Marcos 5.21-43

Leopoldo Cervantes-Ortiz

| February 22, 2021

Jesús le dijo: —Hija, has sido sanada porque confiaste en Dios. Vete tranquila.

Marcos 5.34, TLA

Trasfondo bíblico

El relato de Marcos 5.21-43 muestra un momento muy sensible de la labor de Jesús de Nazaret en medio de las necesidades del pueblo: dos mujeres enfrentan situaciones extremas, una muy joven que falleció y otra con una larga enfermedad. El contraste no podía ser más fuerte, pues a partir de allí es que ambas historias se entrelazan y se proyectan como una unidad de sentido para exponer la actuación de Jesús como una persona preocupada por responder a las urgencias de la gente. En el primer caso, ante una solicitud muy demandante, y en el segundo, incluso sin darse cuenta inicialmente. En los dos casos desconocemos sus nombres, pero el énfasis del relato está precisamente en la forma en que la vida cotidiana puede contener tanta necesidad al mismo tiempo. Jesús atendería ambas situaciones como parte de la acumulación de exigencias por parte del pueblo sufriente. Algunos estudiosos afirman que las dos historias en un principio fueron milagros independientes y el hecho de que aparezcan dentro del canon bíblico juntos, se debe al evangelista Marcos.

Dos historias paralelas y simultáneas: necesidad de vida y restauración

El texto de la hemorroisa (mujer con flujo de sangre) aparece en el tercer relato de “resurrección”, como cuenta el texto. Jairo, el jefe de la sinagoga y padre de la niña, desea que Jesús le imponga las manos a su hija que esta moribunda. Ella tenía doce años. Era la edad en que las mujeres judías podían casarse; y también doce años sufría de flujo la mujer, probablemente el tiempo de mejores condiciones para la fertilidad. Estas historias se entrelazan tanto por el número doce como por los estados de impureza de ambas al ser tocadas (Nm 19.11) (Marcia Moya R. y Helmut Renard).

Mientras los gerasenos echan a Jesús de su territorio, Jairo, el jefe de la sinagoga le suplicó que fuera a su casa (22-23). Jairo reconoció que su institución religiosa había perdido el horizonte de la vida y fue a buscarlo en Jesús, quien le dio en abundancia. Llama la atención el giro que experimentó un dirigente religioso como él al percibir la manera en que Dios se estaba manifestando en Jesús. No dudó en embarcarse en una aparente “desviación” de la fe tradicional a fin de obtener el beneficio que requería, tan exigente en un momento crítico.

En trazos muy ágiles, Marcos presenta la historia de la otra mujer (25-26): durante 12 años había gastado mucho dinero para tratar de curarse sin ningún resultado. El final del v. 26 subraya el estado psicológico y espiritual al que había llegado: depresión, angustia y desesperación por no recuperar su salud. Además, sin decirlo, el relato plantea la marginación a la que había estado sujeta, una marginación en la que se sumaban aspectos negativos en su vida, con escasísimos horizontes de esperanza. La única posibilidad que le quedaba era que ese profeta que comenzaba a ser conocido hiciera el favor de sanarla y ella arriesgó todo para intentarlo. “La mujer con flujo de sangre está en impureza continua. La ley de Moisés le aleja de la estructura socio-cultural y del derecho de ser heredera de la memoria de sus antepasadas; por su sangrado permanece estéril, sin futuro que proveer, ni memoria que dejar. La sangre como símbolo de vida se pierde sin poder contenerla, experimentando una muerte lenta” (M. Moya R. y H. Renard).

La Ley sin el horizonte de la vida pierde su sentido; por eso, ni Jairo ni la mujer enferma dudaron en violarla; el primero cuando se acercó al hombre que sus colegas consideraban hereje, y la mujer, cuando tocó a Jesús, algo prohibido por la Ley (Lv 15.19-31). Si las leyes religiosas o sociales no consideraban con suficiente profundidad la situación de las personas (algo que sigue presente en la actualidad), la decisión de transgredir determinados preceptos para colocar lo humano como criterio central se impuso por la fuerza de los hechos. La sangre de la menstruación se consideraba impura y exigía un tiempo de impureza. La mujer trató de ocultar el milagro ante el gentío, porque sabía que podrían maltratarla si se enteraban de que estando impura había permanecido entre ellos. Jesús, sin embargo, la hizo visible y la felicitó porque había comprendido la fe como una fuerza de vida que libera (32-34).

La joven hija de Jairo había muerto a los 12 años, el mismo periodo de sufrimiento de la otra mujer. La fe del jefe de la sinagoga contrastó con la de quienes se reían de Jesús (38-40). Esa fe unida a la opción de Jesús por la vida liberó a la niña de la muerte (41) con las famosas palabras arameas: ¡Talitá cum!

Hay otro elemento importante en común en estas historias simultáneas que no pueden dejar de mencionarse: la manera en que Jesús se dirigió y trató a ambas mujeres al momento de sanarlas y devolverles, literalmente, la visibilidad social.

El término “hija” aparece por primera vez en Marcos para denominar a una persona y en este caso la mujer hemorroísa. Con él, el narrador del evangelio confirma el poder de la fe de la mujer; no obstante, podría entenderse que con el término hija se esté afirmando el carácter dependiente de la mujer enmarcado en el sistema patriarcal. De este modo, Jesús puede ser visto como el padre que ha velado por el bienestar de la mujer y, por lo tanto, asume el papel de varón protector de la mujer, al estilo de Jairo que sale en búsqueda de la salud para su hijita de doce años, que está en peligro de muerte. Pero, ¿qué hace que este término tenga connotaciones diferentes al término utilizado por Jairo? Mercedes Navarro muestra que Jairo se ha valido de este en forma diminutiva, acompañando del posesivo, es decir, mi hijita; expresando con ello, la condición de la mujer en aquella época del siglo I. En cambio, en el relato de la hemorroísa, Jesús le llama hija, no en diminutivo, sino con el fin de confirmar y elevar lo que el narrador ya sabe: la fe de la mujer ha hecho posible su curación (Luz Marina Tello, énfasis agregado).

Conclusión

La confianza en Dios que demostró Jesús y que transmitió óptimamente a la familia de la niña fue un auténtico bálsamo curativo para el conjunto de personas que acompañaron ese momento crucial para todos ellos. Ambas mujeres fueron testigos del triunfo de la vida de Dios sobre la muerte, y sobre la muerte en vida. De ahí que podamos hacer nuestras las palabras de Luz Marina Tello:

la mujer, en estos encuentros salvadores, despliega todo su caudal, rescatando su dignidad de ser humano y contribuyendo con todo su ser y hacer a crear espacios humanos más saludables y dignos para ellas como para los demás. Todo ello, gracias a los encuentros, que han sido construidos entre Jesús y las mujeres, desde novedades altruistas, que han dignificado y salvado a todos/as aquellos/as que en sus vidas acogen la salvación de Dios y cooperan a la construcción del Reinado instaurado por Jesús, el Salvador. Él, así como lo hizo en aquel tiempo con la Mujer hemorroisa, invita a todas aquellas personas de buena voluntad a vivir en la paz (Shalom) de Dios; vale la pena, como la hemorroísa, abrir caminos empoderantes que dignifiquen a las mujeres empobrecidas en su dignidad de personas y las haga capaces de escuchar en su interior: “Hija, tu fe te ha salvado”, vive y permite vivir en “la paz de Dios”.

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