Lamentaciones 1

Leopoldo Cervantes-Ortiz

| January 15, 2018

FE, CRISIS Y ESPERANZA: LA EXPERIENCIA DEL PUEBLO DE DIOS

No hay un solo pecado

que ellos no hayan cometido;

¡castiga entonces su rebeldía,

como me castigaste a mí!

¡Ya es mucho lo que he llorado,

y siento que me muero!

Lamentaciones 1.22

Trasfondo bíblico

Un enorme desafío para todas las iglesias y creencias es sostener comunidades enteras adheridas a una sana esperanza de recuperación. La búsqueda de una fuente de esperanza es algo muy exigente para cualquier sociedad. La gente más necesitada encuentra, casi siempre, razones y motivos para superar las situaciones, incluso mediante soluciones “enajenantes”, como la inclinación a la fiesta y la concentración en esperanzas que pueden resultar falsas. El recurso bíblico de apegarse a la historia y buscar en ella el encuentro con el Dios liberador sigue siendo válido actualmente. En medio de los conflictos sociales, políticos y económicos, la lucha entre las diversas visiones produce mayores dificultades para encontrar maneras de recuperar y practicar la esperanza.

¿Cómo se construye la “experiencia espiritual” de un pueblo?

Una pregunta de este tipo reclama respuestas que vayan más allá de la manera tradicional en que se supone que opera la religión, porque lo que se conoce como “experiencia religiosa” es, en sí misma, una construcción social e ideológica que se transmite y se impone. Acostumbrados como estamos a creer que lo sagrado debe ser asumido por las personas para colocarlas en un mundo aparte, le damos, inconscientemente, la razón a la famosa frase que dice que “la religión es el opio de los pueblos”. En tiempos de crisis, las experiencias religiosas de las personas traen a la luz las profundidades de la mentalidad creyente, y se aprecia cómo se mueve, a veces, entre la magia y la devoción auténtica.

El “trabajo espiritual” con la gente para reconstruir la esperanza implica que se conoce suficientemente la historia de la salvación y la historia o el desarrollo de las coyunturas que las afecta directamente. Por ello, muchas comunidades cristianas han practicado consistentemente un análisis de la situación social que permita discernir adecuadamente “los tiempos y las sazones” de la voluntad de Dios en el mundo. “Discernir los tiempos” y leer la actuación de Dios en el mundo es un ejercicio espiritual ineludible que debe llevarse a cabo a partir de una conciencia sólida de las intervenciones de Dios en la historia. Fuera de esta plataforma, la influencia de los llamados “falsos profetas” en Israel resultó peligrosa para canalizar el rumbo espiritual del pueblo, pues lo único que hicieron fue crearles falsas expectativas.

Las “noches oscuras” de la fe y la existencia

Los albores del exilio fueron devastadores para el antiguo Israel, pues esa experiencia llegó para quedarse permanentemente en la vida de ese pueblo. Pocas personas como el profeta Jeremías atisbaron las características del desastre que vendría sobre el pueblo. Un relato incluido en su libro da fe de la manera en que asumió la posibilidad de vivir en “su” tierra: el cap. 43 narra cómo sus discípulos y amigos tuvieron que llevárselo a Egipto, literalmente a rastras. El profeta había crecido en medio de una comunidad de fe que creía firmemente en que la tierra que habitaban era una dádiva de Yahvé. Pero lo que Jeremías y el resto del pueblo no querían aceptar (aunque lo sabían perfectamente, porque la Ley lo afirmaba) era que la posesión de ese territorio estaba condicionada a su fidelidad a la alianza que habían llevado a cabo con su Dios. De modo que cuando se vino la invasión de Babilonia y los acontecimientos desencadenaron el destierro para una porción significativa del pueblo, tuvo que comenzar un largo y penoso proceso educativo para tratar de desligar la relación con Yahvé de la figura de la tierra.

A la destrucción del estado monárquico, del estado de cosas que Jeremías y su generación conocieron, siguió el exilio, la diáspora y el caos en la mentalidad religiosa de la sociedad. Surgirían nuevas maneras de asumir el trato con Dios, pero para ello el pueblo tuvo que afrontar la tragedia y la destrucción: la “noche oscura” de la fe y la existencia. De la oscuridad y el silencio brotaría una nueva vida espiritual, ya no centrada en lo externo sino en la genuina comunión con Dios. Lejos quedaron los años en los que Yahvé intentó conducir el destino de Israel de tal forma que pudiera hacerse realidad una comunidad distinta. La “noche oscura” del pueblo, su crisis más profunda, el abandono de la tierra prometida y el inicio de un camino nuevo, estaban llenos de elementos desconocidos. Las Lamentaciones de Jeremías fueron el primer paso, según Walter Brueggemann para procesar la crisis y la destrucción, pues expresan hasta qué punto la nostalgia golpeó el corazón del pueblo. Pues nada era capaz de calmar el dolor por la pérdida, tan grande fue el impacto de la confrontación con los designios de Dios propiciados por la situación a la que habían llegado el pueblo y sus gobernantes.

Como se pregunta José Antonio Pineda Sánchez al comentar el libro de Éloi Lecrerc, El pueblo de Dios en la noche:

¿Cómo encontrar todavía razones para vivir y para creer, en un mundo donde van desapareciendo los puntos de referencia y diluyéndose las instituciones religiosas? ¿Cómo hacerlo en el contexto de una crisis en la que la fe cristiana se ve rodeada de fuertes objeciones? ¿Cómo atravesar esta “noche de la fe” sin perder el ánimo? […] Desaparecieron, aniquilados, todos los signos de su elección. Jerusalén no era más que un montón de ruinas. El pueblo elegido, deportado, dispersado por el inmenso pueblo caldeo en medio de pueblos paganos, se veía reducido a la desnudez primera del ser humano. Ya no sabía en quien confiar. ¿Qué hacía Yahvé en semejante situación? ¿Cuáles eran sus designios? Ninguna respuesta. Sólo un silencio total, el abandono.

Conclusión

Sin tener de dónde sujetarse, el pueblo tuvo que retornar a lo esencial del pacto con Dios: sinceridad y disposición del corazón, autenticidad en el culto, apego a la Palabra divina. Era un regreso a la simplicidad del desierto, el lugar del verdadero encuentro con Dios y desde donde Él había planeado la liberación de la opresión. La aridez y la soledad se volvieron condiciones necesarias para retomar el camino, justo aquél que se había perdido cuando la brújula se perdió en las ambiciones caras y volátiles. Hoy, cuando se vislumbran y se viven ya tiempos difíciles, de prueba, duda y desolación, nuevamente es posible decirle al pueblo de Dios que éste se encuentra escondido en los espacios del sufrimiento. Más que nunca, sobre todo debido a la acción servicial, incondicional, de Jesucristo, se está atento a los vaivenes del ánimo, de la fe que amenaza con marchitarse, pero que siempre será restituida por la esperanza inquebrantable en su amor y su gracia. “Cuando Dios se calla en la historia del mundo es cuando hay que prestar la mayor atención. Pues es la hora en que quiere hablar al corazón de cada ser humano: ‘Por eso voy a seducirla; voy a llevarla al desierto y le hablaré al corazón’ (Os 2.16). Lo importante en esos momentos es saber escuchar con nuestro corazón la Palabra de Dios”.

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