Génesis 26

Leopoldo Cervantes-Ortiz

| May 14, 2018

“Voy a hacer que tus descendientes sean tan numerosos como las estrellas del cielo. Por medio de ellos bendeciré a todas las naciones de la tierra, porque Abraham me obedeció y cumplió con todo lo que le ordené”.

Génesis 26.4, Traducción en Lenguaje Actual

Trasfondo bíblico

Si se practicara una interpretación de la historia bíblica de salvación, seguramente se descartaría sin muchas consideraciones la participación femenina. Comenzando desde los “errores” de la primera mujer, siguiendo con Sara y Agar, y siguiendo con Raquel, Tamar, Rahab, Ruth, Débora, Ana, Abigaíl, Betsabé o la esposa de Job, pasando por Jezabel, Ester y llegando hasta María. Se podrían señalar a cada paso las marcas de una visión casi siempre dominada por estereotipos, pues únicamente se ha querido ver en las mujeres los extremos de su vida y acción en el ámbito de la fe. O son heroínas celebradas ampliamente, o se trata de presencias incómodas cuyas pasiones pusieron a la salvación al borde del fracaso. Esta manera de entender los sucesos bíblicos sería la predominante si no se hubiera escrito la genealogía de Jesús, en donde Mateo incluye a algunas mujeres en episodios claves de dicha historia. Y es que pasaje en cuestión (Mt 1.1-17), al mencionar los nombres de Tamar (v. 3), Rahab (v. 5), Betsabé (v. 6) y María (v. 16), produce una serie de asociaciones o historias subsidiarias de la historia mayor. Ello con el propósito de incorporar estas vidas en un plan maestro que, sólo al ser visto como una unidad, arroja un panorama completo de la acción de Dios en el mundo para la redención.

Lecturas contradictorias de la historia de la salvación

En algunos matrimonios bíblicos, como el de Isaac y Rebeca, parecería que su acción como pareja no complicaría demasiado la historia, pues él aparece casi como una repetición o caricatura de su padre y ella prácticamente como una especie de adorno. Con todo, en Génesis 26, él recibe las promesas de Yahvé de una manera similar a la de su padre. Ya inmerso en la vida cotidiana, el v. 7 plantea de inmediato una situación muy similar a la de la vida de Abraham, pues él miente al decir que es su hermana para no ser objeto de la violencia en su contra. Naturalmente, él pensaba en sí mismo y, ya siendo portador de la promesa, no fue capaz de asimilar una manera de ver las cosas que permitiera asegurar la vida de su esposa. A pesar de todo, las circunstancias le permitieron experimentar desde la cotidianidad la bendición divina, pues Abimelec fue más justo que él al proveer una protección que él no imaginó (v. 11). Cuando Isaac prospera, gracias a esa protección, recibe la orden de dejar ese lugar. La prosperidad lo persigue, después, al abrir unos pozos (vv. 18-23) y nuevamente debe dejar el lugar.

Luego de estas experiencias, nada ligadas a una misión específica por parte de Dios, en el v. 24, Yahvé se le aparece e Isaac va a renovar su compromiso con él. La presencia de Yahvé es la que le permitirá un nuevo pacto con Abimelec para salir de las dudas sobre su seguridad, pues estaba prácticamente en manos de ellos. El capítulo termina con las noticias acerca de un nuevo matrimonio, el de Esaú: ahora se complicarían las cosas, pues el texto es muy elocuente acerca de la relación de las esposas de Esaú con sus suegros: “fueron amargura de espíritu” para ellos (v. 35). Las dimensiones escondidas de una afirmación así plantean la forma en que la cotidianidad o la vida privada es un espacio que no fue visto con desprecio por los narradores de la historia de la salvación. Aunque miles de parejas que rodearon los acontecimientos bíblicos no salen a la luz, sus problemas no dejaron de ser enunciados, así sea colateralmente.

Priscila y Áquila, un matrimonio con misión

Un caso diferente es el que aparece aludido en Hechos 18. Se trata de la pareja formada por Priscila y Áquila. Amparo Lerín resume así su historia: “Priscila o Prisca es judía natural de Ponto en el Asia Menor. Por su trabajo misionero y su trabajo secular (artesana de tiendas) viajaba mucho. Fue la fundadora de iglesias domésticas más eminentes. Extendió el evangelio junto con Áquila, con quien pastoreaba una iglesia en su casa. En algún momento ella y Aquila vivieron en Roma, pero fueron expulsados con otros judíos convertidos y se refugiaron en Corinto (Hch. 18:2) lugar donde conocieron a Pablo, viajaron a Éfeso con él y nuevamente regresaron a Roma. Tanto en Roma, Éfeso, y Corinto la casa de Priscila y Aquila fue una casa donde se reunían los cristianos a adorar y recibir enseñanza. Priscila y Aquila eran misioneros itinerantes”.

Al igual que Pablo, Priscila era cristiana judía, misionera itinerante, financieramente independiente de cualquier iglesia local, vivía de su negocio junto con Aquila. Dado que normalmente se mencionan a Priscila y Aquila juntos, se presupone que estaban casados, aunque la tradición paulina no dice nada al respecto, pero el libro de Hechos lo da por sentado (Hch 18.2). Hay que resaltar que cuando se cita a ambos se pone varias veces el nombre de Priscila en primer lugar, esto quiere decir que Priscila tiene mayor liderazgo, y reconocimiento de Pablo y preponderancia que Áquila, ya que se acostumbraba poner primero el nombre del esposo y después el nombre de la mujer.

Priscila tuvo mucha autoridad en la enseñanza. Ella fue maestra de teología del sabio Apolo, decidió enseñarle con claridad las enseñanzas de Jesús (Hch 18:26). Lo que es más sorprendente aún es que Apolo, sabio de Alejandría dejara que una pareja donde la mujer tenía mayor prominencia le enseñara. Esto demuestra que Priscila tenía mucha capacidad y autoridad dentro de su comunidad, y la disponibilidad de los varones para dejarse enseñar y liderar por mujeres.

Conclusión

Los diversos matrimonios que aparecen en la Biblia ejemplifican la forma en que hombres y mujeres contribuyeron al desarrollo de la historia de la salvación. A cada paso podían sumarse debido a sus capacidades para aportar su visión complementaria al avance de la obra de Dios en el mundo. Dado que esa historia continúa, los matrimonios de hoy deben seguir participando en los logros de la misión al servicio del Reino de Dios.

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