Mateo 21.28-32

Leopoldo Cervantes-Ortiz

| May 11, 2020

¿Qué les parece? Una vez, un hombre tenía dos hijos le dijo a uno de ellos: “Hijo, hoy tienes que ir a trabajar a la viña”. El hijo contestó: “No quiero ir”. Pero más tarde cambió de idea y fue. Lo mismo le dijo el padre al otro hijo, que le contestó: “Sí, padre, iré”. Pero no fue. Díganme, ¿cuál de los dos cumplió el mandato de su padre? Ellos respondieron: El primero.

Mateo 21.28-31, La Palabra (Hispanoamérica)

Trasfondo bíblico

Una de las cosas que con mayor claridad aparece en los cuatro evangelios fue la necesidad de que los seguidores/as de Jesús actuaran de manera fiel y constante. Ciertamente, el propio Señor no se hacía muchas esperanzas al respecto porque sabía que la prueba de fuego para cada uno de los discípulos sería la transición de su muerte y resurrección a la responsabilidad de ejercer su ministerio o apostolado particular. De ahí que en diversas ocasiones se dirigió a ellos para subrayar el hecho de que el seguimiento demandaba una disposición a toda prueba con todo y la comprensión de la posibilidad de que la respuesta inicial al llamado suyo fuera negativa, incompleta o insuficiente. Las advertencias sobre la exigencia de permanecer fieles fueron directas y muy realistas en relación con el rechazo de que serán objeto, lo que subrayó la insistencia de Jesús en que su fidelidad sufriría pruebas verdaderamente difíciles.

El llamado del Señor a seguirlo es firme

Cuando el Señor llama a seguirlo podría decirse que se entra en un espacio de indefinición o de duda sobre el porvenir de esa nueva relación con Dios. A cada paso, el discípulo potencial enfrenta dilemas que tienen que ver, en primer lugar, con sus prioridades personales, luego con las prioridades u obligaciones impuestas y, finalmente, con los alcances de ambos tipos de prioridades en el desarrollo de su vida. El contexto de Mt 21.28-32 ciertamente es complejo, puesto que se trata de apenas unos pocos versículos en los que Jesús polemiza con sus adversarios acerca de la obediencia a la voluntad divina. El discipulado nuevo que él anunciaba se vio confrontado con la sumisión irrestricta a la ley y el énfasis profético, renovador, con que presentó la venida inminente del Reino de Dios a la vida de los integrantes del pueblo de Dios.

Como parte de la historia de la pasión, camino de Jerusalén, resulta interesante que Jesús planteó este dilema sobre la obediencia ante los dirigentes que estaban cuestionando su papel o función dentro del espectro religioso de su tiempo. Los dirigentes religiosos que supieron de Jesús y escucharon acerca de su mensaje también eran sus destinatarios, pero los separaba de él la enorme responsabilidad, mal asumida, de ejercer una autoridad moral, política y espiritual que tenía resultados y efectos dudosos. Ésa es la razón por la que, en el nivel más alto de la escala religiosa, Jesús logró únicamente un par de seguidores, que con reservas explicables no se manifestaron a su favor, aunque simpatizaron con su causa. La autoridad moral y profética de Jesús enfrentó directamente la estructura de poder que movilizaba a algunos y paralizaba a otros para responder a su llamado. Las tres parábolas de Mt 21.28-22.14 muestran ese conflicto: la primera, la de los dos hijos; la segunda, sobre los labradores malvados o la viña alquilada (21.33-46); y la tercera, de la fiesta de bodas (22.1-14).

Jesús llama y provoca compromiso

Por ello, la simplicidad de la historia expuesta por Jesús (que sólo aparece en Mateo) resume con claridad qué tipo de respuesta se puede dar al mensaje y qué consecuencias prácticas puede tener tal respuesta para la vida cotidiana. Al situar en el espacio de la cotidianidad la voz de Dios como padre para encomendar una tarea específica a sus hijos, el Señor colocó el llamado al discipulado en una nueva situación que ya no se realizará solamente en el ámbito ritual o “religioso” sino en el terreno de todos los días, en el horizonte del mundo donde cada quien se mueve. El primer hijo abiertamente no quiso ir (lo cual recuerda la actitud de un profeta como Jonás) al trabajo encargado. El segundo es incluso más cortés con su padre, pero finalmente decide no obedecer. La disposición permanente para obedecer y seguir los caminos del Señor sólo puede proceder de un auténtico compromiso que deslinde a la persona de las demás prioridades que flotan en el ambiente y que a veces se le imponen como una carga no necesariamente propia.

Según el texto original, el primer hijo experimenta remordimiento (metamelētheis), no arrepentimiento (metanóia), lo cual hizo una gran diferencia. El remordimiento machaca en el pensamiento y hace sentir mal a la persona, le altera su normalidad psicológica y espiritual. Pero el pasaje no insiste tan claramente en esa distinción, porque de cualquier manera a la persona aludida le resultó positiva esa experiencia para reconsiderar su respuesta y así recapacitar y obedecer. Sin ánimo de colocarlo en un lugar de superioridad sobre su hermano, el pasaje expone dos tipos de respuestas muy claras: se puede tener la certeza de no desear actuar y nadie podrá modificar esa actitud, pero abrir la posibilidad de responder afirmativamente existe como algo real que puede modificar el curso de las cosas.

El comentario de Jesús (vv. 31b-32) colocó a las personas menos pensadas (cobradores, prostitutas) como aquellas que, habiendo recapacitado sobre las características negativas de su vida, pueden dar una respuesta positiva al llamado, recapacitar y llegar a ser, eventualmente, buenos discípulos/as de Jesús, persistentes y confiables. Juan el Bautista lo había anunciado antes, pero no encontró respuesta.

Se produce la llamada y, sin otro intermediario, sigue el acto de obediencia por parte del que ha sido llamado. La respuesta del discípulo no consiste en una confesión de fe en Jesús, sino en un acto de obediencia. […]

Nada precede aquí y nada sigue más que la obediencia del que ha sido llamado. Jesús, por ser el Cristo, tiene poder pleno para llamar y exigir que se obedezca a su palabra. Jesús llama al seguimiento, no como un profesor o como un modelo, sino en cuanto Cristo, Hijo de Dios (Dietrich Bonhoeffer).

Conclusión

La disposición que el Señor espera, entonces, es una actitud de respuesta que se va gestando en el interior de las personas por la obra del mismo Dios a través de su Espíritu. Al final, Jesús reprochó que la actitud de sus adversarios no llegó al nivel del primer hijo, de experimentar remordimiento para actuar positivamente ante su llamado. Ser cristiano es seguir a Cristo por amor. Ignorantes, llenos de defectos, Jesús nos conducirá a la santidad, a condición de que comencemos por amarlo y que tengamos el valor de ir tras él. El cristianismo no consiste sólo en el conocimiento de Jesús y de sus enseñanzas transmitidas (bien o mal) por la iglesia. Consiste, más bien, en un seguimiento que es la raíz de todas las exigencias cristianas y el único criterio para valorar una espiritualidad auténtica, capaz de sobreponerse a todas las adversidades.

Sugerencias de lectura