I Juan 2.7-17

Leopoldo Cervantes-Ortiz

| March 5, 2018

ENCARNACIÓN, AMOR Y SALVACIÓN EN LAS CARTAS DE JUAN (I Jn 2.7-17)

Sólo el amor convierte en milagro el barro.

Silvio Rodríguez

Aquel que ama más su sueño de una comunidad cristiana que a la comunidad cristiana misma, se convierte en destructor de toda comunidad cristiana, por más honestas, serias y abnegadas que sean sus intenciones personales.

Dietrich Bonhoeffer

Trasfondo bíblico

Las cartas que llevan el nombre de Juan dan fe de la manera tan exigente con que las comunidades ligadas a la herencia espiritual del “discípulo amado” asumieron el compromiso con el Evangelio de Jesucristo. Su base fundamental, a contracorriente de las tendencias ya presentes de rechazar la encarnación del Hijo de Dios en el mundo, fue precisamente afirmar con gran intensidad la presencia efectiva de lo humano en la persona de Jesús. Este énfasis, punto de partida para una práctica sostenida del amor y de la solidaridad del prójimo, produjo una reflexión que se orienta hacia una fuerte crítica del “idealismo eclesiástico”. Desde esta postura a veces se busca en las comunidades cristianas la perfección que no se encuentra en el mundo. Como señala James Wheeler, el tema central de I Juan es “la relación entre el amor al hermano y la fe en Jesucristo encarnado”.

Un discurso característico

Sólo quienes han experimentado el impacto del Hijo de Dios presente en el mundo pueden ser capaces de trasladar dicho impacto a la reconstrucción fraterna de la humanidad. El rechazo al mundo, que intensamente se presenta en extrema oposición con el amor al Padre, se presenta como la continuidad de un rechazo al amor de Dios encarnado plenamente en Jesucristo. El estudioso mexicano Raúl Lugo resume parte del conflicto exterior e interior de estas comunidades:

Una conclusión importante y universalmente aceptada, es que la literatura joánica muestra la crisis del diálogo de los creyentes con el mundo cultural helenista. La cultura filosófica griega padecía una especie de rechazo instintivo hacia ciertas verdades cristianas fundamentales (Hch. 17.16-33). De manera particular, la literatura joánica parece reaccionar contra una interpretación pregnóstica [una corriente religiosa de la época] que despreciaba la encarnación del Hijo de Dios y miraba con cierto desprecio el humilde compromiso concreto traducido en amor a los hermanos más pequeños.

Este discurso práctico y espiritual fue lo que caracterizó profundamente a este conjunto de comunidades que experimentó en los hechos el nacimiento, la muerte y la resurrección de Cristo como parte de una historia que las enfrentó conflictivamente a otras comunidades. Y, por supuesto, también al mundo, pues éste, dadas las estructuras con que funcionaba, no permitía que la práctica del amor fuera algo generalizado. Estas iglesias no se hacían muchas ilusiones sobre su futuro, pues sabían muy bien que habían surgido en medio de momentos conflictivos, aun cuando eran dirigidas por Dios mismo. Fueron ellos quienes comprendieron mejor que la mayoría los aspectos que debían caracterizar a una auténtica iglesia.

El biblista estadunidense Raymond Brown (1928-1998) fue muy claro cuando señaló que estas comunidades enfrentaron polémicamente las tendencias divisionistas debidas, sobre todo, al rechazo de la encarnación de Jesús. Finalmente, tuvieron que desaparecer luego de dos o tres generaciones de creyentes consolidados en las enseñanzas del Discípulo Amado: “La muerte de las grandes figuras de la primera generación (apóstoles o no), que vieron al Jesús terreno o resucitado, no debilitó la confianza de la comunidad en la exactitud de sus concepciones que no se vinieron abajo ni con la muerte del Discípulo Amado”. Confesar a Jesús como el Hijo de Dios manifestado en la historia y en la carne era la puerta de entrada para una nueva práctica capaz de generar formas nuevas de convivencia, lejos del idealismo exacerbado y del pesimismo sin sentido.

El amor vivido en “comunidades de carne y hueso”

Existe una relación muy clara entre las exigencias comunitarias de la existencia de la Iglesia y la condición humana, puesto que, si la primera está formada por personas que participan del mundo y sus estructuras y prácticas, éstas influirán de manera determinante en la integración a la nueva humanidad instaurada por Jesucristo. Sociológicamente, la Iglesia es un conjunto más de personas cuya presencia en el mundo se justifica por las razones que conforman a cada comunidad. Las iglesias únicamente pueden presentar como razón de ser el amor de Dios manifestado en Jesucristo y deben tratar de mantenerlo en medio de un mundo que se mueve sólo a partir de intereses expresados honestamente desde sus mismas bases. Por ello, como recuerda Wheeler, las iglesias juaninas llegaron a conclusiones muy sólidas sobre la presencia o ausencia del amor divino entre ellas: “El amor de Dios hacia nosotros es un amor que engendra prácticas de amor entre nosotros, y si no existe tal práctica el amor que Dios nos tiene no está en nosotros. A su vez, el amor nuestro a Dios sólo es posible y se verifica en nuestro amor al hermano. Si no existe el amor mutuo, entonces el amor a Dios es un mero decir (I Jn 4.20)”.

La encarnación del amor de Dios en Jesús no era simplemente una doctrina que todos los miembros de la comunidad debían aceptar, sino que debía ser vista como el motor moral para situarse de otra manera ante el mundo, la comunidad misma y las demás comunidades, y este orden ni siquiera es jerárquico, pues se dio y se da al mismo tiempo. “Queda muy claro cómo un Jesucristo desencarnado es un justificativo ideológico encubridor de la falta de compromiso con el hermano; y cómo un Jesucristo encarnado es un móvil para la ética del amor y no mera proyección ideológica” (J. Wheeler). Nunca existió, existe ni existirá la iglesia perfecta, como no existen la familia ni la sociedad perfecta. En las comunidades juaninas todos estaban aprendiendo a ser discípulos y hermanos, en igualdad de circunstancias, de ahí que la exhortación tan firme de I Jn 1 y 2 se dirija a los integrantes del grupo y se asocie la idea de “estar en la luz” a una forma de vida comunitaria contracultural que golpeaba de frente a “las tinieblas”. La falsa superioridad de quienes decían que ya no podían pecar (I Jn 1.8) es contrarrestada por un llamado al reconocimiento de la realidad del pecado en la vida humana y a la grandeza del perdón de Dios en Jesucristo.

Conclusión

A partir de I Juan 2 se plantea la necesaria prueba visible del amor de Dios en la comunidad, un espacio de gracia y verdad dirigido por el Espíritu que podía ser alentador para todos, pero igualmente sin falsas ilusiones. La convivencia en la comunidad hace que cada integrante conozca las tendencias de los demás, como en una auténtica familia. Contra esas tendencias el amor, con un realismo a toda prueba y en busca de la consonancia con el nuevo mandamiento evangélico de Jesús, debe colocarse por encima de nuestros temperamentos y orientaciones para hacerse visible y caminar por el sendero de la luz. ¿Encontraremos alguna vez la iglesia perfecta? ¡Jamás! Pues estamos “condenados” a vivir, siempre, en medio de una sociedad imperfecta y siempre perfectible también por la obra de Dios en Cristo. En cada uno de nosotros inicia el cambio.

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