I Pedro 1.14-25

Leopoldo Cervantes-Ortiz

| May 17, 2021

Dios les ha cambiado su modo de vivir. Es como si ustedes hubieran vuelto a nacer, no de padres humanos, que finalmente mueren, sino gracias al mensaje de Dios. Y es que ese mensaje da vida y nada puede destruirlo. […] Y esa Palabra es la buena noticia que el Señor Jesucristo les ha enseñado.

I Pedro 1.23, 25b, Traducción en Lenguaje Actual

Trasfondo bíblico

En el inicio mismo de su primera epístola, el apóstol Pedro habla acerca de la grandeza y la importancia del mensaje transformador del Evangelio. Manifiesta, con ello, la forma en que pudo profundizar en las enseñanzas de su maestro, el Señor Jesucristo, y de cómo consiguió comprender, para contribuir a la expansión del nuevo pueblo de Dios, los alcances de un mensaje tan renovador de la vida humana. Paso a paso, su reflexión marca la pauta de la acción de Dios en Cristo para modificar el rumbo de la vida de las personas: “La seguridad del bien prometido hace que el cristiano viva el tiempo de la espera como tiempo ya de salvación y, por tanto, tiempo de alegría, de ‘sentirse uno ya como en la gloria’. Y esto no sólo a pesar de los sufrimientos presentes, sino justamente a causa de ellos” (Biblia de Nuestro Pueblo).

Vidas transformadas efectivamente

Si antes, los creyentes hacían lo malo ante los ojos de Dios, ahora la Buena Noticia transformó sus vidas radicalmente (1.14). Apartados de su orientación hacia el mal por la elección de Dios, muestran una rotunda diferencia en el mundo por causa de ese “Dios diferente” (1.15-16), santo, que produce santidad (1.17). La honra que le dan a Dios los seguidores/as de Jesús (1.17b) revela el impacto de la salvación en sus vidas. El modo de vida anterior está siendo superado paulatinamente a fin de instalar las bondades de la redención obrada por Jesucristo mediante un precio que sobrepasa cualquier tesoro material, pues se obtuvo gracias a su valiosa sangre (1.18b-19). Por ello: “Hay que tomarse la vida cristiana en serio, como seria fue la prueba del amor que nos trajo la salvación”. El sacrificio voluntario del Cordero divino (1.19b) estaba predeterminado desde la eternidad, desde los insondables designios de Dios, aunque su aparición presente en “los últimos tiempos” es lo que da la esperanza total (20b). Los extraordinarios logros de esa obra salvadora, comenzando por la resurrección de Jesús y su lugar de preeminencia en el Reino divino (21a) son la prueba de la magnificencia del mensaje traído por Él, quien es la garantía de las bendiciones venideras (21b).

Quienes han obedecido el verdadero mensaje de Dios han sido limpios ya de todo pecado y han obtenido la capacidad de reencontrarse con los demás seres humanos como hermanos (22a). así, el apóstol retoma la exhortación directa del Señor acerca del amor, con palabras similares a las referidas al amor que se debe a Dios mismo (22b). A continuación, se encuentra el núcleo fundamental de la enseñanza cristiana: “Dios les ha cambiado su modo de vivir” (23a). La transformación ha sido radical y ha ido hasta lo más profundo de la existencia, con todos sus conflictos y contradicciones: “Es como si ustedes hubieran vuelto a nacer, no de padres humanos, que finalmente mueren, sino gracias al mensaje de Dios” (23b).

Novedad total de vida

La novedad de vida es total, absoluta y efectiva, es un nuevo inicio existencial, un giro completo a lo experimentado anteriormente. La vida misma es vista de otra manera: “Y es que ese mensaje da vida y nada puede destruirlo” (23c). La eficacia regeneradora de la Palabra divina es completa, pues ella “purifica las conciencias abriéndolas a la verdad” y “da nueva vida al que la escucha y obedece, construyendo así la comunidad”. A lo efímero de la vida humana (24) se le opone la eternidad de la Palabra, su permanente capacidad de transformación: “Y esa Palabra es la buena noticia que el Señor Jesucristo les ha enseñado”.

La iglesia de hoy y siempre, cada uno de sus integrantes, puede y debe sumarse a la tarea sublime de la proclamación de este Evangelio transformador a fin de que la obra de Dios sea visible. Su experiencia de fe debe ser compartida en todo tiempo y circunstancia a fin de hacer presentes las bondades de la salvación ganada mediante la obra redentora de Jesucristo. La carta apostólica adquiere, así, un tono de exhortación para agregarse permanentemente a la actividad misionera encomendada por el propio Señor y Salvador.

Conclusión: La palabra de Dios nos crea de nuevo

Esta nueva exhortación [1.22] se centra en la eficacia permanente de la palabra de Dios. Mientras que todos los valores de este mundo están abocados a una rápida destrucción, la palabra de Dios sigue en pie y engendra hijos para toda la eternidad. El amor fraterno es el sello de la nueva vida recibida por la fe.

La utilización del Sal 34.9 como final de esta exposición resultaba más significativa todavía para los lectores de aquella época, dado que el adjetivo para indicar lo “bueno” (griego, chrestós) que se saborea se pronunciaba entonces como christós. Este salmo lo recogerá muy pronto la liturgia como salmo de comunión (Edouard Cothenet).

La nueva creación divina, como realidad absoluta para la humanidad y la creación, es mediada también por la obra recreadora y regeneradora de la palabra divina. Su efectividad, su eficacia y la garantía de que, gracias a la fe en Jesucristo es posible acceder a ella, es el centro de este mensaje que debía ir más allá de todas las fronteras para ganar más y más personas para el Reino de Dios.

Sugerencias de lectura

  • Norbert Brox, La primera carta de Pedro. Salamanca, Ediciones Sígueme, 1994 (Biblioteca de estudios bíblicos, 73).
  • Edouard Cothenet, Las cartas de Pedro. Estella, Verbo Divino, 1984 (Cuadernos bíblicos, 47).
  • John H. Elliott, La primera carta de Pedro. Edición bilingüe y comentario. Salamanca, Ediciones Sígueme, 2013 (Biblioteca de estudios bíblicos, 141).