Jeremías 32.1-22

Leopoldo Cervantes-Ortiz

| January 22, 2018

Dios nos promete que en este país volveremos a comprar casas, terrenos y viñedos.

Jeremías 32.15

Trasfondo bíblico

Acaso la contradictoria y paradójica experiencia de Jeremías frente a la tragedia que experimentó su pueblo pueda ser hoy una especie de consigna para lo que vivimos: en medio de la vorágine que le tocó vivir, al mismo tiempo que anunciaba las consecuencias de la desobediencia a Dios del pueblo y los gobernantes, compró un terreno (32.8) en consonancia con las palabras divinas que había recibido: “Edificad casas y habitadlas; y plantad huertos y comed del fruto de ellos” (32.15). Ante el final inevitable del régimen que gobernó a su nación, el profeta se aferra a la esperanza en la actuación de Dios en el mundo.

Esperanza contra esperanza: la experiencia de Jeremías ante la tragedia

Así resume el pensador brasileño Rubem Alves (1933-2014) la actitud esperanzadora de cara a la tragedia que se acercaba para el pueblo de Israel:

Jerusalén fue sitiada. Desde un punto de vista realista, ninguna esperanza de liberación era entonces posible. En este momento, cuando ninguna mente sana hubiera podido ser capaz de hacer planes para el futuro, Jeremías compró un terreno. ¡Qué inversión tan inoportuna y absurda! Obviamente: pero el propósito de su acción no fue económico, sino simbólico y profético. Tan sólo un hombre totalmente comprometido y convencido de sus esperanzas hubiera sido capaz de semejante cosa. “Todavía se comprarán casas y campos y viñas en esta tierra”, anunció (32.15). ¡Qué extraño personaje este Jeremías! Rechaza por igual las ilusiones de los revolucionarios de una rápida solución, como la desesperanza de cuantos ya no ven futuro alguno posible. Ni se convierte en profeta de la revolución, ni en sacerdote defensor del statu quo, ni siquiera en gurú que cumple el ceremonial que sublima la creatividad. En la cautividad, mantiene viva su esperanza.

Todo esto fue así porque para la perspectiva bíblica de fe es fundamental conservar y promover la esperanza, porque sin ella podemos desembocar en el cinismo más negativo o en la desesperación sin alternativas. Puede uno quedar diluido en la nueva situación, absorbidos por ella, o seremos devorados por la locura. Ante ello, se impone también una nueva definición de la esperanza, una manera de pensar y actuar acerca de ella que la recicle y la empuje hacia una visión de las cosas, las que están por terminar y las que están por empezar. Así la describe Alves:

Es el presentimiento de que la imaginación es más real y que la realidad es menos real de lo que parece. La esperanza es la convicción de que la abrumadora brutalidad de hechos que la oprimen y la reprimen no ha de tener la última palabra. Es la sospecha de que la realidad es mucho más compleja de lo que el realismo quiere hacernos creer; que las fronteras de lo posible no quedan determinadas por los límites de lo actual, y que, de una forma milagrosa e inesperada, la vida está preparando el acontecimiento creador que abrirá el camino a la libertad y la resurrección.

Cada cierto periodo de tiempo, ante circunstancias que proporcionan nuevas posibilidades, es posible ser testigos de cómo la esperanza se concentra en personas y situaciones. Como escribe Samuel Escobar, citando al teólogo reformado francés Jacques Ellul (1912-1994):

La frase de Saramago “Otro mundo es posible”, utilizada también por varias personalidades y movimientos en todo el mundo, me ha recordado unas palabras del gran teólogo reformado Jacques Ellul en su obra magistral Présence au monde moderne (1948) acerca de la presencia cristiana para la preservación del mundo. “Estamos como prisioneros de dos necesidades que no podemos alterar: por una parte, es imposible para nosotros hacer que este mundo sea menos pecador, por otra parte, es imposible para nosotros aceptar el mundo tal cual está. Si rehusamos cualquiera de estas dos realidades no estamos aceptando de veras la situación en la cual Dios nos ha colocado. Él nos ha enviado al mundo, y así como nos vemos envueltos en la tensión entre el pecado y la gracia, así también estamos envueltos en la tensión entre estas dos demandas contradictorias” (Traduzco de la versión inglesa, p. 17).

La alternativa de la esperanza: un nuevo pacto (Jer 31)

Dentro de una dinámica muy precisa dentro de la fe bíblica (es decir, la forma en que se interpreta la aparición y actuación de Yahvé en la historia humana), Jeremías propone una alternativa que se desarrollará solamente en el futuro. “En aquel tiempo”, esto es, en un futuro cuya fecha no es precisada aún, Dios hará un reajuste en su trato con Israel: se hará presente a todo el pueblo para superar el viejo esquema, anquilosado por el tradicionalismo. “Yo seré por Dios a todas las familias de Israel, y ellas me serán a mí por mi pueblo” (v. 1). Se anticipa un cambio de condiciones, todo ello expresado en un lenguaje poético, propio de la pedagogía de la esperanza, porque la esperanza debe educarse, modularse, aprender a expresarse: “Con amor eterno te he amado; por tanto, te prolongué mi misericordia” (v. 3b). El propio Dios se encarga de delinear los rumbos de esta nueva situación. La palabra mágica hace su aparición por fin: “Esperanza hay también para tu porvenir, dice Jehová y los hijos volverán a su propia tierra” (v. 17). Ciertamente, la promesa de la tierra sigue firme y con base en ella se lanzan otras posibilidades de vida.

Pero lo verdaderamente nuevo, además del lenguaje permanentemente en futuro (porque es allí adonde habita la esperanza siempre), es el nuevo horizonte que atisba el profeta: “Tendré cuidado de ellos para edificar y plantar” (v. 28). La gran novedad es nada menos ¡que un nuevo pacto!, es decir, nuevas condiciones para el trato y la conducción del destino del pueblo. ¿Esto significa que Dios se corrige por haber fallado? ¿O se trata solamente de la afición profética por las novedades? La situación exigía nuevas condiciones espirituales, teológicas y sociales para retomar el rumbo de la fe. Por lo tanto, la propuesta de Jeremías es justamente la que las circunstancias requerían, pero con una salvedad difícil de aceptar. Un nuevo pacto requería, obligatoriamente, un nuevo pueblo (en términos de otra generación), una nueva actitud (marcada por la disposición a cambiar de cánones religiosos, rituales y operativos, propios de un cambio de época) y una nueva manera de vivir (sujeta a los avances del propio Dios en la perspectiva didáctica en que seguía conduciendo al pueblo).

La esperanza en este nuevo pacto obligaría al pueblo a transformar sus hábitos, costumbres y mentalidades: a dejar a un lado, en primer lugar, la perspectiva sacrificial y la apatía e indiferencia que les hacía depositar su responsabilidad espiritual en la casta sacerdotal. El antiguo pacto fue invalidado por el pueblo, no por Yahvé (v. 32); la nueva situación implicaría que el viejo pacto no alcanzó a cumplir sus objetivos debido a la escasa receptividad del pueblo. La ley ahora estará en la mente y en el corazón (v. 33) y se superará el esquema de lo sagrado y lo profano, del sacerdocio y el laicado: “Nadie enseñará a su prójimo […] y todos me conocerán, desde el más pequeño hasta el más grande” (v. 34): ¡es la apertura de la teología a los laicos!, diríamos hoy, pues es como si la llamada “educación cristiana” pasara a convertirse en “educación teológica” para todos los miembros de la iglesia.

Conclusión

Pero no hay que soñar demasiado, dice Jeremías: basta con que el pueblo se preocupe y se interese por conocer bien a su Dios. Dios, conocimiento, fe, acción: todos los elementos de una sana práctica y una buena doctrina para superar los estrechos límites de la educación religiosa de línea sacerdotal, es decir, abandonada a los intereses y orientaciones de otros, en cuyas manos estamos presos. La esperanza, entonces, adquiere un adecuado perfil teológico, en el mejor sentido del término, tal como la aplicaría Pablo después, ya en los inicios del cristianismo (Col 1.3-6). Siempre que un pueblo renueve sus horizontes de vida podrá acercarse a las promesas de Dios y anticipar su cumplimiento en los momentos precisos.

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