I Corintios 12.12-31

Leopoldo Cervantes-Ortiz

| May 6, 2019

Dios mismo ha organizado el cuerpo dando más honor a lo que menos parece tenerlo, a fin de que no existan divisiones en el cuerpo, sino que todos los miembros por igual se preocupen unos de otros.

I Corintios 12.24b-25

Trasfondo bíblico

A las múltiples causas de división presentes en el mundo, dice el apóstol Pablo en I Corintios 12 que Dios responde creando, organizando, la presencia de un cuerpo social, como comunión del Espíritu, en el que las diferencias son procesadas de manera distinta que en el resto de la sociedad. Ese “cuerpo” nuevo, a contracorriente de las ideas tan negativas que prevalecían en el mundo griego sobre las realidades físicas es, además, una manifestación de la nueva voluntad del creador, sustentador y redentor por hacer nuevas todas las cosas. Entre ellas, claro, la convivencia humana más allá de los condicionamientos que los poderes preservan como parte del control que ejercen sobre la vida humana. La “vida en el Espíritu” tiene una dimensión colectiva, una vida de koinonía que se realiza en medio de la cotidianidad humana marcada por tiempos, conflictos e intereses diversos. El apóstol propone a la comunidad de Corinto que las prioridades del Espíritu sean sus prioridades también, especialmente en lo relativo a la presencia de los dones con que la ha equipado para vivir y realizar su misión en el mundo.

El cuerpo, símbolo de la iglesia

La alegoría del cuerpo le sirve magníficamente al apóstol para mostrar cómo, en los nuevos tiempos inaugurados por la venida del Mesías Jesús, la vida de la comunidad puede guiarse según criterios distintos a los del mundo. La unidad de la existencia del cuerpo se fundamenta, según explica, en la diversidad de sus miembros (méle), sus integrantes, los elementos que le otorgan la vida (v. 12). Cada uno debe encontrar y definir su función para beneficio de la totalidad, pues gracias al Espíritu se logran superar las barreras étnicas, sociales o culturales gracias al bautismo (v. 13): él funda esa nueva unidad y coloca a los miembros en la línea del “tiempo mesiánico”:

Si bien cada tiempo tiene su autoridad, sus lógicas y sus formas de construir las relaciones sociales, tenemos que notar algo que es bien evidente en 1 Corintios. En esta carta se observa que el escenario donde estos dos tiempos se encuentran y se enfrentan es en la comunidad. La comunidad de Corinto es un escenario en el cual el tiempo de este mundo y el tiempo mesiánico se ponen frente a frente. Los tiempos mesiánicos y los de este mundo no son abstractos. Son fidelidades a determinadas autoridades, obediencias y desobediencias, esperanzas y toma de decisiones. Todo esto se ve en la comunidad de Corinto (Pablo Manuel Ferrer).

Participar en la vida del cuerpo, en este nuevo tiempo, es situarse en los horizontes del Reino de Dios, cuya perspectiva social y comunitaria no admite más divisiones puesto que el Espíritu garantiza la unidad, pero ésta debe trabajarse continuamente para consolidarla en la diversidad (v. 14). El desarrollo de la alegoría sobre la actitud de cada miembro del cuerpo (vv. 15-17) desemboca en la afirmación de que Dios es quien los ha colocado como Él quiso (v. 18) para vivir en función de la unidad corporal total. Ninguno de ellos puede imponer su visión u orientación para destacar sobre los demás: “Pues ¿dónde estaría el cuerpo si todo él se redujese a un solo miembro? Precisamente por eso, aunque el cuerpo es uno, los miembros son muchos” (vv. 19-20).

La comunidad del Espíritu

Hoy podrían hacerse varias analogías acerca de lo que apunta el texto: no todo puede abarcarlo la teología, educación, alabanza, evangelización, convivencia, misión, por ejemplo, pues tiene que existir una diversidad de aplicación de los dones que, pluralmente, ha colocado el Espíritu en la comunidad. Además, la elección última, definitiva, para la composición y orientación del rumbo de la iglesia corresponde solamente al único señor de la iglesia (v. 18). Esta “anatomía y fisiología” espiritual tiene el propósito claro de redefinir el sentido de la comunidad mediante la comunión (koinonía) del Espíritu.

La imagen del cuerpo en 1 Cor 12 o las jerarquías de los dones en 1 Cor 14 son puestas en escena de un tiempo mesiánico. Un tiempo inserto en otro tiempo. Sin dudas que la imagen de cuerpo-comunidad que tenía el tiempo de este mundo no era igual a la de 1 Cor 12. Sin duda que las jerarquías de dones del tiempo de este mundo no eran iguales a la propuesta de 1 Cor 14.

El tiempo mesiánico abre un paréntesis dentro de la comunidad que permite e invita a construir una sociedad diferente. Este paréntesis busca recomponer las personas que fueron descartadas por el tiempo de este mundo y sus agentes, como nos dice 1 Cor 1.26-29: “Considerad, pues, hermanos, vuestra vocación y ved que no hay muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; sino que lo necio del mundo escogió Dios para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es, a fin de que nadie se jacte en su presencia” (Ídem).

Los marginados/as de este mundo encuentran, por fin, un lugar en la nueva sociedad que propone Dios. La forma de elección no depende de los valores dominantes, pues las formas de atracción para la formación de colectividades manejan criterios “estéticos” uniformadores que no deben tener la misma importancia en la conciencia de la comunidad cristiana. La comunidad tiene que recorrer un camino humano de renovación, de modificación de estos criterios para subordinarse a los dictados igualitarios del Espíritu, lo cual no resulta fácil, sobre todo por la manera en que se han interiorizado los otros valores. “El tiempo mesiánico es una nueva forma de escoger. Ya no según las escalas del tiempo de este mundo. Ahora la elección del tiempo mesiánico abre un paréntesis que permite llamar y convocar a los que fueron dejados de lado en el tiempo de este mundo. Y esto, ciertamente, cuestiona fuertemente el tiempo de este mundo junto con sus esquemas, jerarquías y estrategias” (Ídem, énfasis agregado).

Conclusión

Los vv. 22-25 retoman las afirmaciones citadas de 1.26-29, en un sentido reivindicador e igualitario, atribuyendo al propio Dios el esfuerzo compensador, social y espiritual: “Dios mismo ha organizado el cuerpo dando más honor a lo que menos parece tenerlo, a fin de que no existan divisiones en el cuerpo, sino que todos los miembros por igual se preocupen unos de otros” (vv. 24b-25). Con ello que se afirma nuevamente la superación efectiva de las inequidades que desafían siempre a la comunidad cristiana y contra las que se debe luchar de manera continua. Si el mundo está lleno de desigualdad, las comunidades cristianas deben ir en sentido contrario para experimentar las bondades de la obra de Dios. Se espera que exista un fuerte contraste entre las acciones que fomentan la desigualdad y las que desarrolla la iglesia a fin de mostrar los avances del Reino de Dios.

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