Marcos 10.35-45

Leopoldo Cervantes-Ortiz

| May 27, 2019

Pero entre ustedes no debe ser así. Al contrario, si alguien quiere ser importante, tendrá que servir a los demás. Si alguno quiere ser el primero, deberá ser el esclavo de todos. Yo, el Hijo del hombre, soy así. No vine a este mundo para que me sirvan, sino para servir a los demás. Vine para liberar a la gente que es esclava del pecado, y para lograrlo pagaré con mi vida.           Marcos 10.43-45, TLA

Trasfondo bíblico

Una cosa que ha quedado bien clara en los estudios del llamado “Jesús histórico” en América Latina, y que se ha extendido ampliamente por las comunidades cristianas es el hecho de que él propugnó con su vida y obra la buena noticia del “poder-servicio” (Clodovis Boff). Es decir, se trataba de una actitud bien definida a contracorriente de cualquier búsqueda del poder por sí mismo de parte de sus seguidores/as. Tres veces aparece la idea en el episodio de Marcos 10, cuando dos discípulos pretendieron “asaltar el cielo” y conseguir los mejores lugares cerca de Jesús, a quien veían como futuro rey. Pero él los detuvo con una argumentación incuestionable:

a) en la comunidad de discípulos eso no será así, como espacio contracultural y de resistencia espiritual y política (v. 43a);

b) el que quiera “ser grande”, superior, debe servir a los demás, debe ser “siervo de todos” (44), esto es, una inversión total de los valores dominantes; y

c) el Hijo del Hombre, él mismo, vino al mundo con un espíritu totalmente distinto al de la búsqueda del poder (45).

Un “poder” para servir

Jesús Peláez resume tal argumentación:

El poder crea desigualdades; solamente el servicio, la diakonía, hace a los hombres iguales. Jesús lo entendió bien cuando, con ocasión del primer intento de conquistar el poder por parte de Santiago y Juan, los hijos del trueno, esto es, “los autoritarios”, avisó a sus discípulos […] (Mr 10.42-45). […]

La nueva sociedad no se construirá con privilegios o con el uso del poder, que discrimina y domina.

Para Jesús, no hay otro camino que el servicio para crear una sociedad de iguales, de la que esté excluido todo autoritarismo o dominio de unos sobre otros.

Ésa es la vocación original de la Iglesia, el poder-servicio, establecido por Jesús, pero puesto tantas veces de lado en una multitud de circunstancias a lo largo de la historia. En el nacimiento mismo de la comunidad apareció la tendencia al “empoderamiento arbitrario”, ajeno a la voluntad del grupo, cuando en presencia de Jesús se estaba conformando como tal. Los intereses personales aparecen personificados sin matices en los deseos de estos dos discípulos, que sin ningún rubor solicitan prebendas futuras y la certeza de que en la eternidad podrían disfrutar de autoridad total. “De ahí la importancia de entender el poder a partir de la comunidad y no al contrario. La comunidad es el horizonte y el contexto del poder. No es solo ni primordialmente objeto del poder. La comunidad es el sujeto primero del poder y fuente originaria del mismo. Viene en primer lugar, en términos de ontología y de valor. La comunidad es la realidad primaria y principal. La autoridad es una realidad secundaria, derivada y relativa” (C. Boff).

Los discípulos estaban dominados aún por el ansia de alcanzar formas de superioridad que les garantizara una vida cómoda, con todas las ventajas sobre los demás. Al anunciar la vivencia del máximo de los poderes, el Reino de Dios, Jesús enseñó su enorme paradoja: no vino a imponerse por la fuerza o la coacción sino mediante el amor y el servicio. “Jesús les propone, ‘no sentarse en la gloria’, sino permanecer de pie para el servicio de la mesa, en actitud de siervos; y ponerse de rodillas para lavar los pies del amo, en posición de esclavo. Como quien dice: el lugar de la autoridad evangélica no es el trono sino el piso, y sus instrumentos no son el cetro y la corona del rey, sino la vasija de agua y la toalla del esclavo (Cf. Jn 13). Todo esto significa trabajo, trabajo humilde y sacrificado”.

Superar las jerarquías del mundo

Por ende, la idea misma de poder, jerarquía (“poder sagrado”) o autoridad debería estar excluida de todos los espacios eclesiásticos: al dedicarse a servir, nadie estaría buscando mandar al prójimo o enseñorearse de él/ella. Esta especie de “ocio práctico” sería la causa del mal que ocasiona esa deformación típicamente “política” del ser humano y sus derivados: “para servir bien hay que alcanzar el poder a toda costa”. No fue esto lo que hizo Jesús. “La propuesta de Jesús es la metanoia [conversión] del poder. Éste tiene que ser rescatado. Debe convertirse de poder-dominación en poder-servicio. En una palabra, el poder necesita ser transformado, revolucionado internamente. Y esto no sólo al interior de la Iglesia, sino también a nivel de la sociedad. Todo poder (religioso y político) debe convertirse en servicio. Se trata realmente de la ‘Revolución del poder’” (C. Boff).

El poder produce admiración y sumisión, por lo que desearlo o renunciar a él sería un acto irracional e incomprensible para la mayoría de las personas, dado que su búsqueda se ha impuesto como razón de ser de la existencia completa. De ahí que secciones enteras del Nuevo Testamento desarrollan la enseñanza de Jesús y las aplican a la vida comunitaria. Así lo hace fuertemente la epístola de Santiago que advierte duramente contra la sumisión hacia los ricos y poderosos, quienes suponen que por serlo en los espacios sociales sus privilegios deben ser respetados también en la comunidad cristiana, tal como sucedía en las demás religiones (2.1-9). En 5.1-6 reclama a los ricos con un lenguaje propio del Antiguo Testamento.

En primer lugar, todos participan como sujetos activos, miembros integrales, “piedras vivas”, pues siendo todos portadores del Espíritu, todos tienen “derecho de hablar”. Todos son hermanos, no hay padres; todos son sacerdotes, no hay simplemente “laicos” y especialmente, todos son reyes, soberanos, cosa que nosotros poco enfatizamos. Nadie es, pues, súbdito de nadie, ni de nada, a no ser del único Señor Jesucristo, y de los otros, por amor. Aquí todos son libres, todos participantes. […]

En segundo lugar, en relación paradójica con el punto anterior, el Nuevo Testamento subraya repetidamente que en términos prácticos los cristianos se deben hacer servidores unos de otros. “Que el amor los tenga en servicio de los demás” (Gál 5.13). “Sean dóciles unos con otros por respeto a Cristo” (Ef 5.21) (C. Boff).

Quien tiene poder se descarta a sí mismo para servir a los demás porque hacerlo evidenciaría que no estaría a la altura de su dignidad alcanzada con tanto esfuerzo. Pero la dinámica bíblica es completamente a la inversa, pues el Hijo del Hombre, dice Jesús, sin aspirar a ningún poder terrenal, alcanzó la supremacía después de vivir una existencia completamente dedicada a servir a los otros, al prójimo necesitado, urgido, desesperado. La autoridad evangélica es, ante todo, fuerza moral, trabajo sacrificado, humilde y responsable, y sobre todo, animación de los hermanos. (C. Boff).

Conclusión

La actitud predominante de Jesús no consistió en esperar pasivamente que se le sirviera sino que asumió el servicio como forma absoluta de ser hombre en el mundo. El servicio es el único camino de la comunidad para hacer visible el amor con el que Dios viene a reencontrarse continuamente con la humanidad. Por eso la Iglesia es una comunidad que nació para servir y es el instrumento para que la fuerza espiritual de las comunidades se haga presente en el mundo tan necesitado en todos los órdenes. Así, las comunidades cristianas podrán dar fe de su renuncia al poder terrenal y de su apuesta irrestricta por el servicio al que son llamadas.

Concluimos con unas palabras muy pertinentes del pastor presbiteriano brasileño Zwinglio M. Dias:

Sí, Dios puede, perfectamente, ser hallado en las iglesias. Pero el problema es que no siempre ellas desean su compañía. Porque resulta muy exigente. Quiere siempre sacar a la iglesia de su bienestar y de su amable comodidad y hacerla asumir las tramas y los dramas del mundo. Por eso su campo preferencial de trabajo es el mundo. […] En este mundo, Dios prefiere estar con aquellos y aquellas que no piensan como dioses, los llamados fuertes, los poderosos en su opinión, los que se creen más bendecidos que los demás, mejores que los demás. Como el fariseo de la parábola. Esto es, prefiere la compañía de los que no tienen nada que perder, ni siquiera sus propias vidas.

Sugerencias de lectura

  • Clodovis Boff, El evangelio del poder-servicio. La autoridad en la vida religiosa. Bogotá, Conferencia Latinoamericana de Religiosos, 1985.
  • Zwinglio M. Dias, “O protagonismo dos evangélicos durante os anos de ‘chumbo’ e a busca incesante por uma ecclesia reformata…”, en Wanderley Pereira da Rosa y José Adriano Filho, eds., Cristo e o proceso revolucionário brasileiro. A Conferência do Nordeste 50 anos depois (1962-1012). Río de Janeiro-Instituto Mysterium Mauad, 2012.
  • Jesús Peláez, “Valores evangélicos para una nueva sociedad”, conferencia pronunciada en el XXIII Congreso de Teología, Madrid, 4-7 de septiembre de 2003, Revista Electrónica Latinoamericana de Teología, www.servicioskoinonia.org/relat/365.htm.