Romanos 12.9-19

Leopoldo Cervantes-Ortiz

| March 25, 2019

“EL AMOR SEA SIN FINGIMIENTO… ÁMENSE LOS UNOS A LOS OTROS CON AMOR FRATERNAL”

El amor debe ser sincero [anhipókritos, sin hipocresía]. […] Ámense los unos a los otros con amor fraternal, respetándose y honrándose mutuamente.

Romanos 12.9-10, Nueva Versión Internacional

Trasfondo bíblico

“Creemos en la comunión de los santos”: así dice uno de los artículos de fe del Credo Apostólico. Eso significa que aceptamos y promovemos el esfuerzo divino por formar un pueblo nuevo de entre la totalidad de la humanidad mediante la obra redentora de su Hijo. Ese esfuerzo de salvación desembocó en el surgimiento de una nueva comunidad. Creer en su existencia conduce a practicar la hermandad guiada por la presencia de Jesús entre su pueblo. El Nuevo Testamento da fe de la transición del grupo que acompañó Jesús en Palestina a la diseminación de otras comunidades que creyeron en él como Hijo de Dios. La fe común que los unía funcionó como un factor de acercamiento a la esperanza que en ese tiempo se fue consolidando como un elemento nuevo dentro del Imperio Romano, a contracorriente de otras formas, religiosas o no, de agregación social y comunitaria.

La integración en el pueblo visible de Dios

Las distintas barreras que separaban a los seres humanos fueron abolidas por Dios en su Hijo a fin de formar la humanidad nueva. San Pablo da por sentado que esa realidad humana representa los resultados de la obra salvífica de Dios. En su carta a los Romanos manifiesta una clara comprensión de una “sociología espiritual” de la comunidad cristiana expresada en los altos vuelos de su reflexión acerca de la salvación y, al mismo tiempo, en el hecho de marcar normas de comportamiento comunitario. Esta visión doble le permitió afirmar la necesidad de llevar a la práctica la existencia de una comunidad visible que, pese a sus dilemas y contradicciones, debe representar la eficacia de la obra redentora de la obra del Señor ante el mundo.

La única forma de integrarse a ella es por la elección divina mediante el amor comunitario producido por el Espíritu. Asimismo, hay que superar muchos intereses, orgullos, mezquindades y egoísmos para lograrlo, y así poder sumarse a la iniciativa divina para conseguir que las comunidades se articulen alrededor de lo más relevante, es decir, la presencia de la acción de Dios en medio de un mundo violento y sin afectos. La insistencia ética del apóstol recae en una serie de prácticas concretas para mostrar que la comunidad cristiana es fruto de Dios y que su comportamiento ejemplar es capaz de renovar en su totalidad a las sociedades humanas.

En ese sentido se orienta la suma de valores que la comunidad debía practicar:

amor por el bien, respeto mutuo (Ro 12.10),

diligencia, servicio (v. 11),

alegría, esperanza, paciencia, oración constante (v. 12),

ayuda mutua, hospitalidad (v. 13),

buena disposición (v. 14),

solidaridad en las buenas y en las malas (v. 15),

armonía comunitaria, humildad, buena imagen de sí mismos (v. 16),

no devolver mal por mal (v. 17),

actitud pacífica permanente (v. 18).

Y, finalmente, no querer cobrarse las afrentas por propia mano y dejar la justicia al Señor (v. 19).

Amor de corazón, fraternalmente, la exigencia

El amor de Dios en Jesús es la premisa básica de toda vida eclesial comunitaria para el apóstol Pablo. Su autenticidad está a prueba en todas las relaciones que establece cada seguidor/a de Jesús en el mundo y ante la necesidad de vivir en medio de él, con todas sus contradicciones, deberá salir triunfante. Nuestras tendencias humanas son contrarias a esa voluntad divina y por ello la iglesia es un taller continuo de amor (o desamor) comunitario (Raniero Cantalamessa). Cada exhortación paulina a las diversas comunidades es testimonio del grado de comprensión que tenía acerca del proyecto divino de superar los odios, los rencores y las guerras entre hermanos mediante el supremo amor de Dios revelado en Jesucristo. En su opinión, nada podría sustituir al verdadero amor en la vida de las comunidades y cada persona debería agotar sus fuerzas para alcanzar el deseo divino de proyectarlo en todas las áreas de la vida

La palabra paulina, en este caso, es sumamente realista y desafiante, pues literalmente pide a las comunidades que se abandone la hipocresía, recurso humano tan frecuente para acomodarse en la sociedad. Si tendemos a fingir el amor, el aspecto ético central de la comunidad cristiana se desvirtúa (también aparece en II Corintios 6.6 y en I Pedro 1.22). El Espíritu, entonces, trabaja continuamente para corregir nuestras inclinaciones anti-comunitarias. Podría decirse que Él está enfrascado todo el tiempo con el egoísmo de cada quien en las comunidades y que su tarea en ese campo es realmente titánica, ante la multitud de intereses, gustos y orientaciones. Todos deseamos obtener satisfacciones en los ámbitos en donde nos movemos y es preciso observar si eso se cumple sanamente o si se sacrifican los deseos de algunos para satisfacer a otros. Como se dice políticamente, “construimos mayorías” para imponer ciertos criterios espirituales y prácticos, y el amor, en este modo de ver las cosas no es la excepción.

Conclusión

El amor sincero en la comunidad es una fuerza social transformadora. El apóstol Pablo creía firmemente en que, al experimentarlo las comunidades cristianas habría un impacto social amplio. Ese sentimiento y valor cristiano es lo que debería “exportar” la iglesia al mundo y proponerlo como factor superior de vida para todas las personas. El mandamiento del Señor Jesucristo sobre el amor seguía su camino en el mundo y, hasta hoy, continúa en busca de una práctica efectiva a través de los integrantes actuales de las comunidades cristianas. De ahí que resulte tan inquietante y provocadora la frase de admiración registrada por Tertuliano: “¡Miren cómo se aman!”. Pero en otros ambientes se cambia por: “¡Miren cómo pelean!”. De modo que el reto sigue muy vivo y actual para todas las comunidades cristianas.

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