II Timoteo 1.6-13

Leopoldo Cervantes-Ortiz

| May 4, 2020

Por su causa soporto todas estás penalidades. Pero no me avergüenzo; sé en quién he puesto mi confianza y estoy seguro de que tiene poder para proteger hasta el día del juicio la enseñanza que me ha confiado.

II Timoteo 1.12, La Palabra (Hispanoamérica)

 Trasfondo bíblico

Al volver a recurrir a las llamadas cartas pastorales (I-II Timoteo, Tito), salta a la vista la manera en que la II Timoteo insiste en el tema de la entrega fiel a Jesucristo. El lenguaje sobre la entrega al Señor remite inevitablemente a la mística, puesto que la decisión espiritual y existencial de responder a la previa entrega de su parte con un acto similar conduce a una experiencia de comunión que rebasa las fórmulas establecidas. Casi podría decirse que la lectura mística es la lectura “obligada” de II Tim 1.6-13, dado que allí se advierte hasta dónde puede llegar el compromiso con la fe entendido como “entrega fiel” a la causa de Jesucristo.

El texto comienza con un imperativo: “haz memoria”. Una expresión similar (reforzada) se repetirá en 2.14. Estos imperativos de “hacer memoria, recordar” no tienen por objeto que “Timoteo” recuerde él estas cosas, sino que constituyen el núcleo fuerte de contenidos de la enseñanza y proclamación en la que se debe esforzar. Este evangelio (la alusión a 1.10-11 es clara) tiene un contenido: es la referencia a Jesús, el Cristo. La tradición a la que ha de ser fiel “Timoteo” no es una tradición por sí, ni siquiera la tradición paulina, sino el mensaje que lo vincula con la resurrección de Cristo (Néstor Míguez).

El don que Dios entrega

Las primeras palabras insisten en la gratuidad del don recibido inesperadamente por parte de Dios y en la necesidad de tenerlo siempre presente: “Por eso, te recuerdo el deber de reavivar el don que Dios te otorgó cuando impuse mis manos sobre ti” (v. 6). La presencia del apóstol como mediador humano de esa gracia divina otorgada tampoco puede quedar de lado y expresa la calidad del discipulado practicado por ambos, como “padre” o guía espiritual y como seguidor constante que pudo llegar hasta lo que hoy conocemos como “ordenación”. ¿Cuándo Pablo consideró que Timoteo podía ser ordenado? No lo sabemos, sólo se aprecia que éste debía valorar permanentemente lo recibido.

La capacidad entregada por Dios a este creyente lo capacita para superar con “fortaleza, amor y dominio de nosotros mismos” (v. 7) los riesgos que seguramente debía enfrentar al cumplir las obligaciones de su “ministerio”. Por ello, Timoteo no debía avergonzarse “de dar la cara por nuestro Señor y por mí, su prisionero”, dado que, “al contrario, sostenido por la fuerza de Dios” debía sufrir juntamente con él “por la propagación del mensaje evangélico” (v. 8). El grado del compromiso adquirido debía alcanzar alturas no estoicas o de disposición al sufrimiento, sino más bien de genuina comprensión de los alcances de la tarea que debía emprenderse en medio de los avatares y la oposición del mundo.

La referencia a Dios mismo, “quien nos ha salvado” y quien demanda “una vida consagrada a él” denuncia la inutilidad de las obras humanas y sitúa el llamado de Dios en las esferas eternas e inconmensurables: “antes de que el tiempo existiera” (v. 9). Ésa es la raíz de la mística: la posibilidad de asociarse, comprometerse o incluso “casarse” con el Dios eterno e inaccesible que se hace presente y profundamente cercano. Este Dios ha venido en Cristo en busca de una fidelidad a toda prueba que supere las resistencias del mundo y demuestre que el amor divino en efecto supera cualquier cálculo o egoísmo barato anclado en la superficie de las relaciones. Ante Él, en este sentido, no puede haber banalidad sino una persistente seriedad en el trato, como en el matrimonio bien asumido.

Estar siempre en la ruta divina

Esa vía de acercamiento y compromiso con Dios ha sido bien señalada por autores tan diversos como el hindú Rabindranath Tagore (1861-1941) y el nicaragüense Ernesto Cardenal (1925-2020). El primero, en unas palabras ejemplares:

Deja ya esa salmodia, ese canturreo, ese pasar y repasar rosarios. ¿A quién adoras, di, en ese oscuro rincón solitario del templo cerrado? ¡Abre tus ojos, y ve tu Dios no está ante ti!

Dios está donde el labrador cava la tierra dura, donde el picapedrero pica la piedra; está con ellos, en el sol y en la lluvia, lleno de polvo el vestido. ¡Quítate ese manto sagrado y baja con tu Dios al terruño polvoriento!

¿Libertad? ¿Dónde quieres encontrar libertad? ¿No se ha atado él mismo, lleno de alegría a la Creación? ¡Sí, él está atado a nosotros todos para siempre!

¡Sal ya de tu éxtasis, déjate ya de flores y de incienso! ¿Qué importa que tus ropas se manchen o se andrajen?

¡Ve a su encuentro, ponte a su lado, y trabaja, y que sude tu frente! (Gitánjali, 11)

Y Cardenal, por su parte:

La juventud es la edad de entregarse a Dios, porque es la edad de las ilusiones y del amor —del amor del hombre a la mujer, y de la primavera y del Cantar de los Cantares—, y la entrega a Dios es una entrega de amor. Y mientras más sueños tengas tú y más ilusiones (“una sed de ilusiones infinita”) y más amor a lo que dejas, es mayor el don que das y es mayor lo que recibes y el amor mutuo es mayor. Si uno estuviera desengañado de la vida, ¿qué vida va a dar? Dios pide la juventud y el ardor y la pasión y los sueños. Pide lo que te pide el matrimonio, porque su amor es matrimonio.

Porque ese regalo de Dios ha de compartirse en una entrega intensa y duradera también a los demás, como lo hacen las madres y los buenos maestros. Ese don forma parte de un mensaje capaz de destruir la muerte y hacer brillar “la luz de la vida y de la inmortalidad” (v. 10). Al ser “pregonero, apóstol y maestro” de ese mensaje (v. 11) el maestro de fe subraya que es la razón por la que soporta “todas estas penalidades” sin avergonzarse tampoco debido a la confianza absoluta que tiene en el Señor (a quien no menciona por su nombre en el v. 12: “sé en quién…”). Y Él, con toda certeza, culminará finalmente la obra fiel de enseñanza emprendida gracias a su poder. Su trabajo, así, superaría las barreras espaciales y temporales y adquiriría una resonancia que llega hasta nuestros días.

Conclusión

La entrega fiel no depende de una absoluta creencia doctrinal, aunque sea sumamente relevante porque es eminente cristocéntrica (v. 13: “Toma como norma la auténtica enseñanza que me oíste acerca de la fe y el amor que tienen su fundamento en Cristo Jesús”). La fidelidad es resultado, finalmente, de la obra “del Espíritu Santo que habita en nosotros” (v. 14), la única garantía de que esa “hermosa enseñanza” confiada produzca sus frutos de fidelidad y entrega irrestrictas. La entrega fiel de cada creyente a la relación de comunión mediada por Jesucristo es el resultado de la acción espiritual del propio Dios. Él trabaja en el interior de cada persona para seguir forjando esa entrega sincera y permanente y así asegurarse de que la unión con el Señor será duradera.

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