DEUTERONOMIO 26.1-11

Leopoldo Cervantes-Ortiz

| September 4, 2017

Mis antepasados pertenecieron a un grupo de arameos que no tenían ningún lugar fijo para vivir. Se fueron a vivir a Egipto, y ahí llegaron a ser un pueblo muy grande y poderoso. Pero los egipcios nos maltrataron mucho, y nos obligaron a ser sus esclavos. Entonces le pedimos ayuda al Dios de nuestros antepasados, y él escuchó nuestros ruegos, pues vio lo que ellos nos hacían sufrir.

Deuteronomio 26.4b-7, Traducción en Lenguaje Actual

Trasfondo bíblico

Es un lugar común afirmar que “Dios se ha revelado en la historia”, pero hay que aclarar que Él no lo ha hecho en la historia según el concepto moderno, una ciencia tan profana como nunca lo imaginó la humanidad. Mucha gente acepta como válida la intención de “desencantar el mundo”, de hacerlo ver tal como realmente es, como parte de un proceso profundo y radical de alejamiento de los sagrado en la vida humana. Se trataría de apreciar los acontecimientos en su justa dimensión histórica y aprender a situarse en medio de los conflictos. Esta intención no necesariamente atenta contra la perspectiva bíblica, según la cual Dios dirige la historia para realizar sus propósitos. El filósofo de la historia Robin G. Collingwood (1889-1943) reconoció que en la revelación bíblica, entendida de manera “providencial”, la historia es como un drama escrito por Dios, pero un drama en que ningún personaje es su favorito.

Historia, fe y revelación

La fe, al ubicarse históricamente, entiende que la acción de Dios no necesariamente se hace visible a los ojos de todos. Pero ello no implica que las acciones divinas pasen desapercibidas aun cuando no se realicen de manera épica o extraordinaria. El antiguo Israel manejó un concepto dinámico de fe porque su relación con la historia obedecía a la posibilidad siempre latente de encontrarse con Dios en medio de los problemas humanos, igual que hoy.

La historia hebrea era una interpretación de los acontecimientos, pero una interpretación de acuerdo con el conocimiento de Dios que afirma que Él es el rector de los acontecimientos. Los hebreos no vieron su historia y dedujeron su actividad presente; ellos le conocían y se veían forzados a admitir su actividad, pues el Dios que conocían era un Dios activo, con una actividad no comparable a la de ningún dios. Los hebreos no vieron a Dios en la historia; vieron la historia en Dios” (J.L. McKenzie, énfasis agregado).

Este “encuentro con Dios en la historia” (Bárbara Andrade) implicó que su concepción de Dios procedía de episodios concretos de su historia como un pueblo construido e identificado gracias a esos sucesos. En el caso del Éxodo, el acontecimiento fundador por excelencia, la figura divina no se comprendía tanto como la de una divinidad creadora sino como la de un Dios liberador, profundamente comprometido con la situación previa del pueblo (Dt 26.4-10). El trasfondo histórico de la fe es por ello ineludible y las eventuales manifestaciones o revelaciones de Dios no estuvieron nunca desligadas de un contexto socio-político, económico, religioso y cultural. Al presentar las primicias de sus cosechas, el pueblo agradecía a Dios todo lo que había hecho por él en su historia antigua y presente.

Los credos históricos: la fe del pueblo de Dios anclada en la historia

Las más antiguas “profesiones de fe” en Jehová tuvieron un carácter histórico, es decir, pusieron el nombre de Dios en relación con un acontecimiento histórico. Dios era quien “sacó a Israel de Egipto”: ésa es una de las fórmulas de profesión de fe más antiguas y extendidas. Otras designan al Señor como aquel que llamó a los patriarcas y les prometió la tierra:

Junto a estas fórmulas breves, que se contentan con un mínimo de elementos históricos, […] aparecieron pronto sumarios de la historia salvífica con este mismo carácter de profesión de fe, que abarcan un contenido notable de acciones históricas divinas. […] Dt 26.5-9 no es una oración, pues carece de invocaciones y súplica; todo él es una profesión de fe. Recapitula los datos principales de la historia salvífica desde la época patriarcal —el arameo es Jacob—, hasta la conquista de Canaán, con una rigurosa concentración sobre los hechos históricos objetivos. Falta —como en el credo apostólico—, cualquier alusión a revelaciones, promesas o enseñanzas, y no encontramos tampoco ninguna reflexión sobre el comportamiento de Israel a esta historia divina (G. Von Rad).

Se trata de una estricta celebración, con conocimiento de causa, de las acciones divinas. Ése será el tono de la vida religiosa de Israel. Debemos ver también allí un gran aliento histórico, parecido al de los mayas que desarrollaron calendarios para una cuenta larga y otra corta de su historia. En ese sentido, los ciclos agrícolas y las celebraciones ligadas a ellos, entraban estrictamente en el circuito histórico de una relación histórica con el Dios liberador que los acompañó a la “tierra prometida” y consiguió hacer que la tierra rindiera frutos.

Este credo histórico, insertado en un momento culminante del año agrícola, cumple la función de hacer un alto en el trabajo colectivo no sólo para agradecer la intervención divina en el logro de las cosechas, sino para ubicar los acontecimientos posteriores en la obra de salvación iniciada por Dios varios siglos atrás. Más tarde vendría la experiencia traumática del surgimiento, evolución y caída de la monarquía, de los reinos divididos y del exilio en territorios extraños.

Conclusión

Para los hebreos, como para nosotros hoy, resulta imposible creer en un Dios mediante una fe histórica “prestada”, como cuando se hablan maravillas de las historias de misioneros anglosajones en África, pues con todo y la emoción que nos produce enterarnos de dichos logros, en sentido estricto no corresponden a nuestra historia. Ello porque también entre nosotros ha actuado Dios con todo su amor y misericordia.

Es preciso que percibamos e interpretemos la actuación divina en todas las historias, pues nos encontramos en ellas como parte de procesos específicos, concretos. Asistimos así a una reinterpretación, una reapropiación de la historia y un reencauzamiento de la misma, algo que nosotros como creyentes también necesitamos hacer. Además, ninguna historia es superior a otra, por lo que no debemos seguir creyendo que sólo en la historia de Israel se manifestó la gracia divina. La obra del Espíritu Santo ha estado presente en todas las historias y culturas.

Sugerencias de lectura

  • Bárbara Andrade, Encuentro con Dios en la historia. Salamanca, Sígueme, 1985.
  • Robin G. Collingwood, Idea de la historia. México, FCE, 1984.
  • L. McKenzie, Espíritu y mundo del Antiguo Testamento. Estella, Verbo Divino, 1968.
  • Gerhard von Rad, Teología del Antiguo Testamento. I. Teología de las tradiciones históricas de Israel. 5ª ed. Salamanca, Sígueme, 1982.