I Juan 3.13-24

Leopoldo Cervantes-Ortiz

| April 1, 2019

UN AMOR COMUNITARIO VISIBLE Y TRANSFORMADOR

Si alguien que posee bienes materiales ve que su hermano está pasando necesidad, y no tiene compasión de él, ¿cómo se puede decir que el amor de Dios habita en él?

I Juan 3.17, Nueva Versión Internacional

Trasfondo bíblico

“No se extrañen si el mundo los odia” (I Juan 3.13): con estas palabras abre la sección de la epístola que se ocupa de describir la necesidad de un amor comunitario tangible, visible y efectivamente transformador, que no se queda solamente en palabras. Y es que buena parte del proyecto de la tradición ligada al apóstol Juan está centrada en demostrar que el amor de la comunidad es incompatible con los valores del mundo. En el interior de la comunidad cristiana es donde se debe experimentar el amor de Dios todo el tiempo gracias a la acción constante de su Espíritu a diferencia de lo que acontece en el mundo, hostil hacia ese proyecto.

El que ama ha pasado de muerte a vida

De ahí la riqueza con que la primera carta de Juan define el amor al prójimo. Para ella, significa una enorme variedad de realidades, todas ligadas entre sí en una cadena de un invaluable sentido espiritual: estar unido a Dios (1.6), estar unido a los hermanos (1.7), obtener el perdón de Dios (1.7; 3.18-20); conocer a Dios (2.3; 4.8); vivir en la luz (2.10); no pertenecer al mundo (2.15); practicar la justicia (3.10); pasar de la muerte a la vida (3.14); desprendernos de nuestra vida (3.16); amar a Dios (3.17); ser hijo de Dios (4.7; 5.1). liberarse del temor (4.18); cumplir los mandamientos (5.2) (Raúl Lugo).

Al replantear la oposición entre muerte y vida como parte de las relaciones con el prójimo, sugerida por el propio Jesús, en diversas ocasiones, esta epístola afirma que el amor comunitario al que llama e integra el Señor es una forma de vida capaz de superar la muerte social a la que muchos están condenados (I Jn 3.14-15). “Pasar de muerte a vida”, en el lenguaje juanino, es una experiencia de salvación que hace posible vivir el amor tal como Dios la desea. No amar significa seguir aún en circunstancias de muerte. Amar cotidianamente al prójimo que es hermano/a en Jesucristo posibilita la expresión comunitaria visible de la obra de Dios en el mundo a partir de las duras palabras del Señor (en el Sermón del Monte) sobre la forma en que es posible acabar con la vida del prójimo. Asimismo, la forma en que Jesús se entregó por su pueblo es un modelo de amor para toda comunidad cristiana (3.16). Acceder a ese conocimiento es una de las grandes ventajas de la fe salvadora en el Señor.

Las expresiones materiales del amor comunitario

El cambio de lenguaje y de nivel que se presenta en el v. 17 busca hacer efectiva la práctica del amor cristiano en la comunidad: el amor tiene que ser eficaz o no es amor. La exigencia de la “materialidad cristiana solidaria” en un mundo dominado por la egolatría, el lucro y el interés económico aparece como una auténtica necesidad histórica siempre presente. “Un amor a Dios que no se verifica en el amor concreto al prójimo, no es verdadero amor a Dios” (R. Lugo). El amor solidario hacia el prójimo es una prueba de fuego para el apego hacia las cosas materiales: de ahí brota el empuje para movilizar la acción efectiva del amor que se concreta en realidades transformadoras. La posesión de los bienes materiales no es el problema en sí, sino el excesivo amor hacia ellos (amor idolátrico y desvirtuado, por definición) que impida desprenderse de objetos y recursos en beneficio de alguien necesitado.

El desafío ético y espiritual de la fe cristiana en la comunidad es amar auténticamente, “con hechos y de verdad”, más allá de toda apariencia y fingimiento (v. 18). “No amar de palabra ni de labios para afuera” es un mandato ético y espiritual ante el cual la comunidad cristiana no tiene alternativa. O se lleva a cabo en el laboratorio continuo de humanidad o dejará de apreciarse suficientemente como el tipo de amor que la Iglesia propone al mundo, en el sentido transformador que se requiere para hacer visible la presencia de la salvación en el mundo.

El amor comunitario visible y transformador es la mayor aportación de la vida de fe al mundo por ser un testimonio profético y crítico acerca de cómo debería ser la sociedad. Si ésta se niega a poner en marcha los mandatos divinos, el testimonio de la comunidad deberá ser una prueba continua de la eficacia del amor de Dios en el mundo. Este amor comunitario tampoco debe desconocer las contradicciones del mundo en sus diversas manifestaciones, pues tal como comenta Josep Miró i Ardèvol:

En la política tal y como se practica, el concepto de amor es desconocido, pero para que pueda realizarse es necesario un fin compartido, el bien común, y el medio básico para alcanzarlo, se requiere de un medio, la concordia, la amistad civil aristotélica, pero tales cosas ni están ni se las espera. […] El amor puede tener un substituto menor, el deber, el deber-por–amor, pero en nuestra sociedad desvinculada sólo existe la preferencia subjetiva y la realización del deseo, y esto es simplemente catastrófico, porque sin ambos no existen vínculos.

Conclusión

Finalmente, el amor cristiano acerca a las comunidades a la verdad desde la ortopraxis (buena práctica) (3.19) y no solamente desde la ortodoxia (buena doctrina). Ambas deben complementarse porque el gran mandamiento del amor mutuo (v. 23) sigue plenamente vigente. La obediencia en el amor comunitario es el camino hacia la verdad plena de Dios: “El que obedece sus mandamientos permanece en Dios, y Dios en él. ¿Cómo sabemos que él permanece en nosotros? Por el Espíritu que nos dio” (v. 24). De modo que el amor comunitario, práctico y efectivo, es la única garantía para la iglesia de hacer visible la intervención de Dios en el mundo para establecer su Reino de paz, armonía y justicia. Las comunidades ligadas a la memoria del apóstol Juan lucharon, dentro y fuera de las mismas, por hacer presente la realidad del amor en un mundo lleno de odio y violencia. Las cartas que llevan el nombre del apóstol son un testimonio del esfuerzo por conseguirlo y, también, un estímulo para las comunidades cristianas de todos los tiempos.

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