Juan 17

Leopoldo Cervantes-Ortiz

| May 25, 2020

Mientras estaba con ellos en el mundo, yo mismo cuidaba con tu poder a los que me confiaste. Los guardé de tal manera, que ninguno de ellos se ha perdido, fuera del que tenía que perderse en cumplimiento de la Escritura.

Juan 17.12, La Palabra (Hispanoamérica)

Trasfondo bíblico

En lo que es uno de los ejemplos mayúsculos de la manera en que Jesús de Nazaret practicó el arte de la oración, Juan 17, aparece un testimonio sólido e irrefutable de la base en que se fundamenta la perseverancia de los creyentes. Se trata de la fidelidad divina a su proyecto de salvación y el esfuerzo del propio Señor para salvaguardar permanentemente a quienes se han integrado a ese proyecto en el horizonte del Reino de Dios. Juan 17, como conclusión del llamado “Libro de la comunidad” (cap. 13-17) muestra a Jesús dirigiéndose solemnemente al cielo para clamar por su propia glorificación y porque él mismo glorifique a Dios. El conocimiento de la vida eterna que ha transmitido en el mundo es ya una realidad plenamente reconocible y es el camino de salvación (vv. 1-3). El esfuerzo hecho por él, la obra en sí de la manifestación del amor del Dios encarnado, ha tenido fruto (v. 4) y ahora Jesús espera y solicita la honra de esa gloria que compartió con Dios “antes de que el mundo existiera” (v. 5).

Los discípulos/as, propiedad del Señor

Jesús ha dado a conocer al Padre a la nueva comunidad, “a quienes me confiaste sacándolos del mundo” (v. 6a). Ya eran propiedad de Dios (v. 6b, ¿predestinación?) y ahora “han obedecido tu mensaje” y “comprendido que todo lo que me confiaste es tuyo” (v. 7b). Al haber entregado la enseñanza recibida los integrantes de la comunidad tienen “absoluta certeza” de que Jesús ha venido de Dios y de que Él lo ha enviado (v. 8). La caracterización de los seguidores de Jesús es admirable: “El Padre ha entregado a Jesús el grupo de los que responden a la llamada de la vida, en el presente y en el futuro (6.37-40; 17.6-8, 20). Son aquellos para quienes la vida es luz (1.4) y que se dejan iluminar por ella (1.9); los que escuchan y aprenden del Padre (6.45) y ansían alcanzar la plenitud contenida en el proyecto divino (1.1c). Jesús ha de cumplir su anhelo dándoles la victoria definitiva” (J. Mateos y J. Barreto).

La oración adquiere, a partir del v. 9, un tono entrañable, luego del énfasis “informativo” que resume todo lo hecho por el Señor hasta ese momento. Las palabras medidas, frase por frase, manifiestan la preocupación y la inmensa responsabilidad de Jesús, asumida por la comunidad del discípulo amado para atender el cuidado espiritual de cada integrante y su presencia en el mundo. Al llegar la manifestación plena de la gloria del Señor, él ha cumplido su misión y está a punto de transferirla a los discípulos: “Yo te ruego por ellos. No te ruego por los del mundo, sino por los que tú me confiaste, ya que son tuyos” (v. 9).

Al asumir esa postura de discípulo de Cristo, la persona, inserta en el mundo, no vive más según los criterios de ese mundo sino según el espíritu de ese nuevo mundo surgido de un nuevo proyecto, cuya gloria ya se reveló en Jesús de Nazareth. Es exclusivamente por esos discípulos que Jesús ora (Jn. 17.9), pues sabe muy bien cuánto deberán de enfrentar y sufrir para permanecer firmes y producir los frutos esperados por el Padre (Francisco Rubeaux).

Los discípulos, portadores de la gloria del Señor

Ellos y ellas, los discípulos fieles, serán ya portadores de la gloria de Jesús en el mundo: “Todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío, y en ellos resplandece mi gloria” (v. 10). Y al estar en el mundo requerirán de la protección irrestricta del Padre para vivir en unidad, como ellos en la economía divina, al interior de la Trinidad (v. 11). El discipulado anterior a la Pascua del Señor fue intenso y seguro por la conducción personal del Señor: “Mientras estaba con ellos en el mundo, yo mismo cuidaba con tu poder a los que me confiaste” (v. 12a). Al estar físicamente con ellos, su cuidado fue directo, personal, nadie se perdería, excepto el que tenía que perderse según las Escrituras (v. 12b). Mientras él regresa a la compañía del Padre (como parte de una “cristología alta”, es decir, una doctrina muy elaborada, manejada todo el tiempo), la presencia de Jesús al afirmar todo esto tiene como fin que ellos compartan su alegría (v. 13).

La perseverancia de los discípulos se probaría en medio de la historia, las crisis y los conflictos. Jesús garantizó que estaría a su lado en la figura del Espíritu y aunque enfrentasen el odio del mundo (v. 14) perseverarían porque no pertenecían al mundo, como tampoco él perteneció al mundo (v. 16). No deberán salir del mundo (15a) sino que ahí es donde mostrarán que la perseverancia no es obra de sí mismos, y al consagrarse a Dios por medio de la verdad (v. 17) el envío de que son objeto (18) los hará vencer y estar unidos para mostrar la efectividad y autenticidad del mensaje y obra de su Señor. Quienes vendrán detrás (20) también reciben la promesa de la perseverancia garantizada por la presencia del verbo, nuevamente, al lado del Padre.

Conclusión

La unidad entre el Padre y el Hijo garantiza la unidad de la Iglesia (21) y si ellos/as logran vivir unidos históricamente en el mundo, mediante un gran esfuerzo comunitario, el mundo podrá creer en el Evangelio (21). Unidad, misión y perseverancia forman un gran conjunto de fe para los ojos del mundo. “Puede decirse que, si el Prólogo formula la realización del proyecto divino en Jesús, por la comunicación de la gloria-amor leal, en esta oración expone Jesús la fundación de la comunidad por la comunicación de la misma gloria. El proyecto divino, realizado en Jesús, ha de ser realizado en los suyos” (J. Mateos y J. Barreto). La visión tan amplia del Cuarto Evangelio procede de una comprensión profunda de la divinidad de Jesús, y por ello también de su presencia en medio de la iglesia.

Ante crisis humanitarias como la que vivimos ahora, hace falta más que nunca subrayar la presencia y la actuación del Señor Jesucristo como mediador y acompañante continuo de la vida humana, llena en ocasiones de sinsabores y sufrimiento. Él conseguirá que el amor de Dios se siga manifestando en medio de la humanidad para protegerla y sanarla de sus dolencias. Creemos firmemente en el poder del Espíritu divino para curar la existencia humana dolida y aquejada por la cercanía de la enfermedad y a Él nos apegamos para proclamar la victoria de la vida en medio de los signos de muerte.

Sugerencias de lectura

  • José Cárdenas Pallares, Para seguir el vuelo del águila. Pistas para leer a san Juan. México, Ediciones Dabar, 1993.
  • Juan Mateos y Juan Barreto, El evangelio de Juan. Análisis lingüístico y comentario exegético. Madrid, Cristiandad, 1971.
  • Francisco Rubeaux, “El Libro de la Comunidad (Juan 13-17)”, en RIBLA, núm. 17, 2001, pp. 57-70, centrobiblicoquito.org/images/ribla/17.pdf.