I Juan 3.8

Leopoldo Cervantes-Ortiz

| November 19, 2019

Para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo.

I Juan 3.8, RVR 1960

Trasfondo bíblico

Siguiendo la línea de pensamiento paulino sobre los alcances y límites de los principados y potestades en este mundo, bien vale la pena insistir en dos cosas. Por un lado, en que el Espíritu Santo capacita a los creyentes para “discernir” los espíritus (I Co 12.10), esto es, “la distinción entre la operación de los espíritus que son de Dios y para él, y los espíritus que son del malo y para él. Por el otro, que esto envuelve especialmente el discernimiento de los poderes que tienen los corazones y las acciones de los hombres bajo su imperio en tiempos y lugares específicos” (Hendrikus Berkhof). Ciertamente, según el apóstol Pablo, no todos poseen este don, o al menos no en el mismo grado, pero lo importante es que el Espíritu no deja a su iglesia sin el carisma de poder discernir, distinguir o desenmascarar la presencia de estas influencias indeseables en la vida humana. Esta capacidad espiritual, porque así es presentada, representa la posibilidad de observar críticamente el peso de las ideologías, comportamientos o iniciativas que, desviadas de los propósitos divinos, siempre dirigidos a dignificar la vida humana, más bien contribuyan a enajenarla de su función edificante en el mundo o en la historia.

Los límites de los principados y potestades

Asimismo, se establece muy bien la delimitación de los alcances o el impacto que estos poderes pueden tener sobre la existencia histórica de los/as creyentes, pues los principados son evidenciados. Los corazones se llenan de júbilo porque ya no podrán apartar a los seguidores de Jesús del amor de éste, y justo allí es donde no se debe olvidar que todos los seres humanos siguen en el mundo y están sujetos a sus contingencias y pueden ser presa de labor demoniaca. Ésta puede ser visible o invisible, para causar algún daño, pero la perspectiva espiritual adecuada los ayuda a superar este conflicto sin tener que referirse a él de tal manera que los distraiga para su labor positiva al servicio del Reino de Dios. H. Berkhof lo resume muy bien:

Cuando los principados son desenmascarados, pierden su dominio sobre las almas de los hombres […] …por el poder del Espíritu Santo la fuerza de las potestades es limitada también en la vida del creyente individual. De alguna manera él escapa a las tentaciones y amenazas. De alguna forma su libertad cristiana irrumpe por entre su esclavitud. En tiempos críticos esta liberación puede manifestarse tan poderosamente hasta llegar a ser externamente tangible […]

De este discernimiento se levanta una forma esencialmente diferente de tratar con la cruel realidad. El Santo Espíritu “achica” los poderes al ojo de la fe. Ellos podrán haberse inflado a sí mismos como si fuesen sistemas de valores totalitarios y omnipotentes, pero el creyente los mira en su verdadera proporción, como nada más que un segmento de la creación, existiendo a causa del Creador y limitados por otras criaturas (énfasis agregado).

De modo que esta mirada de fe, guiada por un sólido discernimiento, es capaz de transformar la percepción de un poder excesivo de los principados y potestades para producir acciones positivas. Mediante tales acciones, libres de ataduras y creencias supersticiosas, los creyentes participan en la extensión del Reino de Dios encarnada en procesos humanizadores, comprometidos con la dignidad, la justicia, la paz y la armonía, entre otros valores. Esto es parte de la genuina contribución cristiana en medio de los conflictos.

Alcances de la acción de Jesús contra ellos

El viejo y malvado Enemigo

está decidido a ganarnos;

trama sus siniestros planes

con cruel astucia y gran poder.

Nada en la tierra es como él…

Pero aunque la tierra entera se llenara de demonios

deseosos de tragarnos,

no sentiríamos miedo,

porque de todos modos estaríamos a salvo.

Martín Lutero, “Nuestro Señor es una poderosa fortaleza”

Todas sus biografías describen la permanente atención que Martín Lutero le prestó a la lucha casi corporal que sostuvo, según él, contra el demonio. Su teología muestra muy bien los alcances de ese combate espiritual, ubicado en una época en la que la presencia de lo satánico era cosa de todos los días. Juan Calvino, quien no dejó de referirse a los ángeles o demonios por la mentalidad de su época, aunque no tanto como Lutero, y sin dejar de reconocer que la Biblia habla de ellos, insistió en que no era conveniente construir una detallada “diabología”. En la Institución de la Religión Cristiana (I, xiv, 3-12, se ocupa de los ángeles, y en 13-19, de los demonios.) Veía a Satán como un servidor de Dios y dirigido por una consistente teología de la soberanía divina, afirmó: “Para ejecutar sus juicios a través Satán, el ministro de su ira, Dios decide los propósitos de los hombres como le place, despierta su voluntad y fortalece sus empresas”. J. Burton Russell ha resumido muy bien la visión calviniana:

…nuestra limitada inteligencia percibe que Él hace tanto el bien como el mal, pero Dios siempre trabaja para obtener el bien definitivo. Dios no sólo permite el mal; lo desea activamente, como cuando entregó el faraón al maligno para que confirmara su obstinación. En cada acto humano, hay tres fuerzas que operan en forma simultánea: la voluntad humana, que tiende hacia el pecado; la voluntad del Diablo, hacia el mal, y la voluntad de Dios, hacia el bien definitivo.

Por ello, al leer en I Juan 3.8 que el Hijo de Dios vino al mundo “para destruir todo lo que hace el diablo” (TLA), se debe advertir cómo desde el Nuevo Testamento se percibió que la vida, muerte y resurrección de Jesús significaron el inicio de la derrota de los planes satánicos para la historia humana. Pero la continuidad de esa obra se da en función de la permanencia en sus caminos. Esta es la razón por la que “el apóstol de los gentiles” termina su carta a los Romanos afirmando: “Y el Dios de Paz aplastará en breve a Satanás bajo vuestros pies” (16.20a).

Conclusión

La oposición del maligno a los planes de Dios está condenada al fracaso. Por ello, el velo protector con que el Señor envuelve a su pueblo es una garantía de su cuidado y protección. La capacidad espiritual que cada creyente pueda desarrollar con la dirección de Dios en Cristo es resultado de la acción del Espíritu en su vida. Por ello, los creyentes únicos como iglesia pueden estar seguros de que la fuerza con que el Señor Jesucristo ha derrotado de antemano a su enemigo permite a su iglesia avanzar con seguridad por los caminos que Dios quiere. La visión que tenga el pueblo de Dios acerca del poder espiritual con que ha sido dotada le permitirá superar las peores pruebas y tentaciones. Con esa confianza es que la iglesia debe caminar continuamente tras los pasos de su Señor.

Sugerencias de lectura

  • Hendrikus Berkhof, Cristo y los poderes. Grand Rapids, TELL, 1985.
  • Jeffrey Burton Russell, El príncipe de las tinieblas. El poder del mal y del bien en la historia. Santiago de Chile, Andrés Bello, 1994.