Judas 1.17-21

Leopoldo Cervantes-Ortiz

| March 2, 2020

EL AMOR DEL SEÑOR ES NUESTRA FORTALEZA EN TIEMPOS ADVERSOS

Ustedes, en cambio, queridos, edifiquen su existencia sobre la santísima fe, oren movidos por el Espíritu Santo, consérvense en el amor de Dios y esperen de la misericordia de nuestro Señor Jesucristo la vida eterna.

Judas 1.20-21, La Biblia de Nuestro Pueblo. Biblia del Peregrino

Trasfondo bíblico

Afirmar la fuente de la fortaleza para la fe cristiana es, en medio de tiempos adversos, una obligación y un desafío. La fe es cristiana es una experiencia que se vive por los senderos trazados por el amor de Dios, muchas veces sinuosos e incomprensibles. En esas condiciones, al interior de las comunidades cristianas es preciso desplegar todo un conjunto de estrategias encaminadas a fortalecer la fe y a consolidar la visión espiritual de cada creyente. La fuerza cohesionadora del amor de Dios es capaz de unir personas y comunidades para afrontar las mayores pruebas y exigencias para mostrar la novedad de la existencia guiada por Él. Cada vez que se manifiesta lo que Dios establece en medio de su pueblo, la fortaleza del amor alcanza los niveles óptimos para integrar comunidades y unificarlas en los propósitos del Reino de Dios.

Los tiempos adversos inevitables

Todo ello a fin de sustentar el testimonio cristiano sobre sanas bases bíblicas y doctrinales que permitan compartir la certeza y la confianza de que el Señor Dios sigue cumpliendo sus planes en la historia, aunque muchas veces no los comprendamos bien. No se trata de recordar insistentemente, como hacen muchos, en hacernos a la idea de que “Dios sigue teniendo el control de las cosas” o de que “por algo sucede todo”, y otras frases hechas que poco abonan al análisis y a la solidez de la fe. Más bien suenan como parte de un discurso psicologizante y voluntarista a veces bastante alejado de la doctrina cristiana y reformada.

El Nuevo Testamento da fe ampliamente de la enorme cantidad de obstáculos que debieron vencer las comunidades cristianas iniciales, así como de su reacción propositiva ante ellos. Desde los evangelios hasta el Apocalipsis se pueden encontrar testimonios de esta actitud y de la creatividad espiritual con que desarrollaron las respuestas que el momento les exigió. Como se aprecia en varias epístolas, los tiempos adversos que se enfrentaban eran vistos como una parte de una auténtica lucha ideológica y espiritual. La carta de Judas, por ejemplo, comienza con los adjetivos “queridos” o “amados”, lo que indica la importancia de la práctica del amor en la carta y en la teología de la misma. “Desde la clave del amor el autor invita a desarrollar los motivos de la carta: luchar por la fe y resistir contra quienes desde dentro amenazan la armonía de las comunidades. La lucha es tarea no sólo de los dirigentes, sino de todos los cristianos, considerados santos en virtud de una fe recibida. Los adversarios se caracterizan por ser falsos, manipuladores, impíos y apóstatas” (La Biblia de Nuestro Pueblo).

El amor de Dios sostiene la fe

Cuántas veces, al quejarnos sobre “los tiempos malos que corren” articulamos reflexiones más llevadas por creencias tradicionales, que consideramos necesarias, aunque no disciernan la realidad tal como se manifiesta. Hoy podríamos hablar de estas adversidades mediante diferentes términos: enfriamiento espiritual, indiferencia, superficialidad, ateísmo, inmoralidad, egoísmo, blasfemias, actos anti-naturales, etcétera. Pero lo cierto es que, siguiendo la línea de Judas, se reclama contrastar en los hechos y acciones la supuesta superioridad de la fe cristiana ante estos y otros embates. “El autor refuerza sus acusaciones con cuatro metáforas sapienciales tomadas de la naturaleza (12s) que indican el contraste entre la posibilidad de ser buenos y la opción de los adversarios por no serlo, por una vida estéril, desvergonzada y sin claridad”.

Después del brillante repaso profético y doctrinal de los vv. 1-16, en los que queda claro que el mundo sigue exigiendo respuestas firmes a las comunidades sobre su fe, Judas 1.20-21 ofrece claves que, sin lugar a dudas, deberían presidir cualquier intento por afrontar los tiempos difíciles. Primero, recordar lo anunciado por los apóstoles (v. 17), pero en donde la acción de ejercitar la memoria significa hacer presente el impacto de esa enseñanza para la vida diaria. En segundo lugar, asumir un compromiso moral, en perspectiva escatológica (v. 18), ante las insidiosas prácticas de las personas señaladas: al no ser espirituales, sus valores son muy diferentes (18b-19). Finalmente, los vv. 20-21 trazan una ruta de acción completamente ligada a la acción de Dios en el mundo y en su iglesia: los creyentes han “edificado su existencia sobre la santísima fe” recibida y el contacto con el señor mediante la oración es su actitud permanente.

Conclusión

“Conservarse en el amor de Dios” es la consigna que conlleva afirmarse permanentemente en esa gran realidad mediada por el Señor Jesucristo:

Dios nos ha dado sobreabundantemente su amor. Debemos conservarlo, acrisolándolo siempre. Si la fe se expresa en la oración, saldrá airosa en la vida y en el amor. Nuestra postura no es sólo de temor ante el juicio, aunque la carta no descuida el despertar este temor, sino de espera confiada en que nuestro señor Jesucristo usará de misericordia.

Nuestro actuar debe ser única y exclusivamente amor. “Conservad el amor” es la única expresión de actividad del versículo; todo lo demás a que se nos exhorta participa del amor. El Padre nos da el amor; del Señor Jesucristo aguardamos misericordia; el Espíritu Santo ora en nosotros y con nosotros. El Padre tiene la iniciativa, dándonos su amor; el Espíritu Santo es la fuerza vivificadora de nuestro caminar; el Señor Jesucristo nos da la plenitud final de la salvación (Alois Stöger).

Si la comunidad se siente amenazada, sólo puede responder con el amor de Dios como único recurso y así, siguiendo la huella de su Señor, podrá resistir y salir airosa, pues no responderá agresivamente sino mediante palabras y acciones que efectivamente reflejen el amor de Dios.

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