Jeremías 7.1-20, Juan 8.31-47

Leopoldo Cervantes-Ortiz

| October 22, 2018

…pero no se dejen engañar por los que les prometen seguridad simplemente porque aquí está el templo del Señor. Ellos repiten: “¡El templo del Señor está aquí! ¡El templo del Señor está aquí!”. Pero seré misericordioso únicamente si abandonan sus malos pensamientos y sus malas acciones, y comienzan a tratarse el uno al otro con justicia…

Jeremías 7.4-5, Traducción en Lenguaje Actual

Trasfondo bíblico

La celebración de lo acontecido en la Reforma Protestante es un asunto de fe y espiritualidad, relevante para todo el cristianismo, porque se colocó en el centro del debate la necesidad de actualizar la fe para estar a la altura de los tiempos. Antes de esa fecha y después, nunca faltaron los impulsos que insistían en subrayar que la Iglesia no podía quedarse siempre como estaba, es decir, acostumbrarse a los usos y costumbres de la época para obtener beneficios y privilegios ajenos a su misión fundamental. De ahí que los y las reformadores de todas las épocas, en el espíritu profético de Jeremías, atendieron el llamado del Señor para enfrentar los lineamientos establecidos por los gobiernos y los liderazgos religiosos y tratar de refrescar la mirada sobre lo que verdaderamente era la voluntad de Dios para su tiempo. Así como Jeremías lo entendió en momentos tan difíciles para su patria, los hombres y mujeres insatisfechos con la situación de sus comunidades e iglesias, lanzaron proclamaciones, proyectos y programas que buscaban sentar las bases de un nuevo inicio en sus relaciones con Dios y con el mundo.

Celebrar las reformas de la Iglesia cristiana…

Los llamados pre-reformadores intuyeron, en medio de las imposiciones papales y de los nobles en el poder, que el modelo predominante de Iglesia y de espiritualidad requería adecuaciones para que en las circunstancias cambiantes pudieran aplicarse lo más posible las enseñanzas del Nuevo Testamento. De ahí que muchas veces se apartaron de los espacios culturales más influyentes para buscar, en una práctica comunitaria, el rescate de los valores espirituales originales de la fe cristiana. No siempre lo consiguieron, pero su esfuerzo adquirió un impulso extraordinario que inspiró las luchas que vendrían más tarde.

La voz de Jeremías se alzó para denunciar, desde el templo mismo (7.1-20), la forma en que los caminos del país se habían apartado de los designios de Dios. La espiritualidad centrada en un espacio físico consagrado al culto y al sacrificio hacía que se presentara un doble juego entre el poder, el sacerdocio y el pueblo. A la construcción de un santuario que centralizó la devoción popular, le siguió la instalación de un clero que, en vez de servir como intermediario ante Dios, funcionó como un gremio burocrático que le debía mayor lealtad al poder monárquico. Como consecuencia, existió una especie de fingimiento en los tres espacios, pues a la orden vertical de mantener el culto como una rutina, el sacerdocio fungió como una clase social que únicamente buscaba su beneficio económico. La burocratización de la religión hizo que estos “funcionarios religiosos” relegaran la espiritualidad popular al plano de la superstición para atender las casi siempre riesgosas tendencias de la religiosidad popular. Por ello, Jeremías es, como lo serían los reformadores después, un defensor de la espiritualidad verdadera y no de la religiosidad externa.

Esta diferenciación entre espiritualidad y religiosidad es básica para entender los reclamos de la Reforma Protestante en el sentido de reinstalar en la sociedad una relación personalizada con Dios, ya no mediante la intervención de un sacerdocio visible sino de la responsabilidad individual de cada persona. Así, la explosión de la individualidad protestante en medio del comunitarismo católico desató una serie de transformaciones no sólo religiosas, que con el paso del tiempo contribuirían, incluso, para la conformación del perfil del ciudadano. Todo ello en medio de las nuevas condiciones sociales y políticas que vendrían. Pues el trato directo con Dios extendió e hizo posible que se entendiera la práctica cristiana de manera más horizontal, como algo no solamente posible para los “religiosos” sino para todo el pueblo creyente.

…es atender la acción del Espíritu en el mundo y la historia

De manera similar, en el Cuarto Evangelio (Jn 8.31-47), Jesús enfrentó a la estructura religiosa de su tiempo para devolver la libertad del trato con Dios a todos los creyentes. Y lo hizo desde la simplicidad del acercamiento sincero a Dios. Jesús de Nazaret fue un auténtico reformador religioso, teológico y social. Partiendo de la cultura de su época fue capaz de discernir la manera en que la diseminación de la voluntad de Dios podía romper los esquemas impuestos por la fuerza del poder a toda la población. Se dirá que, por ser el Hijo de Dios, dominaba la percepción general del ambiente espiritual de su época. Lo que sucedió con él, desde la perspectiva de este evangelio, fue que percibió la ausencia de profundidad en los proyectos espirituales impuestos al pueblo como consigna, pues para muchos estar bien con el poder era estar bien con Dios. Su rechazo a este despropósito ideológico lo llevó a enfrentar directamente el problema. Religiosamente, ya era un exceso aferrarse de tal manera a la tradición mosaica sin haber experimentado, en plenitud, la experiencia paradigmática del éxodo en nuevas situaciones. Espiritualmente, el pueblo no podía encontrar sustancia verdadera en las modas u orientaciones de otro clero dominado por un poder falso que no representaba legítimamente al pueblo. Y políticamente, no podía deberse fidelidad a un sistema que se basaba en la ignorancia del pueblo y en la aceptación incondicional a la sumisión a un gobierno extranjero.

Jesús puso en la balanza una fuerte crítica a los que controlaban la vida del pueblo al poner en tela de juicio el origen del poder religioso de los líderes judíos y el político de la Roma imperial. Así que su idea del gobierno divino no pasaba por las situaciones históricas que conoció sino por la autenticidad de un reinado que comienza por el único lugar en el que Dios desea gobernar: el corazón. Entendido éste como la interioridad humana que da cuenta de los valores universales que dirigen la vida y la proyectan hacia los propósitos del Señor. A todo esto, la tradición reformada y protestante en general le ha llamado el libre examen de la voluntad de Dios manifestada en las Sagradas Escrituras. Esa práctica ha de realizarse sin más intermediarios que el estudio ordenado y sistemático de la Biblia y sus doctrinas. Por eso, como bien recuerda el pastor e historiador francés Bernard Cottret en su biografía de Juan Calvino, los protestantes fueron vistos siempre como apasionados de la gramática y de la buena expresión, dada su pasión por entender de la mejor manera posible los textos sagrados.

Conclusión

La riqueza de la espiritualidad reformada, por lo tanto, no fue una invención de Calvino o de sus epígonos, sino que responde más bien a la continuidad que ha buscado con los postulados proféticos que atraviesan la Biblia de principio a fin en la lucha constante por oponerse a cualquier forma de absolutización de poderes. Muchos de ellos buscan sustituir al único designio de poder que subyace en el texto sagrado: una fuerza espiritual que, efectivamente, busca gobernar entre la humanidad, pero sin atentar jamás contra la libertad y la dignidad para establecer una relación de diálogo más allá de las estructuras de opresión e injusticia. Un ejemplo de ello es la historia de Job. El teólogo y pastor presbiteriano brasileño Zwinglio M. Dias ha demostrado hasta dónde hay que llegar como creyentes fieles a esta tradición para mantener la integridad del Evangelio en términos del poder, dentro y fuera de la Iglesia reformada. Para ello, cita directamente a Calvino:

Las Escrituras, al narrar los acontecimientos de Israel, enseñan que Dios, aunque nunca abandonó a sus iglesias, a veces destruyó el orden político establecido en ellas. Por consiguiente, no creemos que él esté vinculado a las personas de tal modo que la Iglesia nunca sea derrotada, es decir, que las personas que la presiden no puedan apartarse de la verdad. Abusaron tiránicamente de su poder y corrompieron el modo de gobernar la Iglesia instituida por Dios. Lo que sucede bajo el papado muestra que en el reino de Cristo se cumple lo que aconteció bajo la ley, a saber, que a veces la Iglesia se cubre de miserias y permanece oculta sin esplendor ni forma.

Mientras tanto, allí aún está presente la Iglesia, es decir, Dios tiene allí su Iglesia, aunque oculta, y la conserva milagrosamente. Pero de eso no se debe deducir que sean dignos de alguna honra; por el contrario, son más detestables porque, debiendo engendrar hijos e hijas para Dios, lo hicieron para el diablo y los ídolos.

Sugerencias de lectura