Mateo 23.9

Leopoldo Cervantes-Ortiz

| June 25, 2018

No le digan padre a nadie, porque el único padre que ustedes tienen es Dios, que está en el cielo.

Mateo 23.9, Traducción en Lenguaje Actual

Trasfondo bíblico

Jesús promovió una mirada nueva sobre la paternidad de Dios y anunció la venida de un Espíritu que participaba de la naturaleza divina. Se trató de una experiencia profunda de fe que iba a contracorriente de los poderes de su tiempo: una de las grandes lecciones para nuestra época. A cada paso que daba, Jesús hizo escuchar a los discípulos las innumerables ocasiones en que se refirió a Dios como padre, con una confianza a la que no estaban acostumbrados. Ellos y ellas aprendieron a dirigirse al Creador con una familiaridad desconocida que los aproximó a la profundidad del amor de Dios desplegado familiarmente. Al afirmar tajantemente que su único Padre es Dios (Mt 23.9) les transmitió una gran seguridad en la acción de Dios en el mundo y en sus vidas particulares.

El nuevo rostro paterno/materno de Dios

La paternidad cariñosa del Dios-Padre, la compañía histórica del Hijo y la presencia renovadora del Espíritu serán una realidad siempre y cuando los cristianos, hombres y mujeres, abran los ojos a la novedad siempre en movimiento del Dios uno, vivo y verdadero, manifestado en una serie de historias humanas concretas, para hacer plena su oferta de salvación y dignificación. El discurso y la práctica de Jesús de Nazaret se nutrieron y fueron el resultado de su experiencia de la paternidad de Dios, de quien alcanzó su aprobación (“complacencia”, según la clásica versión Reina-Valera, Mt 3.17). Esta legitimación celestial de la obra de Jesús introdujo al mundo la posibilidad de relacionarse con Dios de otra manera, más cercana, en el marco de las nuevas condiciones propiciadas por la cercanía del Reino de Dios.

En Jesús, la realidad y el simbolismo de la paternidad divina “alcanza su grandeza insuperable y rompe todas las expectativas, adquiriendo una intensidad y una ternura que asombrarán y alimentarán para siempre a toda experiencia religiosa. En Jesús, la vivencia del Padre —la vivencia del Abbá— constituye el núcleo más íntimo y original de su personalidad. De ella, como de un centro vital, mana para Él una confianza sin límites que aún hoy hace inconfundible su figura. Confianza que, por otra parte, supo contagiar a los demás” (A. Torres Queiruga). Si el Dios de Jesús es tierno y afable, como consecuencia la praxis humana masculina debería imitarlo. Así surgiría incluso un nuevo modelo de la paternidad, lejos ya de las imposiciones culturales, pues en él se entrecruza también la imagen materna, a la que el propio maestro aludió en otro pasaje memorable, al comparar su cuidado por los habitantes de Jerusalén con el de la gallina que se desvive por sus polluelos (Mateo 23.37).

Paternidad y ternura divina

El gran estudioso del tema del Abbá, Joachim Jeremias, destacó muy bien las resonancias infantiles (ligadas al requisito indispensable para entrar al Reino de Dios: “ser como niños”, Mr 10.13-16) del lenguaje para dirigirse a Dios como “papá, papito”, como forma de apego al progenitor. Pero con una dosis enorme de audacia y radicalidad por la confianza adquirida con la divinidad, algo impensable en otras épocas. Los nuevos tiempos exigían formas distintas de afectividad paterna. Jesús muestra muchas veces el júbilo por esta nueva cercanía y la expresa en un canto que resume muy bien su experiencia: “‘¡Padre, tú gobiernas en el cielo y en la tierra! Te doy gracias porque no mostraste estas cosas a los que saben mucho y son sabios, sino que las mostraste a los niños. Y todo, Padre, porque tú así lo has querido’. Y dijo a los que estaban allí: ‘Mi Padre me ha dado todo, y es el único que me conoce, porque soy su Hijo. Nadie conoce a mi Padre tan bien como yo. Por eso quiero hablarles a otros acerca de mi Padre, para que ellos también puedan conocerlo’” (Mt 11.25-27, TLA).

Tanto esta afirmación como las que aparecen en el Sermón del Monte, en especial en 5.38-48, sobre el cuidado que Dios tiene por su creación, subrayan que Jesús entregó este símbolo a sus discípulos, es decir, a aquellos que deseaban dirigirse a Dios con espíritu sincero y espontáneo, más allá de cualquier fórmula. Y aun cuando él les enseña a orar de una manera distinta, como una nueva fórmula, la idea que transmite es que “Dios queda definitivamente revelado como paternidad entrañable, como esa fuente de confianza y ternura que alimentaba el misterio de Jesús y que se abre en adelante para todo hombre” (A. Torres Queiruga, énfasis agregado). Este teólogo español llama la atención hacia el hecho de que ni siquiera las mejores traducciones actuales logran transmitir la radicalidad de Jesús al llamar “papá” a Dios, pues a lo mucho se llega a traducir como “padre querido”. ¡Eso nos habla claramente del atrevimiento con que Jesús desveló el nuevo rostro de Dios para la humanidad!

Conclusión

Lejos de cualquier tipo de sentimentalismo, Jesús colocó la paternidad de Dios como la posibilidad efectiva de superar las formas externas de la religión, sometidas a formalismos y solemnidades que, en vez de acercar la figura de Dios, la han alejado sin remedio para muchas personas. Sin banalizar la paternidad divina, Jesús la ubica como la más sólida posibilidad de comunión y familiaridad con el Creador. Y advierte que experimentar a Dios como Padre es algo muy serio, que debe restringirse muy bien: “No le digan padre a nadie, porque el único padre que ustedes tienen es Dios, que está en el cielo” (Mt 23.9).

Sugerencias de lectura

  • Joachim Jeremias, El mensaje central del Nuevo Testamento. Salamanca, Sígueme, 1965 (Verdad e imagen).
  • Luis F. Ladaria, El Dios vivo y verdadero. El misterio de la Trinidad. Salamanca, Secretariado Trinitario, 1998.
  • Andrés Torres Queiruga, Creo en Dios Padre. El Dios de Jesús como afirmación plena del hombre. Sal Terrae, Santander 1986 (Presencia teológica, 34).