Isaías 50.4-9

Leopoldo Cervantes-Ortiz

| December 14, 2020

¿Quién de entre ustedes respeta al Señor?
¿Quién hace caso a la voz de su siervo?
El que ande entre tinieblas
sin un rayo de luz,
que confíe en el nombre del Señor,
que se apoye en su Dios.

Isaías 50.10, La Palabra (Latinoamérica)

Trasfondo bíblico

En los llamados “cánticos del Siervo” de la segunda parte de Isaías (caps. 40-55), se expone un contenido y una modalidad de salvación distinta y superior a la que encontramos en el “Libro de la consolación” (Is 40-45) que, por otra parte, representa una de las cumbres del profetismo bíblico. En estos cánticos “se delinea una figura de hombre capaz de hacerse útil a los demás permaneciendo fiel al proyecto que Yavé tiene sobre él” (J. Rodríguez Carballo, J. Andión y F.M. Enríquez Pérez). El desarrollo de esta figura muestra la manera en que el profeta lo concibió y lo proyectó en medio de la situación histórica:

El primer canto (Is 42.1-4) presenta una nueva figura de profeta, objeto de la complacencia divina. El Señor le da su espíritu; lo forma (jasar), como formó al primer hombre, y lo hace instrumento, con una nueva modalidad, de una nueva salvación (mishpat) en favor de los pueblos. Él, atento a los débiles y fuerte con los poderosos, está decidido a cumplir hasta el final la misión que ha recibido: “no desistirá, no desmayará”. El segundo canto (Is 49.1-9a), semejante a un relato de vocación, expresa la conciencia que el siervo tiene de haber sido llamado para ser portavoz de una palabra salvífica a los de cerca y a los de lejos. El cansancio, motivado por la escasa respuesta de aquellos a quienes es destinada la salvación, es superado con la plena confianza en Dios y la rectitud en el obrar. Los sufrimientos, inseparables de quienes quieren comunicar la novedad de Dios, aparecen en el tercer canto (Is 50.4-9), donde el siervo se mantiene fiel, a pesar de que Dios parece abandonarlo. (Ídem.)

El Siervo del Señor, portador de la luz

En el tercer cántico (Is 50.4-9) lo que está en juego es la manera en que el siervo afronta su tarea en medio de las dificultades, así como la receptividad de la comunidad de fe hacia las intenciones divinas de ampliar la plataforma del pacto para incluir a quienes no estaban considerados desde un principio por causa del trato exclusivo que Dios tenía con Israel. La superación de éste representó un enorme avance en la comprensión de la figura divina y de sus intenciones hacia la humanidad. “Frente a todos los ataques, él sabe que el Señor le defenderá siempre y que sus adversarios serán aplastados algún día. El clima es muy parecido al de las ‘confesiones de Jeremías’ (por ejemplo, Jer 20.7-13)” (Claude Wiéner).

La gran lección de todo esto es la fidelidad al proyecto revelado por Yahvé, en este caso, la apertura de la gracia a todas las naciones, sin distinciones raciales, religiosas ni culturales, en un momento en que, gracias a la diáspora judía, ya era posible interactuar con seres humanos de diversas latitudes y cosmovisiones. El proyecto de “la luz de Dios para toda la humanidad” reclamó al siervo histórico una fidelidad y una constancia que llegan hasta nosotros filtradas por la interpretación de que fue Jesús quien encarnó totalmente ese papel, esa disposición para el servicio absoluto que tanto escasea porque el perfil requerido para esta tarea es sumamente complejo. “Los cuatro cánticos parecen referirse a un mismo personaje, descrito gradualmente, ya desde el capítulo 42, como siervo, hombre de dolores, inocente, justo y fiel que, ante la injusta persecución de la que es objeto, no cede lo más mínimo en la misión recibida de anunciar una nueva salvación en contenidos y modalidades”. (Ídem.)

Jesús encarnó la figura del Siervo

La proyección de la figura de este siervo en la persona de Jesús llevada a cabo por los evangelios fue algo natural, pues él lo encarnó de manera plena en todos los aspectos mencionados. Su compromiso incondicional con el plan divino y la disposición de discípulo, anunciados por el profeta, describen una actitud completa al servicio del anuncio de la venida de la luz de Dios para todas las naciones, justamente el mensaje que ahora celebramos como la Navidad, el nacimiento del Hijo de Dios en el mundo, la luz que viene de lo alto. Así resume José Luis Caravias este mensaje:

A la luz de su esperanza en Dios el pueblo descubre lo que está errado, toma conciencia de su deber como “Servidor de Dios” y empieza a transforma la realidad de acuerdo con el proyecto divino. Los opresores, porque no quieren perder sus privilegios, persiguen al “Servidor de Dios”. Pero él ya está acostumbrado a sufrir y no da marcha atrás. Siente viva en sí la fuerza de Dios.

En la medida en que el “Servidor” sigue adelante en su actitud, aumenta su sufrimiento (50.6). Pero él pone la cara dura como la piedra (50.7), y no huye. Sabe que, en ese mundo injusto de egoísmo, la justicia y el amor sólo pueden existir bajo el signo del dolor. El sufrimiento es parte del camino hacia una auténtica fraternidad. Por eso va tranquilo, seguro de lo que le espera. Su valor nace de la certeza de estar practicando la justicia y de tener como garante al propio Dios (50.8). Al final, será Dios el que triunfará: el sistema de opresión caerá en pedazos.

Conclusión

El Siervo de Yahvé, la figura entrañablemente profética que se retrata en sus cánticos, representa el servicio que el pueblo de Dios necesitaba para recuperar la luminosidad divina en su vida. Los caminos sombríos que vivía por causa de la dispersión estaban a punto de ser alumbrados por la luz que procedía del mensaje de esperanza. El proyecto divino de alumbrar a toda la humanidad se estaba desarrollando ya a partir de la construcción de esa imagen de esperanza. De la misma manera, al anunciar la venida del Mesías al mundo, la palabra divina abría las puertas a la recuperación del ánimo y la certidumbre de que Dios seguía actuando en la historia de las comunidades de fe. Resulta muy desafiante que desde las entrañas de un pueblo sumido en la tristeza por el exilio en que vivía surgiera esta gran afirmación de fe en el designio divino no solamente encaminado a llevarlo de regreso a su tierra sino también para anunciar al mundo el deseo de Yahvé de relacionarse cercanamente con él. La gran metáfora de la luz funciona otra vez para liberar las conciencias oprimidas y hacer ver la historia humana como un amplio espacio de gracia y de manifestación de las acciones salvadoras del Dios de Israel, el creador y sustentador de todas las cosas. La universalidad del amor de Dios debía y debe ser experimentada por todos los pueblos de la tierra.

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