Jueces 2.1-10; Mateo 5.17-32

Leopoldo Cervantes-Ortiz

| February 10, 2017

FE CRISTIANA Y TRADICIÓN RELIGIOSA (Jueces 2.1-10; Mateo 5.17-32)

Mientras vivieron Josué y los líderes del país, los israelitas obedecieron al único Dios verdadero. Esos líderes habían visto las maravillas que Dios había hecho en favor de los israelitas. […] Murieron también todos los israelitas de su época; por eso los que nacieron después no sabían nada acerca del Dios verdadero ni de lo que él había hecho en favor de los israelitas.

Jueces 2.7, 10

Trasfondo del texto. Jesús y la tradición religiosa de su pueblo

Jesús de Nazaret no surgió de la nada: tuvo detrás de sí toda la tradición religiosa, teológica y espiritual de su pueblo. Era una tradición de lucha y conflicto por encontrarse verdaderamente con el rostro del Dios vivo y verdadero en medio de todas las circunstancias históricas. Cuando murió Josué, por ejemplo, se marcó el fin de la etapa heroica del antiguo Israel, pues ahora se aproximaba a rumbos marcados por nuevas formas de organización. La continuidad entre los patriarcas, caudillos y más tarde, el surgimiento de los jueces, no sucedió sin contratiempos. Los liderazgos no debían caracterizarse solamente por el carisma, sino también por su apego y obediencia a la ley divina. Moisés, en su papel de legislador, gobernante y profeta, enfrentó las crisis inherentes a su labor con una energía inusitada que mucho echó de menos el pueblo a medida que avanzaban los acontecimientos.

La conformación de una tradición de fe en Israel (lo que se denomina fe bíblica) incluyó toda una serie de creencias, memorias, rituales, prácticas y símbolos. Las diversas comunidades que aceptaban la fe en Yahvé era un conjunto social esparcido por buena parte del mundo conocido en la época de Jesús. Él mismo tuvo que conocer las virtudes y defectos de sus tradiciones y echar mano de las primeras para atreverse a desafiar a los defensores de la ortodoxia y proponer una nueva manera de encontrarse con Dios. Su continuidad y discontinuidad con Juan el Bautista se dio a conocer cuando sus acciones, gestos y milagros fueron más allá de la mera conexión con el mundo rural. Así, pusieron en entredicho lo mismo que habían planteado siglos atrás algunos profetas del siglo VIII como Amós, Isaías y Miqueas.

Aprender de los símbolos cristianos, no de las modas religiosas exteriores

Para proponer cambios al interior de una tradición, primero hay que conocerla bien y es algo que alguna vez propuso audazmente el escritor mexicano Fernando del Paso a las autoridades educativas: en este país deberían enseñarse los contenidos de las grandes tradiciones religiosas. Así, se cierra un círculo fatal: ni se conoce lo propio (lo bueno y lo malo), ni mucho menos lo de los demás. Se trata de un diálogo de sordos. Por ello, es preciso que entre nosotros hagamos el enorme esfuerzo de beber en todas las fuentes que nutren, o deberían nutrir nuestra fe e identidad: la Biblia, la historia del judeo-cristianismo, la del protestantismo y demás derivaciones.

Un elemento fundamental, en ese sentido, son los símbolos cristianos antiguos, llamados paleocristianos algunos de ellos. Mencionaremos tres de ellos: primero, el pez, que ahora se ve tan frecuentemente en las defensas de los automóviles; segundo, las dos primeras letras de la palabra Cristo en griego; y tercero, El Buen Pastor de las catacumbas romanas. Ya en el protestantismo, hay que echar mano de una consigna, el principio protestante, que consiste en enjuiciar proféticamente todo aquello que, con pretensiones de absoluto, intente suplantar las acciones de Dios, incluyendo las propias conductas y tradiciones protestantes.

Jesús y la tradición cristiana

Lo primero es ver a Jesús en sus relaciones positivas y negativas con las tradiciones de su pueblo. Él reforzó la autoridad de la Ley antes de cuestionar los usos a los que estaba sometida. Lo segundo es apreciar la forma en que la tradición cristiana es capaz o no de ser el vehículo adecuado para transmitir el mensaje propio de Jesús. Según John Leith, la tradición de Jesús de Nazaret es obra del Espíritu Santo. Pues como escribió Albert Outler,

Esta “tradición” divina, o paradosis, fue un acto divino en la historia humana, y es renovado y actualizado en el transcurso de la historia por obra del Espíritu Santo de Dios, el cual Jesús comunicó a sus discípulos en la última hora en la cruz El Espíritu Santo —”enviado por el Padre en mi nombre” (Juan 14.25)— recrea el acto original de la tradición (traditum) por medio de un acto de “tradicionización” (actus tradendi), y así la tradición de Jesucristo llega a ser una fuerza viviente que va a permanecer para darle a la fe el estímulo para responder y crear testigos actuales. Este actus tradendi es el que transforma el conocimiento histórico de un hombre acerca de Jesucristo —un evento ya sucedido— en una fe vital en Jesucristo: “¡Mi Señor y mi Dios!”.

De esta manera, los reclamos y aseveraciones sobre la tradición deben pasar también por los filtros del Nuevo Testamento. Con ello se podrá ubicarlos en su justa dimensión para que se comprenda bien el surgimiento de las diversas formas de comprensión del acontecimiento de Cristo (tradiciones) que conformaron al cristianismo desde sus inicios. Sólo así podrá aprenderse a dialogar con las diversas formas tradicionales cristianas.

Conclusión

El teólogo brasileño Leonardo Boff ha enumerado una buena cantidad de enfermedades eclesiásticas. ¿Cuáles serían, en nuestro caso, las tradiciones que caracterizan nuestro paso o influencia en la vida social? O dicho en otras palabras, ¿qué tradiciones enjuiciaría Jesús hoy en nuestro caso y pondría en evidencia para proyectar lo que debe mantenerse y transmitirse a las nuevas generaciones? Mencionaremos solamente algunas:

a) el divisionismo disfrazado de crecimiento eclesiástico

b) el moralismo hipócrita y vergonzante, sustituto de una ética veraz y consecuente

c) el dualismo (oposición absoluta entre dos realidades) enmascarado de exigencia espiritual

d) la enajenación religiosa, enemiga de la actitud liberadora genuinamente evangélica

e) el sectarismo presentado como pureza espiritual, que hace de las iglesias clubes selectos de difícil ingreso

f) el proselitismo encubridor del verdadero interés por las vidas presentes de las personas, llenas de problemas y urgencias

Ante un panorama como éste, es muy grande la responsabilidad en cuanto al legado cristiano que se enseña a las nuevas generaciones, pues de ello depende el rostro que tenga la fe de los creyentes en el presente y en el futuro inmediato. Es preciso ejercer la autocrítica en cada comunidad a fin de valorar que tan fieles son nuestras tradiciones (la mayoría no escritas) al momento de ser confrontadas con el Evangelio de Jesucristo. Seguramente mantendríamos muy pocas de ellas si es que deseamos hacer de nuestras iglesias espacios comunitarios de aceptación y fraternidad incondicionales.

 Sugerencias de lectura

  • Samuel Almada, “Aprendizaje y memoria para vivir la comunidad. Enfoques en Deuteronomio”, en RIBLA, núm. 59, pp. 7-14, claiweb.org/index.php/miembros-2/revistas-2#52-63.
  • Leonardo Boff, Iglesia: carisma y poder. Ensayos de eclesiología militante. Santander, Sal Terrae, 1982.
  • John H. Leith, Introduction to the Reformed Faith. Richmond, John Knox Press, 1985.
  • Fernando del Paso, “Religión y educación”, en La Jornada, 5, 16 y 17 de marzo de 2002, jornada.unam.mx/2002/03/15/020a1pol.php?origen=opinion.html.
  • Albert C. Outler, Christian Tradition and The Unity we Seek. Nueva York, Oxford University Press, 1957.