II Corintios 11.16-30

Leopoldo Cervantes-Ortiz

| January 20, 2020

“GLORIARSE EN LA DEBILIDAD” POR AMOR AL SEÑOR

Aunque si hay que presumir, presumiré de mis debilidades.

II Corintios 11.30, La Palabra (Hispanoamérica)

Trasfondo bíblico

La segunda carta a los Corintios da testimonio de la experiencia apostólica, pastoral y misionera de San Pablo de una manera muy intensa. “Pablo fue a sembrar modestamente el evangelio. Y quiso apasionadamente a aquella comunidad turbulenta y frágil, a menudo decepcionante. Sus dos cartas —la segunda, sobre todo— hacen vislumbrar sus relaciones tumultuosas, enérgicas y cariñosas a la vez, con aquella joven iglesia, ávida de carismas espectaculares” (Maurice Carrez).[1] El estilo mismo complica su lectura lineal: “Es posible explicar cada una de las transiciones difíciles mediante cambios de tono debidos al carácter apasionado de Pablo, mediante simples pausas en su dictado o por la relación que pueden guardar con sus viajes” (Ídem).

El apostolado de Pablo en II Corintios

Las dificultades y certezas del ministerio apostólico son expuestas en II Cor 4.7-5.21, pues forman parte de su experiencia de fe y de trabajo entre ellos. Su expectativa hacia la comunidad es muy amplia y es ahí en donde surge la experiencia de la debilidad como auténtica marca de su apostolado, a diferencia de sus adversarios, fieles seguidores y practicantes de una “teología de la gloria”:

Pablo espera una obediencia apostólica: tiene que arrastrarlos a una obediencia a Cristo, cuyo abajamiento les recuerda a todos lo que hizo por ellos. Pero Pablo no confunde estas dos obediencias: prefiere reservarse el término de debilidad y guardar para Cristo el de humildad. En efecto, lejos de ser un obstáculo desfavorable, la debilidad apostólica se convierte en un elemento esencial de la predicación y del comportamiento legítimo del apóstol. Cuanto más débil es Pablo, más se transparenta el evangelio y más fuertes se hacen los corintios que lo reciben. La debilidad apostólica no es ni distancia lejana ni tolerancia culpable: le permite a la autoridad de Cristo mostrarse siempre que es necesario (M. Carrez).

En el cap. 4 el apóstol describe con peculiar densidad lo que representó para él “llevar las marcas de Jesús en el cuerpo” (Gál 6.17) mediante una serie de afirmaciones que lo colocan como un portador del mensaje evangélico (el “tesoro” recibido) que asumió la debilidad del Señor de manera radical.

Pero este tesoro lo guardamos en vasijas de barro para que conste que su extraordinario valor procede de Dios y no de nosotros. Nos acosan por todas partes, pero no hasta el punto de abatirnos; estamos en apuros, pero sin llegar a ser presa de la desesperación; nos persiguen, pero no quedamos abandonados; nos derriban, pero no consiguen rematarnos. Por todas partes vamos reproduciendo en el cuerpo la muerte dolorosa de Jesús, para que también en nuestro cuerpo resplandezca la vida de Jesús (vv. 7-10).

A partir del cap. 6 expone las vicisitudes de la complicada tarea apostólica (“ministerio de reconciliación”, 5.18b) donde nuevamente hace un recuento de los problemas vividos: “Es mucho lo que hemos debido soportar: sufrimientos, dificultades, estrecheces, golpes, prisiones, tumultos, trabajos agotadores, noches sin dormir y días sin comer” (vv. 4b-5), pero siempre con una reacción edificante ante ellos. En el cap. 10 retoma la controversia sobre su ministerio y establece, si dudar, la autoridad moral y espiritual que ello le otorga. “Soy, ciertamente, humano; pero no lucho por motivos humanos ni las armas con que peleo son humanas, sino divinas, con poder para destruir cualquier fortaleza. Soy capaz de poner en evidencia toda suerte de falacia o de altanería que se alce contra el conocimiento de Dios” (vv- 3-5) y concluye diciendo que quien quiera jactarse o presumir, que lo haga “en el Señor” (v. 17). “…los corintios, como buenos griegos, espectadores de discursos y oyentes de acciones, no ven en esta demostración más que timidez y debilidad de carácter (10.11). Le reprochan que se muestre humilde cuando está delante y atrevido cuando está lejos (10.1)” (M: Carrez).

La debilidad como fortaleza en Cristo

Así llega al cap. 11, donde denuncia la forma en que los llamados “súper apóstoles” (11.5b) han podido fascinar a la comunidad con la elocuencia de que él carecía, aunque no le faltaba conocimiento (vv. 5-6), para luego entrar en detalles sobre el financiamiento de su estancia en Corinto (vv. 8-9). Y subrayar la evidencia del comportamiento de esos “apóstoles falsos, obreros fraudulentos disfrazados de apóstoles de Cristo” (v.13). Su insensatez, su atrevimiento, agrega, será motivo de orgullo y él corre el riesgo de experimentarlo (vv. 17-18), dado que a los corintios les gustaban esas personas arrogantes (vv. 19-20). Él quizá debió tratarlos con menos miramientos (v. 21). Es entonces cuando repasa las “credenciales” de ellos y se compara a sí mismo: “¿Que son hebreos? También yo. ¿Que pertenecen a la nación israelita? También yo. ¿Que son descendientes de Abrahán? También yo. ¿Que están al servicio de Cristo? Pues aunque sea una insensatez decirlo, más lo estoy yo. Los aventajo en fatigas, en encarcelamientos, en las muchas palizas recibidas, en tantas veces como he estado al borde de la muerte” (vv. 22-23).

A partir de ahí, sus palabras adquieren un tono testimonial tan sobrecargado que no deja lugar a dudas sobre su autenticidad al volver a referir los sufrimientos por causa del Señor:

a] “Cinco veces me dieron los judíos los treinta y nueve azotes de rigor” (v. 24, 26 en la espalda y 13 en el pecho; castigo basado en Dt 25.2-3: sanción contra alguien que hubiera comido con un pagano o por alimentos prohibidos);

b] “tres veces me azotaron con varas” (la flagelación romana);

c] “una vez me apedrearon” (en Listra, Hch 14.19);

d] “naufragué tres veces” (Hch 27.14-44);

e]“y pasé un día entero flotando a la deriva en alta mar” (v.25).

f] “Continuos viajes con peligros de toda clase” (v. 26);

g] Fatigas y agobios, innumerables noches sin dormir, hambre y sed, ayunos constantes, frío y desnudez” (v. 27).

Pero la más importante de todas es la última, la preocupación eminentemente pastoral: “mi preocupación diaria por todas las iglesias” (v. 28). Porque también padecía corporalmente por ellos. ¿Acaso se reflejaban en su cuerpo los pecados de la comunidad?: “Pues ¿quién desfallece sin que yo desfallezca? ¿Quién es inducido a pecar sin que yo lo sienta como una quemadura?” (v. 29). De esas debilidades podía jactarse, presumir ante ellos y ante el mundo: “Aunque si hay que presumir, presumiré de mis debilidades” (v. 30). Y, finalmente, se atreve a poner a Dios mismo como testigo de todo eso (v. 31).

Conclusión

¡Vaya lección de asimilación de la debilidad de Cristo! Al destacar este rasgo fundamental, Pablo resalta más el poder de Cristo. Ya después se ocupará de “presumir” también su “carismatismo” y sus visiones (12.1-6). Pero todo estará subordinado a la manera irónica en que insiste en gloriarse de las cosas que Dios en Cristo le dio para ponerlas al servicio de la comunidad. El poder de la debilidad del Señor fue la base de todo su esfuerzo para edificar el cuerpo de Cristo. Su conclusión es contundente: “Con gusto, pues, presumiré de mis flaquezas, para sentir dentro de mí la fuerza de Cristo. Por eso me satisface soportar por Cristo flaquezas, ultrajes, dificultades, persecuciones y angustias, ya que, cuando me siento débil, es cuando más fuerte soy” (12.9b-10). “Para Pablo, la debilidad es humana y la fuerza divina. Por tanto, no hay que comprender: ‘mi milagro se realiza en la enfermedad’, como pudiera pensarse; sino: ‘mi fuerza se realiza en la debilidad’. Esto quiere decir que la fuerza de Cristo descansa en él” (M. Carrez).

Sugerencias de lectura

  • Maurice Carrez, La segunda carta a los corintios. Estella, Verbo Divino, 1986 (Cuadernos bíblicos, 51).
  • John J. O’Rourke, “Segunda carta a los Corintios”, en R. Brown et al., Comentario bíblico San Jerónimo. Tomo IV. Madrid, Ediciones Cristiandad, 1972, pp. 63-100.
  • Leif E, Vaage, “2 Corintios: Desde el laberinto de la esperanza”, en Revista de Interpretación Bíblica Latinoamericana, núm. 62, 2009/1, pp. 64-74, centrobiblicoquito.org/images/ribla/62.pdf.

[1] Maurice Carrez, La segunda carta a los corintios. Estella, Verbo Divino, 1986 (Cuadernos bíblicos, 51), p. 3.