Marcos 14.1-11

Leopoldo Cervantes-Ortiz

| June 3, 2019

“Podía haberse vendido este perfume por más de trescientos denarios y haber entregado el importe a los pobres”. Así que murmuraban contra aquella mujer. […] A los pobres los tendrán siempre entre ustedes y podrán hacerles todo el bien que ustedes quieran; pero a mí no me tendrán siempre.

Marcos 14.5, 7

Trasfondo bíblico

Uno de los textos más malinterpretados de la historia del cristianismo y que ha ocasionado debates apasionados es el relato de la mujer que “desperdicia” el perfume para desesperación de los discípulos preocupados por los pobres (Mr 14.1-9; Mt 26.6-13; Jn 12.1-8). De allí proceden también las palabras reivindicativas de Jesús hacia la mujer que lo ungió para el martirio, pues sería recordada por ello dondequiera que se predicase el Evangelio (v. 9). Ante la cercanía de los momentos cruciales de la vida de Jesús, cuando violentamente será llevado a la tortura y el crimen de Estado por subversión política y religiosa, la mezquindad humana y la pobreza espiritual hacen su aparición y son exhibidas como un lastre que arrastran pesadamente las comunidades de fe.

La pobreza como dilema

El dilema y problema de la pobreza son confrontados por el propio Jesús de Nazaret, poniendo su persona de por medio: a él no siempre se le tendrá, por lo que merece una atención suprema, pero apenas no esté presente, el foco de atención pasa hacia los pobres, los necesitados de la tierra. Jesús no da a escoger a quién servir, pero vincula su realidad exigente con lo que las estructuras humanas seguirán produciendo tan eficientemente: pobres al por mayor. Es decir, la posibilidad, como subraya sólo Marcos, de hacerles bien. El sujeto de la acción es una mujer condenada al anonimato pero que, por comprender bien la relevancia de su acción, pasaría a la historia. Según Mateo, se trata de María, la hermana de Lázaro, pero en Marcos su anonimato le otorga mayor intensidad al relato.

Como parte de un análisis de “palabras sospechosas” de Jesús, en los años setenta el filósofo y teólogo mexicano José Porfirio Miranda (1924-2001) denunció la manipulación de que ha sido objeto este texto durante siglos. Se basó en la deformación del tiempo gramatical de la frase de Jesús: “A los pobres siempre los tendréis con vosotros…”. Así, en futuro, argumentando que no se trató de una profecía, sino de que, como originalmente establece el texto, la afirmación se encuentra en presente: “los tienen”, con el agregado de Marcos (la versión original del relato), “para hacerles el bien”. Al insistir en que tampoco el texto utiliza la palabra siempre, Miranda destacó el hecho de que no se trata de una cínica profecía sino de una denuncia frontal de la manera en que las sociedades esquivan su responsabilidad moral y se escudan en unas palabras tan nobles para justificar la desigualdad. En vez de ella, podían usarse las frases “todo el tiempo” o “en cualquier momento”. Y propuso su propia traducción: “A los pobres los tenéis a todas horas (o: continuamente) con vosotros y podéis hacerles bien cuando queráis; a mí en cambio no a todas horas me tenéis”.[1]

Además, Miranda destacó el hecho de que, al menos en la comunidad del libro de los Hechos, fue posible abolir la pobreza: “No había entre ellos pobre alguno” (Hch 4.34a). Cita a Vincent Taylor, quien escribió: “El aserto no pretende afirmar que la pobreza es un factor social permanente (cf. Dt 15.11); es el fondo de contraste para ème dè ou pántote échete [pero a mí no siempre me tenéis]” (Ídem). “La convicción derechista de que nunca vamos a cambiar el mundo y siempre habrá pobres y ricos, hace que las traducciones atropellen hasta la gramática” (p. 67), señala, por su parte.

Preocupación por los pobres

La supuesta preocupación de los pobres por parte de los discípulos afloró hasta que se derramó el perfume y su aroma impregnó todo el espacio del relato. Quizá podría decirse que el episodio evidencia también un nivel de vida en que la comunidad tuvo que contrastar su disposición para el servicio a los necesitados y la inserción de ellos/as en la misma. Semejante decisión implicaría la prueba de que el movimiento de Jesús seguiría adelante cuando éste ya no estuviera presente físicamente. Él tendría que ser, una vez más, la garantía o el intermediario del trato efectivo de la comunidad para que su koinonía no se convirtiera en un grupo aislado de elegidos y pudiera relacionarse sólidamente con el servicio que se esperaba de ellos como auténtica comunidad renovadora. Lo mismo que hoy, porque las comunidades de fe necesitan advertir la situación y deben situarse ante los poderes económicos y los grupos necesitados o vulnerables para realizar su opción de servicio. En cada decisión que tomen al respecto, está de por medio Jesucristo mismo, quien asumió la pobreza como un verdadero desafío. Santificar, sacramentar o bautizar al sistema económico imperante puede llegar a ser una traición al espíritu del Evangelio. Tal como escribió el periodista polaco Maciek Wisniewski a cien días de la entronización del obispo argentino Jorge Bergoglio como papa católico:

Si algo abunda hoy es el anticapitalismo superficial: de todos lados se escuchan quejas por los excesos de empresas, bancos y mercados. Este tipo de crítica moral es también la de Francisco. El Papa pide justicia social, cuya falta resulta en desocupación (La Jornada, 1/5/13); instruye al clero a aprender de la pobreza de los humildes y a evitar ídolos del materialismo que empañan el sentido de la vida (La Jornada, 9/5/13); pide reformas al sistema financiero para distribuir mejor la riqueza y condena la tiranía del dinero y mercados. La antigua veneración del becerro de oro ha tomado una nueva y desalmada forma en el culto al dinero, dice (La Jornada, 17/5/13). […]

Francisco critica el culto al dinero (becerro de oro), pero no cuestiona nuestra fe en el capitalismo. Su neofranciscanismo no es una herramienta de liberación, sino una nueva estrategia de disciplina; no está dirigida al sistema, ni a los banqueros, sino a la gente común. Es un mecanismo de contención que pretende hacer la crisis más manejable y hacernos asumir sus costos (lo que sería una paradoja ya que el gesto original de San Francisco, nacido en una familia de empresarios proto-capitalistas, fue profundamente antisistémico). La austeridad papal […] pretende enseñarnos las bondades de vivir con menos y de pedir menos (sueldo, prestaciones, derechos, servicios), a contentarnos con lo poco que hay y neutralizar a la vez el potencial político de la pobreza.

Conclusión

Si las palabras de Jesús de Nazaret son normativas para la iglesia de todos los tiempos, las que aparecen en Mr 14.7 deberían resonar con una gran intensidad en la conciencia de todos sus seguidores/as. La pobreza, que a veces es más evidente en algunas ciudades y poblados que en otras, sigue siendo una gran exigencia para atender seriamente las palabras del Señor. Sus palabras son contundentes: si la humanidad seguirá produciendo pobreza, tal vez el Reino de Dios frene su presencia en el mundo. Después de todo, la presencia de los pobres sigue siendo molesta, pero los seres humanos somos capaces de procesarla sin mucho esfuerzo. Tal como lo escribió el poeta hondureño Roberto Sosa (1930-2011).

 

Los pobres

Los pobres son muchos
y por eso

es imposible olvidarlos.

Seguramente
ven
en los amaneceres
múltiples edificios
donde ellos
quisieran habitar con sus hijos.

Pueden
llevar en hombros
el féretro de una estrella.

Pueden
destruir el aire como aves furiosas,
nublar el sol.

Pero desconociendo sus tesoros
entran y salen por espejos de sangre;
caminan y mueren despacio.

Por eso
es imposible olvidarlos.

 

Sugerencias de lectura

[1] J.P. Miranda, Comunismo en la Biblia. México, Siglo XXI, 1981, p. 66.