Salmo 127

Leopoldo Cervantes-Ortiz

| May 7, 2018

Si Dios no construye la casa,
de nada sirve que se esfuercen
los constructores.

Salmo 127.1a, Traducción en Lenguaje Actual

Trasfondo bíblico

Matrimonios deshechos, padres ausentes, madres trabajadoras, hijos e hijas rebeldes… Esta fórmula, así de esquemática, es la que parece estar en la mente de muchas personas a la hora de abordar la cuestión actual del matrimonio y la familia. Además, el indetenible aumento en el índice de divorcios en muchos países no vendría sino a confirmar esta tendencia aparentemente negativa en la percepción de lo que sucede en lo que antes fue o había sido un baluarte de “la tradición contra las tendencias de cambio”. Cuando acudimos a las Escrituras en busca de aliento para responder a esta situación, nos asalta, invariablemente, el fantasma de la “defensa de los valores tradicionales”, pues casi siempre dejamos de advertir que ese tipo de cruzadas lo que enmascara más bien es una legitimación de intereses. Sólo así puede entenderse la preocupación de los empresarios que insistentemente pugnan en los medios masivos por reunir o salvar a las familias, es decir, a los consumidores potenciales de sus productos.

¿Defender valores o intereses tradicionales?

Leer la Biblia en busca de los “valores tradicionales de la familia” debería ser una discusión y una lucha conflictivas y agónicas con una serie de testimonios contradictorios de lo que la biblista afro-americana Renita Weems ha denominado acertadamente como “amor maltratado”. Pues muchas veces lo que encontramos es una caricatura del matrimonio debido a la puesta en acción del poder patriarcal autoritario para someter y reprimir indefinidamente la sexualidad femenina, entendida como una fuerza indomable más allá de cualquier forma de control:

No se puede hablar de la sexualidad de las mujeres en el Antiguo Testamento sin dedicar también atención a las costumbres matrimoniales de los hebreos: sexo y matrimonio se daban la mano. En realidad, el sexo en el antiguo Israel estaba, por ley, completamente confinado al matrimonio; cualquier desviación, de acuerdo con los códigos de la ley, podía acarrear fatales consecuencias para las mujeres y severos castigos para los hombres. La sexualidad de una mujer era propiedad exclusiva de su esposo o de cualquier otro hombre que fuera el cabeza de su casa.

Todo estaba subordinado, según explica Weems, a no empañar las líneas ancestrales y personales que distinguían a las casas patriarcales (“el buen nombre”), y a salvaguardar el estatus y honor de un marido dentro de la comunidad. Por ello, textos como el salmo 127 aparecen como verdaderos remansos reflexivos en medio de tanta violencia administrada para mantener el equilibrio social. Se intuía que la sexualidad se domesticaba al integrarla, primero, al marco del matrimonio, y después, al de la vida familiar. Este salmo, especie de himno a la unidad básica de producción, da por sentado que la estabilidad se basa en la aceptación de las reglas jerárquicas instituidas en la ley de Yahvé, puesto que ésa es la posición oficial establecida para cada integrante de la familia. A la institución matrimonial, con todo y que aceptaba que los hombres tuvieran varias esposas (poligamia), le sigue la casa como establecimiento firme de lo que socialmente debía ser una realidad en ese marco de sometimiento. Es decir, algo que no era mutuo, como después afirmará el Nuevo Testamento. La casa representa la estabilidad afectiva, pero también los aspectos económicos relacionados con la convivencia de la pareja y la familia. El v. 2 subraya la importancia del trabajo y la necesidad de realizarlo con base en una estrategia de sabiduría que debe considerar seriamente lo marcado en las leyes divinas.

El v. 3 es una loa a Dios por la presencia de los hijos, se diría que es la vertiente espiritual que después dará paso a la vertiente material, económica e incluso “militar”, pues el final del salmo habla de la defensa ante los enemigos. La relación Yahvé-descendencia es una alusión directa a las consecuencias del pacto con Dios en el esquema de las promesas al patriarca Abraham. Hoy tendríamos que traducir esta sección para referirnos a “hijos e hijas”, pues el salmo parece estar pensando sólo en los varones, con base en las necesidades de fuerza laboral y militar para el pueblo en general.

Entre la tradición y el cambio

Siempre ha habido familias dirigidas o gobernadas por mujeres, lo que no las ha hecho ni mejores ni peores y, más aún, nunca se ha discutido su legitimidad, pues sencillamente ha sucedido. Nadie se sorprende de no encontrar menciones masculinas al leer acerca de la familia de Timoteo, colaborador del apóstol Pablo (II Tim 1.5, Hch 16.1). Por ello, el difícil balance entre tradición y cambio, esto es, entre lo que debe permanecer y lo que puede cambiar, es uno de los problemas que enfrenta la eventual defensa de las instituciones matrimonial y familiar. Si aceptamos como válidas las observaciones del pastor y teólogo reformado francés Roger Mehl (1912-1997) sobre el origen y la función del matrimonio, podremos construir una plataforma de análisis y práctica que nos coloque más allá de una imagen de defensa a ultranza de estas instituciones. Escribe Mehl (un texto que aquí separamos en secciones para su mejor comprensión):

El problema de la vida sexual se resuelve con el acceso del amor a la fidelidad. Lo cual no quiere decir que se resuelva necesariamente con el matrimonio.

Porque existen muchos tipos de matrimonios: algunos son considerados por los interesados (o por uno de ellos) como una forma de disciplina y una obligación más o menos soportable; otros son mero consentimiento a las conveniencias sociales.

En ambos casos, el problema sexual subsiste íntegro; y también existen otros matrimonios, aunque menos frecuentes, en los que constantemente se rechaza la vida sexual y se persigue una laboriosa y estéril búsqueda de un amor falsamente calificado de espiritual.

La institución del matrimonio monogámico [un cónyuge permanente] no constituye en sí misma una solución al problema del amor. Ofrece tan sólo un marco social y jurídico más favorable que la poligamia para la realización de un amor personal y para la creación de un hogar acogedor para los hijos.

No temamos referirnos a la ambigüedad de la institución del matrimonio; en la que el control social pretende garantizar la intimidad, mientras que la disciplina quiere mantener a raya la potencia tumultuosa del eros [el amor apasionado].

Conclusión

Con una mirada así, no anclada necesariamente en uno de los extremos mencionados, será posible releer los textos bíblicos y asumir una postura acorde con los postulados de la Escritura y consecuente con los tiempos que se viven, dominados por una búsqueda de respeto, tolerancia y equilibrio. El matrimonio y la familia podrán ser vistos, entonces, como espacios de humanización en los que hombres y mujeres, al participar o no de ellos, podemos mirarnos en un espejo para crecer como personas en el marco de la fe y la esperanza. Porque, como agrega Mehl: “Si el matrimonio no educa al amor y no le permite convertirse en fidelidad, sólo es una institución social tan relativa como las demás”.

Sugerencias de lectura

  • Hans-Joachim Kraus, Los salmos. II. Salamanca, Sígueme, 1995.
  • Roger Mehl, Sociedad y amor. Problemas éticos de la vida familiar. Madrid, Fontanella, 1968 (Pensamiento, 21).
  • Renita Weems, Amor maltratado. Matrimonio, sexo y violencia en los profetas hebreos. Bilbao, Desclée de Brouwer, 1997 (En clave de mujer).