de Jesús respecto del Padre ha sido legada a todo creyente (Rm. 8,15; Gál. 4,6); somos hijas e hijos, y el Espíritu grita ‘Abba’ en nuestro ser interior” (Ricardo Foulkes B.).

La insistencia de Jesús colocó la fe en la paternidad divina en el centro de su mensaje para dejar constancia de que, en las nuevas condiciones del Reino, la cercanía de Dios como padre es la confirmación de que él quiere entablar las mejores relaciones con sus hijos e hijas. Esta doctrina y práctica contradijo profundamente las creencias judías tradicionales y, al mismo tiempo, estableció una distancia efectiva con la comprensión de los gobernantes antiguos en el sentido de que eran hijos directos de las divinidades. Dios es un padre auténtico a causa de que de él proceden todas las cosas (en el sentido de creador), pero también porque tiene cuidado de todos los seres que han salido de su mano. Ése es el énfasis de Jesús remarcado por su constante uso de la frase “Su padre que está en los cielos”, especialmente en el Sermón del Monte (Mateo 5-7): él hace que el sol “salga sobre justos e injustos” (5.45); sabe de qué cosas tienen necesidad las personas (6.8, 32); perdona las ofensas de todos (6.15); alimenta a sus criaturas (6.26); y se comporta mejor que como un padre humano (7.11).

Paternidad, filiación y adopción

Pablo de Tarso recogió muy bien la enseñanza de Jesús sobre Dios como un padre cercano y cariñoso y la desarrolló profundamente, al menos en dos momentos: Romanos 8 y Gálatas 4, ambos situados en el marco de su doctrina de la adopción. En el primer caso, coloca esta gran afirmación como parte de la realidad de que quienes “son guiados por el Espíritu de Dios” son hijos de Dios de hecho (Ro 8.14). Es la presencia del Espíritu en la vida de los creyentes en Jesús lo que les permite superar la esclavitud de la ley y el temor que causa (8.15a). Ahora, el Espíritu es el que obra la transformación de ellos/as en auténticos hijos de Dios y quien les permite llamar a Dios con la misma palabra que usaba Jesús: “Papito” (Abbá). Esa familiaridad es producida por el Espíritu, quien “emparenta” a los seres humanos con Dios de una manera nueva y transformadora. “El Espíritu de Dios se une a nuestro espíritu, y nos asegura que somos hijos de Dios” (8.16) agrega el apóstol, a fin de reforzar la identidad y la conciencia de la nueva familia del Señor.

La paternidad divina asegura que sus hijos e hijas tengan derecho “a todo lo bueno que él ha preparado” para ellos/as (17a). Esta filiación garantiza que compartirán todo con Cristo, sin dejar de lado los sufrimientos, ciertamente, como parte del camino que alcanzará la honra que él ha recibido (17b-18). Todo ello para que, en la orientación futura del reconocimiento de los hijos/as de Dios, la creación entera sea beneficiada por “la manifestación” (reconocimiento) de ellos a la luz de todas las cosas (19). La obra del Espíritu de Dios alcanzará su plenitud en el momento en que se presente este reconocimiento que confirmará la salvación como una superación de las trabas existentes para experimentar a Dios de la manera más cercana. En medio de su vida cotidiana, los hijos e hijas de Dios viven la paternidad divina como una realidad sumamente disfrutable.

Conclusión

El Nuevo Testamento enseña que Dios es un padre auténtico, lleno de amor y paciencia hacia sus hijos e hijas. Él se muestra cercano hacia cada una de sus criaturas y, además, en el caso de la humanidad, desea que ella sea una verdadera familia. Su intención es crear y consolidar la fraternidad, algo tan complicado por causa de las diversas barreras que la separan. Tal como se expresa en el libro de Luis Alonso Schökel, Dios padre: “Que ‘Dios es Padre’ constituye la novedad más radical y decisiva de cuanto Jesús vino a comunicarnos y es, además, lo único que puede acabar con las separaciones y divisiones entre los seres humanos, porque eleva a la categoría de ‘fraternidad de hijos de Dios’ lo que, de otra manera, no sería más que mero agregado de individuos en lucha por sobrevivir”.

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