Mateo 27.15-52

Leopoldo Cervantes-Ortiz

| April 19, 2019

Jesús lanzó otro fuerte grito, y murió. En aquel momento, la cortina del templo se partió en dos, de arriba abajo, la tierra tembló y las rocas se partieron; las tumbas se abrieron, y muchos de los que confiaban en Dios y ya habían muerto, volvieron a vivir.

Mateo 27.50-52, TLA

Cristo es quien ha mostrado el fracaso de la religión arcaica, sacrificial, desmontando sus mecanismos victimarios y llamando a la humanidad a romper el círculo de la violencia mimética. Creo que por eso su mensaje es universal y trascendente.

René Girard

Jesús afronta un juicio falso y es víctima de la cultura sacrificial

La dinámica material de la infamia estaba desatada: Dios siguió fiel a su proyecto de encarnarse radicalmente en la humanidad y aceptó las leyes de la materialidad negativa desatada en contra de Jesús como parte del proceso sacrificial sancionado por la cultura dominante. El sistema político, religioso e ideológico no valoró ni aceptó la posibilidad de que alguien propusiera un pensamiento o una práctica diferente. El sistema sabía muy bien que, si le abría la puerta a un disidente, tendría que abrirla a todos. Pero lo peor de todo sucedió cuando la certeza de la sanción invadió a los sectores populares. Eso le sucedió a Jesús: según el evangelio de Mateo, pues el acuerdo unánime logrado mediante la propaganda, logró convencer a personas de todos los niveles sociales, comenzando con los dirigentes (Mt 27.1).

La sociedad no acepta que haya quienes piensen distinto. A ellos, los crucifica y condena con las más viles atrocidades. Aunque no les mate el cuerpo, les somete a la muerte en su dignidad, en lo que son como personas. Les excluye y pone al margen de la práctica social donde no tengan y/o puedan “decir”. Se les condena a experimentar “la muerte en el silencio” porque todo lo que digan va a crear conflictos. Y a quienes ostentan el poder no les conviene que “haya quienes gritan” o “denuncian” los males sociales. Necesitan callarlos para no tener que confrontarse con el fruto de su pecado. Necesitan silenciarles para que no lancen al rostro las injusticias que se cometen. Necesitan apagar sus voces para que no haya quién les señale, en justa razón, el mal y daño que se comete. Nos decía René Girard: “una sociedad en la que cuando un justo se pronuncia es sentenciado” (“Compromiso cristiano y participación ciudadana”).

Cuando los líderes religiosos, dueños ya del cuerpo y la persona de Jesús, a quien han secuestrado arbitrariamente, han conseguido el consenso sobre su muerte, ¡pues vaya que percibieron los alcances de la rebelión teológica de Jesús!, tuvieron que recurrir al brazo armado del régimen invasor para administrar su muerte. Mientras tanto, Judas se la administró a sí mismo: es el primer caído en la huella de su maestro traicionado. Quienes le “compraron” a Jesús eran celosos observantes de la ley y canalizaron esos recursos devueltos a una obra de caridad notable (27.6-8: compran un lugar impuro para cementerio de forasteros).

El encuentro de Jesús con Pilato es parte de su juicio sumarísimo. La pregunta que le urgía resolver al representante del imperio es política: si Jesús es rey de los judíos, debe morir inevitablemente. No podía haber diálogo entre partes tan opuestas: a diferencia de Juan, que propuso un intercambio verbal, Mateo reduce al mínimo el contacto y muestra a un Pilato impaciente por deshacerse del problema. El recurso para congraciarse con el pueblo fue dar a escoger a un preso para liberarlo. La manipulación a la orden del día: los dirigentes religiosos finalmente impusieron su criterio y “convencieron” al populacho para pedir a Barrabás (27.20). Luego de eso, la otra alternativa era, invariablemente, la muerte: circo y sangre, espectáculo y crisis en el interior de la religión judía, sadismo al máximo y ruptura en el interior de Dios.

La cultura sacrificial y los crucificados de la historia

Toda cultura es sacrificial en el fondo (“Canalizar la violencia colectiva y enfocarla en un solo individuo considerado responsable de una determinada crisis social permite a la comunidad reducir el caos al que periódicamente se ve arrastrada”. Ramón Cota Meza), pero sus mecanismos han evolucionado con el paso del tiempo. Pilato supo muy bien de qué lado estaba la justicia, pero no movió un dedo para establecerla, pues sus intereses coincidían completamente con los jerarcas religiosos. René Girard dice que Pilato “se suma, a fin de cuentas, a la jauría de los perseguidores” (“Las palabras clave de la pasión evangélica”). El acuerdo entre ambos se basaba en la aceptación no dicha del elemento sacrificial: era preferible que muriera una sola persona a sacrificar a todo el pueblo. (Una máxima política irrebatible que solamente consigna Juan 11.50). Ahora las masas serían cómplices del asesinato de Jesús porque su sed de sangre, de espectáculo, pudo más que la genuina esperanza en la venida del Reino de Dios. “Los jefes han conseguido inculcar a la masa las ideas que convienen a sus intereses” (J. Mateos y F. Camacho) porque tienen demasiadas cosas en común: su adhesión incondicional a la práctica del sacrificio humano “necesario”. En su primer libro sobre el tema del sacrificio (La violencia y lo sagrado), Girard se refirió a que “el cuerpo humano es una máquina de transformar el alimento en carne y en sangre” y a que los grupos sociales dominantes transforman “la mala violencia en estabilidad y en fecundidad”. Por ello, surge una especie de “máquina destinada a repetir indefinidamente”, bajo formas disminuidas, “el sacrificio ritual”.

El cristianismo, por definición, es la religión que, mediante el anuncio de la cruz, proclama la posibilidad y necesidad de desclavar a todos los crucificados de la historia, dicho de manera cristológica, siguiendo la profunda reflexión que ha hecho desde México, Bárbara Andrade:

En la cruz, el Hijo de Dios ha tomado sobre sí el mal y el sufrimiento en su propia muerte dolorosa e injusta, y por el Hijo el Padre ha sido incluido en el sufrimiento en la cruz. Este rasgo, subrayado en varias teologías de la cruz (Moltmann, Simonis, N. Hoffmann), es importante en el sentido de que plantea que nuestro sufrimiento le toca también a Dios y de que no se mantiene una contraposición entre un Dios “impasible” —o cruel y arbitrario— y su creatura sufriente. […] Sin embargo, la teología de la cruz se vuelve problemática cuando opera con dos nociones: 1. La interpretación exclusiva del camino de Jesús a la cruz como voluntad del Padre o como entrega de Jesús por el Padre. Tal noción valora unilateralmente la categoría de “sacrificio”, cuando ésta es, en el NT, ni la única para la comprensión de la muerte de Jesús, ni la principal; 2. la explicación del sufrimiento como una categoría intradivina. Ésta, de hecho, recoge la teodicea en una forma nueva y la lleva al jaque mate: ¿puede protestarse en nombre del sufrimiento contra un Dios sufriente? También esta variante entra en conflicto con el anuncio de la fe. Dicho en las palabras de Karl-Josef Kuschel: “¿…es soportable un …Dios que sufre con nosotros, pero que por amor y por puro respeto a la libertad se aguanta en sufrimiento impotente…?”.

En este sentido, así resume Cota Meza las percepciones de Girard sobre la importancia del judeo-cristianismo, es decir, la religión bíblica, en este proceso opuesto a la supuesta necesidad del sacrificio: “La secuencia histórica del nacimiento del cristianismo a partir de los Evangelios representa el proceso en que el ser humano se libera de la necesidad de recurrir a la inmolación de chivos expiatorios para cerrar los conflictos y crisis de las comunidades, el momento en que el hombre se hace consciente de la inocencia de las víctimas”.

De modo que no se trata de estar siempre del lado de las que pasan por víctimas, sino de arriesgar juicios basados en el discernimiento entre crucificadores y crucificados, entre opresores y oprimidos, victimarios y víctimas, y ser capaces de darnos cuenta de que estos lugares, en ocasiones, pueden ser intercambiables. Los soldados romanos aparecen en su pleno papel de victimarios, mientras que alrededor de Jesús se manifiesta un espacio en el que, por contraste, la victimización no sólo le gana simpatías por ser un “perdedor” sino porque su causa está del lado de la justicia y la humanidad sufriente, tal como se anunció en los “cánticos del Siervo” de Isaías. El título de Jesús en la cruz muestra el dilema de ser un soberano fallido en la tierra a los ojos de la humanidad y de aspirar a introducir definitivamente el Reino de Dios en el mundo.

La tierra se sacudió precisamente cuando él gritó desde lo profundo el abandono de su Dios, en abierta contradicción con su enseñanza y experiencia. El Padre lo vio desde las alturas, así como lo percibió San Juan de la Cruz y lo tradujo pictóricamente Salvador Dalí. San Juan tuvo la visión e hizo su dibujo en el convento de la Encarnación de Ávila, entre 1572 y 1577.

El de Juan es un Cristo ascético, agonizante, que sugiere el temor religioso y la experiencia de lo numinoso; impresiona por su naturalismo, sus miembros retorcidos, su rostro que se impulsa hacia delante y sólo se sostiene por los brazos tensos casi a punto de quebrarse. Dos enormes clavos clavados a cada extremo del palo horizontal de la cruz, muestran con un naturalismo soberbio que la crucifixión no ofrece una vista para el goce estético, sino una visión brutal y sangrienta. Los artificios del artista no encubren la barbarie y el horror de estar colgado en la cruz (José C. Nieto).

Conclusión

Dios el Padre sufre junto, al lado de y en su Hijo el dolor de la cruz y de la muerte, pues se trata de un “Dios crucificado” que atiende, participa y “adopta” la muerte como algo suyo y, en ese sentido, “aprende, también, a morir”, como había aprendido a vivir gracias a los pasos de Jesús sobre la tierra. La recitación de las primeras palabras del salmo 22 (Mt 27.46) continuó la angustia de la noche de Getsemaní y es la única expresión registrada por Mateo, pues concentra en sí misma el dramatismo de la experiencia de abandono que vivió Jesús. Su agonía y muerte, cuyas consecuencias son expuestas como de naturaleza cósmica, abren un parteaguas en el seno de la divinidad debido a la crisis profunda y radical que conllevaba. El mundo no podía permanecer indiferente ante ello, pero el clímax de la historia radica más bien en la aceptación de su divinidad por parte de un representante del imperio, quien vacía en esas palabras (“Verdaderamente éste era hijo de Dios”, 27.54) el impacto de la vida y obra de Jesús en el corazón del imperio.

El siguiente episodio consistiría en la acción del Padre de resucitar a Jesús, es decir, desclavarlo, como modelo para la superación de todas las cruces de la historia.

 

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