Juan 19.17-30

Leopoldo Cervantes-Ortiz

| March 29, 2021

Y estaba allí una vasija llena de vinagre; entonces ellos empaparon en vinagre una esponja, y poniéndola en un hisopo, se la acercaron a la boca. Cuando Jesús hubo tomado el vinagre, dijo: Consumado es. Y habiendo inclinado la cabeza, entregó el espíritu.

Juan 19.29-30, RVR1960

“Rey de los judíos” (Jn 19.17-22)

“Pilato les preguntó: ¿De veras quieren que mate a su rey?” (19.15b). Coronado con espinas por voluntad de un espurio imperio invasor, Jesús probó el sabor de la muerte desde la detención arbitraria, la tortura insensible y el juicio amañado: nada parecía favorecerle al momento de enfrentar cara a cara la fuerza del poder de turno. El Cuarto Evangelio presenta el drama de la salvación en una sucesión de cuadros que aumentan su intensidad hasta llegar al paroxismo. El Nazareno había conseguido unificar en su contra al pueblo manipulable que exigía su muerte inmediata, sin medias tintas, sin puntos intermedios, sin discusiones inútiles. La parodia de juicio o “consulta ciudadana” llevada a cabo por Pilato puso en el centro del escenario hasta dónde podía llegar la injusticia humana para decidir sobre la vida de una persona inocente.

La farsa tan teatralizada que encabezó Pilato contiene todos los elementos para justificar la masacre de un hombre ciertamente peligroso para el sistema, tanto así que el representante imperial consideró necesario cargarle la mano en el título que lo hacía competidor político del César. “Yo a esto vine, a reinar, y a dar testimonio de la verdad”, dijo Jesús en un momento crucial del diálogo (18.37). La disputa por el poder era real desde el simbolismo religioso, mesiánico y material. En la figura de Pilato, la ideología imperial enfrentó, desde la incomprensión casi total, la visión judía del gobierno divino mediado por lo humano. El tendencioso letrero colocado por orden suya en la cruz era una advertencia y una afirmación ambigua.

Pero la inconformidad de los judíos por ese anuncio tuvo su razón de ser: su entreguismo y su colaboracionismo con el invasor no era solamente una traición a su patria sino también una muestra de idolatría e incredulidad en el gobierno de Dios. El dilema era mucho mayor, pues la teología política de Daniel, que tanto inspiró a Jesús, cuestionaba proféticamente el uso del poder de los imperios, cuya caída era prevista inevitablemente. Al etiquetarlo como “rey de los judíos”, el imperio se deshizo de él y lo condenó irremediablemente a la muerte, pues la “oposición espiritual” a ese poder temporal era auténtica dada la firme postura de la cristiandad juanina. “La comunidad que se expresó a través del Cuarto Evangelio no intentó hacer una defensa de la fe para convencer a los poderosos de que ellos eran inofensivos o que podrían ser útiles a los gobernantes como buenos y honrados servidores” (A. de Vega Reyes).

“Hicieron un sorteo para quedarse con mis ropas” (Jn 19.23-24)

En el colmo del abuso y de la ignominia de que fue víctima, Jesús fue despojado de todas las cosas para afirmar el enorme grado de renuncia de que fue capaz: cero propiedades, es decir, la negación absoluta del egoísmo. El salmo 22 (v. 18: “Dividieron entre ellos mis ropas y echaron a suertes mi túnica”, Jn 19.24b) citado en los cuatro evangelios, reaparece y sus palabras van a pautar lo acontecido con la única propiedad material que le quedaba: su túnica. Los soldados romanos se sentían autorizados para poseer todos los bienes del crucificado, quienquiera que fuese, pues éste había perdido todos los derechos y no merecía ninguna consideración. La triunfalista actuación del imperio llegaba a ras de suelo con sus representantes operativos, quienes, en medio de la tragedia, querían conservar el recuerdo de lo acontecido como una especie de trofeo grotesco.

El despojo de los bienes de un condenado, más la satanización inmediata y automática de su memoria, aderezado todo con la impunidad que proporciona el anonimato autorizado por los poderes, produjo una mezcla cada vez más aumentada de indignación y coraje. La impotencia de la gente cercana a Jesús, el pánico que poseyó a sus seguidores por la cercanía del sufrimiento y la represión brutal, hicieron que esta farsa creciera en intensidad dramática. Dueños por derecho de las ropas de la víctima, los soldados aplicaron la tradición sin contemplaciones. El Cuarto Evangelio es el único que se refiere a la falta de costuras de la túnica del Señor (23b) y es posible que “insinúe el carácter sacerdotal de Cristo en la crucifixión, puesto que estaba prohibido desgarrar la túnica del sumo sacerdote (Lv 21.10)” (B. Vawter).

Al pie de la cruz, las mujeres (Jn 19.25-27)

Ahora que en tiempos recientes se ha reivindicado “oficialmente” a María Magdalena, bien vale la pena voltear la mirada para encontrarla, junto a la madre de Jesús y la madre de Cleofas, en la plenitud del seguimiento comprometido. Como comenta Xabier Pikaza: “La iglesia oficial ha podido tener miedo ante María Magdalena y ha preferido destacar el papel de María, la madre de Jesús. Pero las dos mujeres van juntas, las dos son esenciales en la primera iglesia. Magdalena no pudo ser obispo o papa en la iglesia que triunfó desde el siglo II-III, pero podría haberlo sido en una iglesia no jerárquica ni patriarcalista del futuro” (énfasis agregado).

Al igual que Marcos (15.40), este evangelio da fe de la fidelidad de las mujeres, es decir, de la existencia de un estilo femenino de seguimiento de su persona, de su proyecto, al contrario de las imposiciones patriarcales para cambiar el rostro de dicha respuesta a su mensaje. Asimismo, en Juan se repite lo dicho por los evangelios sinópticos sobre la incredulidad de los hermanos de Jesús (7.3-5), por lo que la encomienda para un discípulo de su propia madre manifestaría que los demás hermanos y familiares habían roto los vínculos con ella y con Jesús mismo. Pero el texto es enfático sobre esa presencia atribulada y comprometida: presas de la impotencia absoluta, únicamente contemplaron aterradas lo sucedido a los pies del instrumento de tortura.

“Todo está consumado”: Jesús experimenta la muerte verdadera (Jn 19.28-30)

¿Por qué insistir en que fue una “muerte verdadera, auténtica”? Precisamente porque ha habido quienes la han negado bajo el argumento de que el Hijo de Dios no podía pasar por el purgatorio del fin de la existencia física y material. Pero el texto sagrado, siendo realista y directo, no deja de interpretar lo sucedido a cada paso. Jesús supo y entendió que ya todo había llegado a su plena consumación y, haciendo acopio de las últimas fuerzas con que contaba, habló para cumplir las profecías sobre él. Primero para expresar la sed que sintió (19.28), y luego, después de apurar el cáliz más amargo que podía imaginar (29-30a), dijo la afirmación final, plena de significado por el cumplimiento de su labor antes y durante la experiencia terrible de la cruz. Jesús había dicho tajantemente sobre su vida: “Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar” (10.18), expresión que forma parte de la más alta doctrina cristológica.

Jesús experimentó la consumación total de su trabajo redentor, lo afirmó puntualmente desde la cruz y entregó el espíritu como señal de aceptación completa de su destino como salvador. En este horizonte de salvación, ningún intermediario humano, ninguna otra condición o contingencia podía contravenir lo que estaba aconteciendo entre Dios y Jesús para cumplir en su totalidad el esfuerzo redentor realizado en la cruz. Esta fe cristológica total fue capaz de transfigurar los acontecimientos visibles en un asunto entre Dios y Jesús con los seres humanos como testigos, destinatarios y beneficiarios del acuerdo entre ellos para rescatar la vida de la humanidad y del cosmos.

Conclusión

La glorificación de Jesús lo ha elevado hasta la cruz y ella ya es el trono contradictorio desde el cual el amor de Dios invadirá todas las esferas de la existencia humana para confrontarla con el designio divino de bendición y aceptación. Por todo ello, podemos unirnos sin dudarlo a la oración de Karl Rahner (1904-1984) quien lo expresó teológicamente con enorme profundidad:

Está cumplido. Sí, Señor, es el fin. El fin de tu vida, de tu honor, de las esperanzas humanas, de tu lucha y de tus fatigas. Todo ha pasado y es el fin. Todo se vacía y tu vida va desapareciendo. Desaparición e impotencia…. Pero el final es el cumplimiento, porque acabar con fidelidad y con amor es la apoteosis. Tu declinar es tu victoria.

¡Oh Señor!, ¿cuándo entenderé esta ley de tu vida y de la mía? La ley que hace de la muerte, vida; de la negación de sí mismo, conquista; de la pobreza, riqueza; del dolor, gracia; del final, plenitud.

Sí, llevaste todo a plenitud. Se había cumplido la misión que el Padre te encomendara. El cáliz que no debía pasar había sido apurado. La muerte, aquella espantosa muerte, había sido sufrida. La salvación del mundo está aquí. La muerte ha sido vencida. El pecado, arrasado. El dominio de los poderes de las tinieblas es impotente. La puerta de la vida se ha abierto de par en par. La libertad de los hijos de Dios ha sido conquistada. ¡Ahora puede soplar el viento impetuoso de la gracia! El mundo en la oscuridad comienza, lentamente, a arrebolarse con el alba de tu amor.

Sugerencias de lectura

  • Jacques Guillet, Jesucristo en el evangelio de Juan. 2ª ed. Estella, Verbo Divino, 1982 (Cuadernos bíblicos, 31), mercaba.org/ORARHOY/FOLLETOS%20EVD/031_jesucristo_en_el_evangelio_de_juan_-_jacques_guillet.pdf.
  • Karl Rahner, “Sexta palabra”, en Oraciones de vida. Recopiladas por Albert Raffelt. Introd. de Karl Lehmann. Madrid, Publicaciones Claretianas, 1986, pp. 73-74.
  • Bruce Vawter, “Evangelio según san Juan”, en R.A. Brown et al.,, Comentario bíblico san Jerónimo. IV. Madrid, Cristiandad, 1972.
  • Godofredo Alejandro de Vega Reyes, Jesús y la buena nueva. Trasfondos políticos y sociales en el Nuevo Testamento. La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 2010.