Ezequiel 2.8-3.1-7 / Apocalipsis 10.8-11

Leopoldo Cervantes-Ortiz

| August 26, 2019

Yo tomé el librito de la mano del ángel, y me lo comí.

Apocalipsis 10.10a, TLA

Pero hay otros libros que se escriben con la carne y la sangre del autor. Esos no son para ser leídos sino para ser comidos. “¡Come!”, fue la orden que el ángel dio al vidente de Patmos al entregarle un libro. Los libros escritos con carne y sangre hacen que la carne tiemble. Y precisamente, ese temblor de la carne es lo que nos dice que el libro que estamos leyendo fue escrito con la carne y la sangre de quien lo escribió.

Rubem Alves

 

Trasfondo bíblico

Dos veces en las Sagradas Escrituras se encuentra la orden divina de comerse un libro, de devorar y paladear el vehículo de la Palabra revelada y la palabra misma. En la primera de ellas, un profeta procedente de familia sacerdotal que comienza su labor en los inicios del exilio del pueblo de Israel en Babilonia, fue conminado a “comer” un rollo al mismo tiempo que era enviado a ese pueblo que ha sido rebelde para recibir el mensaje divino (Ezequiel 3.1-7). Las implicaciones de una acción de esta naturaleza van más allá del mero simbolismo aludido en otros pasajes bíblicos, como los salmos 19 y 119, que no dudan en utilizar metáforas sobre la comida para referirse a la exquisitez del sabor de la Ley. Aquí, las circunstancias son diferentes: luego de una profunda crisis espiritual, social y política, el hombre enviado por Dios debe afrontar, literalmente, aunque se trate de una visión, la degustación de un rollo que contiene la voluntad de Yahvé para un pueblo que estaba cautivo como castigo por su rebeldía. La condición sin la cual no era posible desarrollar su trabajo fue el acto mismo de comer ese rollo.

Una gran metáfora de la apropiación de la Palabra

El trato con los libros y el conocimiento emanado de ellos es tratado por otro libro de las Escrituras hebreas que se refiere a la dificultad de tratar con ellos, porque incluso afirma: “El mucho estudio puede llegar a ser fatiga de la carne” (Eclesiastés 12.12). La importancia de la lectura para acceder al mensaje divino, aun cuando ésta estuviera bastante restringida para la mayoría del pueblo, no lo eximía de la responsabilidad de apropiarse del contenido de los textos con familiaridad y profundo apego.

Ezequiel debía realizar ese acto simbólico para comprender los alcances del mensaje, de ahí la ambivalencia del sabor del rollo, pues al profeta le sabe a miel (3.3b), aunque su contenido era de “luto, de dolor y de tristeza” (2.10b). Justamente, él tendría que ser el intermediario entre esos dos extremos: por un lado, debía comprender a Dios, quien, en su afán pedagógico, estaba por dar al pueblo una serie de lecciones acerca del proceso de la historia de la salvación. Todo ello ya sin la existencia de un Estado, un territorio, un templo y un sacerdocio, lo cual no era poca cosa. Y por el otro, debía valorar muy bien el contexto con que la comunidad enfrentó este inmenso drama nacional. Como explica el biblista español José Luis Sicre: “Las amenazas externas y las revueltas internas fomentan en ellos la esperanza de que el castigo enviado por Dios sea pasajero; piensan que el rey Jeconías será liberado pronto y que todos volverán a Palestina. Lo que menos pueden imaginar es la destrucción de Jerusalén y el aumento del número de deportados”. Incluso hay quienes han discutido sobre la salud mental de Ezequiel al momento de recibir semejante encomienda: su amor por la Palabra divina no debía estar reñido con la comprensión del momento que vivía su pueblo. Se trataba de una situación extrema y potencialmente dañina para la fe si no se transmitía adecuadamente el mensaje anunciado.

“Comamos el libro”: una orden histórica y actual

Comer el libro hoy, como representó la repetición del acto simbólico para Juan, el vidente de la isla de Patmos (Ap 10.9-11), significa avanzar en la familiaridad con la Palabra divina, siempre con la disposición para responder a los desafíos históricos. La lectura de los signos de los tiempos a través del conocimiento de la Palabra divina es una exigencia que debe producir un discernimiento que no siempre tiene un rostro amable. El encuentro con las realidades históricas, muchas veces contradictorio, contrasta con la manera en que se aprecia el valor de las Escrituras en la vida cotidiana. Lo que en el nivel más grande puede resultar complejo para aceptar, dada la fuerza y la intensidad del mensaje profético, para el nivel más pequeño o comunitario puede ser de gran bendición y promesa.

Lo último que se ha mencionado era el caso del apóstol desterrado, quien vivió una experiencia similar a la de quienes fueron llevados a Babilonia, pero que, al escuchar la orden de comer el libro, también recibió el anuncio de lo que sucederá con su gesto profético. Era dulce, pero amargó su estómago, como si la digestión histórica fuera el aspecto más delicado del suceso. La visión histórica y simbólica de este apóstol lo coloca, igual que hoy y siempre, ante la disyuntiva de “disfrutar” del sabor de la Palabra, a sabiendas de su carácter dual: anuncio esperanzador para los fieles que aman la voluntad divina, pero denuncia profética sin concesiones para quienes se oponen a la actuación de Dios en la historia. Como en los casos de Ezequiel y Juan, muchas situaciones parecen repetirse, aunque las exigencias divinas siempre serán nuevas. “Comamos el libro” para alimentar nuestra fe y nuestra esperanza y no temamos afrontar el aspecto amargo de esta deglución, esto es, la necesidad de ser fieles a proclamar un mensaje que en muchas ocasiones lastimará los oídos de quienes no escuchan y son rebeldes a la voluntad divina.

El estudioso chileno Pablo Richard escribió al respecto:

Claramente el autor se inspira en Ez. 2.8-3.3 […]. Juan no debe solamente leer o interpretar la revelación de Dios, sino comerla, esto es, interiorizarla, alimentarse y saciarse con ella; la Palabra de Dios debe llegar a ser carne y sangre de su propio cuerpo. Esta revelación o Palabra es dulce en la boca, no obstante, amarga las entrañas: nuestro primer contacto con ella produce agrado o entusiasmo, pero cuando la interiorizamos nos exige soportar sufrimiento y persecución a causa de ella.

Conclusión

La acción simbólica de hacer que el rollo o el libro se integren al cuerpo de alguien representa la manera en que Dios espera que su pueblo de apropie de su mensaje, a fin de transmitirlo de la manera más fiel posible. Podríamos decir que se trata de una acción de bibliofagia (la necesidad de lectura constante), es decir, de la apropiación de las palabras divinas para conocerlas, amarlas, comprenderlas y compartirlas con quien fuera necesario. La orden del ángel al apóstol (“Tienes que anunciar los planes de Dios a la gente de muchos países, razas, idiomas y reyes”, Ap 10.11b) se ubica en la intención divina de hacer presente su mensaje en medio de la historia y así influir directamente para conducirla hacia su destino final.

El amor por un libro venido de Dios y cuyo contenido es posible que circule por la sangre de quien lo lee, gracias al acto ritual de la lectura, fue evocado con gran sensibilidad por el escritor y teólogo presbiteriano brasileño Rubem Alves (1933-2014), quien escribió así: “Cada libro es un sacramento. Cada lectura es un ritual mágico. Quien lee un libro escrito con sangre corre el riesgo de parecerse al escritor”. Tal profundidad en la lectura es parte de la empatía alcanzada con su autor y con su contenido. Eso mismo afirman los teóricos y los especialistas en la lectura como hábito cultural. Y eso espera Dios de cada persona que se acerque a su Libro Sagrado.

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