I Pedro 2.4-10

Leopoldo Cervantes-Ortiz

| May 10, 2021

Dios mismo los sacó de la oscuridad del pecado, y los hizo entrar en su luz maravillosa. Por eso, anuncien las maravillas que Dios ha hecho.

I Pedro 2.9b, Traducción en Lenguaje Actual

Trasfondo bíblico

En la primera de sus dos cartas, el apóstol Pedro explora con gran profundidad el surgimiento de un nuevo pueblo de Dios, “pueblo de sacerdotes”, hombres y mujeres, “sacerdotes especiales” (2.5, como se lee en la TLA) enviados por Dios a proclamar las obras maravillosas de Dios para salvación. Todos los creyentes, afirma en 2.4, son “piedras vivas” e integrantes del gran edificio (“templo espiritual”) que se ha empezado a construir sobre la base de la persona de Jesucristo, la piedra más valiosa, la “piedra del ángulo”. Cuántas etapas tuvo que atravesar Pedro, primero como discípulo, luego como apóstol y, finalmente, como candidato a mártir que fue, lamentablemente, para llegar a esas magníficas conclusiones acerca de la naturaleza y misión de la iglesia. Pues el retrato que propone de ella es, por un lado, el de su conformación por personas con una gran dignidad (sin separación entre laicos y clero en la línea del sacerdocio universal) y por el otro, el de una comunidad con una misión concreta e interminable.

Jesucristo, “piedra viva”

“El discípulo llama a Jesucristo ‘piedra viva’ rechazada por los constructores, pero escogida y apreciada por Dios (4), en alusión a su pasión, muerte y resurrección. Sobre esta piedra viva se construye el ‘nuevo templo’ que acoge la verdadera y definitiva presencia de Dios” (Biblia de Nuestro Pueblo). Estas “piedras vivas” son los integrantes de la comunidad con quienes se construye dicho templo “espiritual”, no para indicar una realidad que pertenece a otro mundo, sino para afirmar que, al contrario del templo “material” de Jerusalén (o cualquier otro templo), este nuevo edificio lo forman las personas mismas, aquellas que están reunidas por el bautismo en una comunidad de fe. Éste es el nuevo pueblo de Dios, “la Iglesia que debe caminar con los pies bien plantados en la sociedad en que vive”.

¿Qué significa que todos y cada uno de los cristianos/as formemos un “sacerdocio santo” (5a)? Se explica dos veces en este apartado: primero, significa ofrecer continuamente “sacrificios espirituales, aceptables a Dios por medio de Jesucristo” (5b). En eso consistió el sacerdocio de Cristo, y en eso debe consistir el sacerdocio de cada cristiano/a. En segundo lugar, significa “anunciar las maravillas del que los sacó de la oscuridad del pecado, y los hizo entrar en su luz maravillosa” (9). La primera maravilla fue el testimonio de vida; la segunda, el anuncio, la proclamación de la palabra viva de la Buena Noticia portadora de la luz de la liberación. Estas inmensas realidades de salvación deben producir permanentemente asombro, gratitud, sorpresa, en el seno de la comunidad creyente para así compartirla tal como se merece. Con solemnidad, pero con enorme alegría y esperanza, con todo y que, como señala el v. 8, la confrontación con la persona de Jesucristo, siguiendo con la figura de la piedra, puede ser hasta “escandalosa”, esto es, que “muchos tropezarán en esa roca” si no atienden positivamente el mensaje liberador del Evangelio.

Todo creyente es misionero/a

Según esta gran afirmación apostólica, “todo cristiano es o debe ser misionero de la Palabra de Dios”, pues la predicación y proclamación del Evangelio no está reservada para unos cuantos expertos, como los obispos y presbíteros. Todo cristiano/a tiene el derecho y la obligación de anunciar a Jesús, el Salvador, con sus palabras y con el testimonio de su vida. Anunciar las bondades y las grandezas de Dios debe ser una tarea grata y esperanzadora para quienes la realizan a fin de que quienes escuchan se contagien, invadan y compartan la fe que se proclama: “Al igual que Israel en el Antiguo Testamento, el privilegio de ser el pueblo de Dios conlleva una misión y responsabilidad enormes. Los creyentes como pueblo escogido deben proclamar las obras maravillosas de Dios que ellos ya han experimentado” (Carlos Raúl Sosa Siliézar).

El proceso de la salvación mediada por Jesucristo se aplica en los fieles de manera directa: “Dios hace renacer a los creyentes, les da nueva vida. Esta es una de las características de Dios. Él es por naturaleza el que regenera al creyente por pura misericordia. Pero la aplicación de la regeneración a los creyentes se da por medio de la resurrección de Cristo de entre los muertos” (Ídem). Esta experiencia de fe es una realidad grandiosa que debe compartirse con todos los seres humanos a fin de lograr que resplandezca el esfuerzo divino por redimir a la humanidad.

Conclusión

La tarea misionera de todos/as los creyentes se basa en la forma en que Dios ha obrado para garantizar la salvación. Compartir ese mensaje es parte de la consumación de la tarea redentora y cuenta con un trasfondo antiguo muy importante, pues de allí proviene el anuncio de sacerdocio proclamador de las grandezas divinas:

La cita de Éx 19.5 va acompañada en el v. 9 de otra cita de Is 43.20s. La elección no es sino la intervención de Dios con un grupo para convertirlo en testigo de su plan de salvación. Ya el judaísmo alejandrino había percibido claramente esta obligación. Con mucha más razón, los cristianos tienen que ejercer su “sacerdocio real” proclamando las hazañas de Dios que, por medio de la pascua de su siervo, nos ha hecho pasar de las tinieblas a su luz admirable (compárese con Col 1.12s) (Edouard Cothenet).

La continuidad de este nuevo sacerdocio en esa labor es parte del cumplimiento pleno de los anuncios divinos sobre la manera en que todo el mundo debía enterarse de las acciones salvadoras del Señor de la Historia.

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