Éxodo 33.1-17

Leopoldo Cervantes-Ortiz

| February 5, 2018

DIOS SOSTIENE SU PACTO EN LA COMUNIDAD DE FE

Deja este lugar y lleva al pueblo que sacaste de Egipto a la tierra que les prometí a Abraham, a Isaac y a Jacob. Yo les aseguré que esa tierra sería para sus descendientes. ¡Es tan rica que siempre hay abundancia de alimentos!

Éxodo 33.1-2, Traducción en Lenguaje Actual

Trasfondo bíblico

Una de las cosas que llama más la atención en la forma en que el libro del Éxodo expone la formalización del pacto de Yahvé con su pueblo es la intensidad con que se va desplegando históricamente a medida que avanza la experiencia de la comunidad en el camino nuevo de la libertad. La confianza con la que Moisés se dirige a Dios manifiesta cómo se fue forjando un liderazgo que reconoció plenamente las acciones liberadoras y participó en la conformación de la “comunidad alternativa”. Ésta, como fruto de la salida de la situación de esclavitud en Egipto, comenzó a aprender la experiencia de la libertad en el desierto y, a la vez, identificó el nuevo rostro de un Dios solidario y atento a sus necesidades. El proyecto original, expuesto por Moisés al Faraón, era éste: “Deja ir a mi pueblo, para que me sirva” (Éx 8.1). La fortaleza con que el pacto se consolidó en medio de los problemas históricos dependió enteramente de la manera en que Dios se condujo con el pueblo. Incluso ante las dudas del dirigente principal, como cuando quebró las tablas de la Ley ante la infidelidad manifiesta del pueblo. Yahvé no cejó en su afán de conducir pastoralmente a su pueblo para que pudiera entender, poco a poco, las bondades y exigencias del pacto al que era llamado.

La fidelidad de Dios a su pacto

En Éxodo 33 encontramos uno de los diálogos más intensos de Moisés con Yahvé. Luego de la entrega de la Ley y de afirmar las bases del pacto con el pueblo mediante una serie de ordenaciones litúrgicas y de organización de la vida social, el líder del pueblo debe escuchar un anuncio terrible. Dios no marcharía más al lado del pueblo debido a sus desobediencias constantes (33.3), puesto que eso mismo pondría en riesgo la sobrevivencia del pueblo. Éste reaccionó con tristeza y decepción, pues ese aparente “abandono” de Yahvé no garantizaría en absoluto la consumación de las promesas del éxodo y la plenitud de vida en la tierra hacia la cual se dirigía el pueblo liberado. Dos situaciones nuevas se presentaban ahora: al quitarse las joyas y atavíos (33.4b, 5b-6), el pueblo renunciaba a las manifestaciones externas de grandeza o poder y subordinaba su existencia a la gracia y voluntad de Dios que estaban por manifestarse. Moisés, tomó el tabernáculo (la representación física de la presencia de Yahvé en medio del pueblo), y lo llevó fuera del campamento. Con ello, marcaba una distancia con la grandeza divina y obligaba al pueblo a hacer un esfuerzo mayor para encontrarse con Dios: “Si alguno quería hablar con Dios, salía del campamento y entraba en la carpa” (33.7b).

Moisés entendió muy bien los riesgos de no contar con la presencia divina ante los desafíos que debía enfrentar el pueblo, pues aunque la comunidad estaba muy atenta cada vez que él se presentaba delante de Dios (33.8-10), el anuncio de su alejamiento tenía preocupado al pueblo. Para atajar la situación, Moisés se dirigió a Yahvé y le solicitó la garantía de su acompañamiento para cumplir las expectativas de la comunidad y recibió palabras de aliento: “Mi presencia irá contigo y te daré descanso” (33.14). La carga espiritual, social y política que llevaba Moisés sobre sus hombros fue redirigida por el propio Dios para asegurar que sus planes se cumplirían. No obstante, Moisés es enfático: “Si no vas a estar conmigo, es preferible que no nos saques de aquí. ¿Cómo sabré que estarás con nosotros y que verdaderamente nos has apartado de entre todos los pueblos de la tierra?” (33.15-16). A Dios le agradó esta forma de reaccionar y accedió, nada menos, que a “mostrar su gloria”, es decir, a dejarse ver, aunque no de manera plena (33.20). El pueblo ahora sabría que el Dios liberador seguiría estando con ellos luego de esta negociación en la que la propia libertad de Dios estaría salvaguardada. Vendría ahora una nueva versión de las tablas de la ley destrozadas por Moisés (34.1-10) y un reforzamiento de la alianza.

Dios se compromete a estar siempre presente

La calidad moral y espiritual requerida para el liderazgo del pueblo de Dios aparece claramente en la figura de Moisés. Él, luego de esta ardua negociación con Yahvé lo reconoció como un Dios “fuerte, misericordioso y piadoso; lento para el enojo y grande en misericordia y verdad; que guarda misericordia a millares, que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado, y que de ningún modo tendrá por inocente al malvado… (34.6b-7a). La alianza se refuerza mediante un esfuerzo divino-humano de acercamiento gracias a la disposición encontrada por el propio Dios para acatar su voluntad. La mediación humana de Moisés proporcionó también un espacio de gracia para tratar con la magnificencia y la santidad de Yahvé y, así, atenuar los riesgos de la destrucción del pueblo.

El éxodo continuaría así, a través de una etapa de profundización de la alianza que funcionó mediante una cadena de advertencias acerca de las obligaciones rituales y morales del pueblo. Debería surgir entonces, una suerte de “ética colectiva” que le aseguraría al pueblo la posibilidad de seguir tratando con Dios en medio de las nuevas circunstancias históricas. La capacitación espiritual y política del pueblo se pondría a prueba, más tarde, de diversas maneras en coyunturas inesperadas y que mostrarían, progresivamente, el tipo de relación que Dios esperaba mantener con el pueblo.

Conclusión

La figura de Moisés, rescatada y subrayada por la carta a los Hebreos (11.24-28), se ubica en la historia del pacto como determinante para canalizar, al mismo tiempo, las esperanzas humanas y los propósitos divinos, una relación que implicó enormes dificultades de conciliación pero que en la historia posterior al éxodo fue mostrando su desarrollo e implicaciones. Dios iniciaría, así, el camino de la permanente fidelidad al pacto que hizo con el pueblo. En medio de la historia que vendría después, el Señor mostraría siempre su amor hacia el pueblo, aun cuando éste lo desobedeció muchas veces. Pero la alianza no se quebrantaría nunca debido a la insistencia del propio Dios en mantenerla vigente a cada momento. Esa gran lección de fe sigue activa para su iglesia hasta la fecha gracias a la intermediación de su Hijo Jesucristo y es motivo de confianza permanente.

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