Apocalipsis 14.6-13

Leopoldo Cervantes-Ortiz

| July 1, 2019

¡Ha sonado la hora de poner a prueba la firmeza de los consagrados a Dios, de los que cumplen los mandamientos de Dios y son fieles a Jesús!

Apocalipsis 14.12, La Palabra (Hispanoamérica)

Trasfondo bíblico

La mirada apocalíptica sobre la presencia y actuación del pueblo de Dios en el mundo está dominada por un énfasis utópico y, al mismo tiempo, realista y exigente. La capacidad del visionario de Patmos para advertir el escenario final del juicio de Dios en la historia coloca a los testigos de Jesucristo en el centro de la consumación de los planes de salvación de los fieles y condena de los adversarios. El solemne y sobrecogedor anuncio de Ap 14.12 resuena como un grito profundo que anuncia y afirma, simultáneamente, la fuerza espiritual con que la iglesia de todos los tiempos debe hacer presente su compromiso con la obra redentora en el mundo. Ese testimonio atraviesa todas las esferas: la política, lo social y lo cultural, por igual, y abarca todas las épocas. De ahí que el eco de esas palabras llega hasta nosotros en todo tiempo como un fuerte llamado a asumir la responsabilidad de presentar un testimonio continuo de la fe en el Evangelio y de la obediencia a los mandatos del Señor, tal como se revelaron en la vida y obra de su Hijo en el mundo.

El pueblo de Dios en la historia

Ap 14 es una demostración de cómo, a la luz de la eternidad inmutable de Dios, la actuación histórica de su pueblo, al desarrollarse en medio de las contradicciones temporales, es iluminada por una visión escatológica, orientada hacia un futuro de esperanza, a causa de que la iglesia porta un mensaje de paz, amor y justicia, y no de condenación o de alarma extrema. Los últimos acontecimientos, leídos desde el prisma de la revelación definitiva de Dios, no solamente adquieren su justa dimensión para situarse ante ellos con convicciones firmes y una actitud de testimonio comprometido. Además, se relativizan en el marco de las dimensiones de los proyectos divinos que rebasan toda expectativa humana, aun cuando el presente siga siendo tremendamente exigente para el pueblo de Dios.

El inquietante trasfondo del Apocalipsis sigue muy presente en nuestro tiempo, puesto que los poderes terrenales, tal como lo fue el Imperio Romano en su momento —perseguidor y anti-cristiano— son una referencia inevitable al momento de plantear las características del testimonio cristiano. Luego de la visión de la guerra cósmica (cap. 12) y de la aparición de las bestias (cap. 13), el cap. 14 incluye el centro temático de todo el libro. Estamos delante del centro mismo de la historia de la salvación: “En este centro del centro aparece el Pueblo de Dios en la tierra, junto al Cordero [14.1]; es el pueblo que rechaza adorar al Imperio Romano y que sigue a Jesús adondequiera que vaya” (Pablo Richard). La visión presenta al pueblo de Dios reunido con el Cordero en el monte Sión después de presentar la trinidad perversa (cap. 13) y antes del juicio de los que adoran a la Bestia (14.6-20). Esta comunidad terrenal tiene su paralelo con la comunidad en el cielo de los vencedores de Satán (12.10-11) y de los vencedores de la Bestia (15.2-4).

Un pueblo que sigue a Jesús

Quienes siguen a Jesús por dondequiera que va son su cortejo: el seguimiento fiel que llevan a cabo (14.4) los convierte en una comunidad alternativa a la idolatría imperante y los pone, literalmente, en el ojo del huracán. Han resistido “con la esperanza de que Jesús se manifestará pronto para juzgar a los adoradores de la Bestia” (P. Richard). Son los rescatados (“comprados”) de entre la humanidad como primicias para Dios y el Cordero. El cántico nuevo entonado por estos militantes (14.3) nadie más lo puede entonar pues es fruto de “palabras sinceras” y se basa en una “conducta intachable” (14.5), es decir, en un testimonio irreprochable y fuera de toda duda. Tres ángeles anuncian la venida del juicio: uno exhorta a temer a Dios en toda la creación (v. 7b), el segundo, proclama la caída de Babilonia (la Roma imperial, 8) y el último, el que alza la voz con gran estrépito, plantea el gran dilema de todas las edades, la confrontación espiritual más profunda. Si se adora a la bestia y a su imagen, eso predispondrá a quien lo haga “a beber el vino de la ira de Dios” (9) y a recibir la recompensa por tan desafortunada decisión (10-11). “…Cuando se adora la imagen de la Bestia, que es la representación material de las fuerzas sobrenaturales del mal del Imperio, entonces los adoradores de la imagen pierden su subjetividad, su identidad, su espiritualidad. Su identidad (su marca) es la identidad de la Bestia” (P. Richard, énfasis agregado).

Tal es el trasfondo que precede al espectacular anuncio que está por hacerse, el cual refleja el enorme impacto que debe producir el testimonio cristiano en el mundo concreto, histórico y tantas veces contradictorio. Se trata de una exhortación, un anuncio y una afirmación: ha llegado el tiempo, el momento climático, el Kairós (el tiempo preciso), para “poner a prueba” la firmeza (hupomoné), la capacidad de resistencia, de quienes siguen a Dios, obedecen sus mandamientos “y son fieles a Jesús” (12). Es un gran paquete ideológico, religioso, espiritual y cultural. Se espera de los redimidos una gran creatividad y un sólido criterio para actuar en medio de las coyunturas. “Es cristiano quien sabe oponerse a las Bestias, recorriendo un camino alternativo de vida sin violencia, cumpliendo las obras de Dios […], siguiendo así a Jesús” (Xabier Pikaza I.). La resistencia incluye fe y obras, fortaleza en la prueba, firmeza de los “insumisos creadores” que forman a la comunidad: “…no son guerreros de lucha militar sino testigos (mártires) que regalan su vida por fidelidad al Evangelio de Dios (1.9; 12.17; 19.10)”.

Conclusión

He ahí el desafío para estos tiempos, pues es el mismo que debieron enfrentaron aquellos creyentes. Ante las complicaciones terrenales es preciso ofrecer respuestas y acciones meditadas, bien situadas, en tiempo y forma, en las coordenadas actuales y alimentadas por todos los recursos disponibles. Si la variable es política (que casi siempre lo es), es obligado aprender a “leer los signos de los tiempos” mediante un claro discernimiento bíblico, teológico y doctrinal. Ello debía desembocar en sanas determinaciones que hagan justicia a una juiciosa aplicación del Evangelio de Jesucristo. Un ejemplo de este esfuerzo es la sección final de la Institución de la Religión Cristiana acerca de la “potestad civil”, es decir, del gobierno, las leyes y el pueblo (IRC, IV, 20), un auténtico texto de cabecera para los cristianos de hoy.

El resultado debería ser una verdadera “espiritualidad política reformada” que tenga clara la manera de situarnos ante esas realidades para que la iglesia no deje la impresión de ser solamente un grupo de alborotadores ingenuos o fanáticos. Si la exigencia es cultural, de la misma manera, se requiere un análisis completo, bien informado acerca de los entretelones de cada problema y circunstancia. Es necesario acudir a las bases, a los documentos esenciales de cada tradición cristiana para tener recursos cada vez más específicos. Es evidente que lo elemental de la acción cristiana es la oración y el recogimiento espiritual, resultado de la preocupación por determinados sucesos. Pero eso debe ser seguido por una serie de acciones responsables que fortalezcan el testimonio de la iglesia en todo lugar, tal como lo subraya el Nuevo Testamento en diversos momentos. Porque, en efecto, “ha sonado la hora…”.

Sugerencias de lectura

  • Juan Calvino, Institución de la Religión Cristiana. Rijswijk, Fundación Editorial de Literatura Reformada, 1981, iglesiareformada.com/Calvino_Institucion_4_20.html.
  • Marta García-Alonso. Textos políticos. Madrid, Tecnos, 2016.
  • Xabier Pikaza Ibarrondo, Estella, Verbo Divino, 1999 (Guías de lectura del Nuevo Testamento, 17).
  • Pablo Richard, Apocalipsis: reconstrucción de la esperanza. San José, Departamento Ecuménico de Investigaciones, 1994.