Génesis 12.1-9

Leopoldo Cervantes-Ortiz

| September 7, 2020

El Señor dijo a Abraham: —Deja tu tierra natal y la casa de tu padre, y dirígete a la tierra que yo te mostraré. Te convertiré en una gran nación, te bendeciré y haré famoso tu nombre, y servirás de bendición para otros. Bendeciré a los que te bendigan y maldeciré a los que te maldigan. ¡En ti serán benditas todas las familias de la tierra!

Génesis 12.1-3, La Palabra (Hispanoamérica)

Trasfondo bíblico

Todo comenzó en la ciudad de Ur de los caldeos, muy cerca de Babilonia, en lo que ahora es Irak, y en Jarán (actual Turquía). Algo más de 3 mil años antes de Cristo, un beduino de 75 años, cuya vida al parecer transcurría ya sin posibilidades de alguna sorpresa, escuchó la voz de Dios. Esa voz le ordenó dejar su ciudad, su familia y su patrimonio para ir a una tierra diferente, lejana, para hacer de él “una gran nación” y “ser bendición” a muchos pueblos. Así comenzó la aventura de la fe de Abram, a quien hoy cientos de millones de personas reconocen como su “padre en la fe” y cuyo nombre llevan tres de las principales religiones (judaísmo, cristianismo e islamismo, por orden de aparición). La primera remite sus orígenes a esa llamada ancestral que se pierde en la bruma de los tiempos. La segunda, siguiendo también los textos del Génesis (12-25), los reinterpreta a la luz de Jesús. Y la tercera, a partir del Corán. “Singular destino el de este hombre cuya historia.se pierde en la noche de los tiempos y que es para todos los que creen en un solo Dios el antepasado y el modelo de su fe” (Matthieu Collin). Las divergencias en la interpretación de su legado “están ahí para recordarnos que no llegamos a nuestros orígenes religiosos e históricos más que a través de la larga cadena de nuestras tradiciones respectivas” (Ídem).

Una gran historia de fe

La llamada divina y la respuesta positiva de Abram dieron inicio a una historia de fe que sigue hasta nuestros días. Sus condiciones vitales (anciano, sin hijos, alejado de su tierra, en medio de situaciones sociales muy complejas), tan lejanas a un ideal humano en el que supuestamente podría relacionarse mejor con Dios. Todo eso hizo de él un patriarca cuya autoridad moral y religiosa se acrecentaría con él tiempo, con todo y las enormes pruebas y conflictos que vivió. La respuesta de fe que el texto bíblico muestra como algo muy natural, representó un cambio radical de paradigma puesto que tuvo que abandonar las ideas y prácticas politeístas, además de que su concepción de los sacrificios también tuvo que mudar profundamente. Abram se convirtió en un migrante que siguió un camino donde se mezcló lo espiritual con un cambio radical en su vida y en el que fue descubriendo nuevas facetas de Dios como en el episodio en que le pidió a su hijo prometido en sacrificio (Gn 22). Ese episodio fue analizado profundamente por el filósofo danés Søren Kierkegaard (1813-1855) en el libro Temor y temblor (1843). Además, la apertura a otras tradiciones de fe y la afirmación de que los demás pueblos del mundo serían objeto de la bendición divina, no deben hacerse a un lado. Matthieu Collin hace un retrato magnífico con estos y más elementos:

Abraham se presenta además como el hombre de la intimidad con su Dios. El Señor lo llama a Jarán para que parta hacia otro país, se le aparece en Siquem, le habla en Betel, se compromete con juramento con él en Mambre, los tres mensajeros divinos se detienen en su casa y comen a su mesa. Abrahán, frente a Dios, se sitúa siempre en la obediencia y en la fe, parte sin vacilar basándose sólo en la palabra de su Dios (12.4). Y Dios mismo subraya y reconoce su fe (15.6). Puede decirse que este éxito, tan manifiesto en adelante en la dinastía davídica, se basa por entero en la docilidad y en la fe. Abrahán es también el hombre del culto, del servicio de Dios, constructor de altares, en donde Dios se le revela (Ídem).

La vida y experiencia de Abraham serían, también, un vehículo para la revelación divina:

Puede decirse igualmente que a través de Abraham es como mejor se revela el rostro de su Dios, un Dios que ya es un padre a quien hay que glorificar, según el significado probable del nombre mismo del patriarca Es Señor y actúa entre los hombres de manera soberana, pero también muy personal, en un dialogo incesante, es el Dios de la fecundidad que cierra y que abre el seno de la mujer y asegura la descendencia prometida tal como el la entiende, es el Dios de la promesa, el que conduce a Abrahán como conduce a Lot, el que da la tierra y la quita, es un Dios que ama a sus servidores.

La cotidianidad de Abraham, vehículo de bendición

Su vida cotidiana, como hoy lo puede estar la nuestra también, se “enredó” con los planes de Dios y fue capaz de vislumbrar, incluso en medio de la conflictividad familiar, cómo debía conducirse para ser fiel a las promesas divinas: “Se presenta finalmente a Abrahán como un jefe de familia, pensando una vez mas en David, podría decirse de el que es el antepasado de una dinastía, se muestra lleno de solicitud por su sobrino Lot y defiende a Ismael contra los manejos de Sara”.

La tradición antigua llegó al extremo de asociar su nombre al del propio Dios para referirse a Él como “Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob”, como una muestra del valor que se le asignó a la manera en que siguió la voz divina. El Nuevo Testamento habla de él en 75 ocasiones, casi tanto como de Moisés (80) y el propio Jesús se refirió al decir: “Abraham, el padre de ustedes, se alegró con la esperanza de ver mi día; lo vio y se alegró” (Juan 8.56). El contexto de estas palabras es muy complicado, pues Jesús relacionó su mensaje directamente con la fe de Abraham y cuestionó la forma en que se vivía e interpretaba su legado: “Ya sé que ustedes son descendientes de Abraham. Sin embargo, quieren matarme porque mi mensaje no les entra en la cabeza. […] Si fueran de verdad hijos de Abraham, harían lo que él hizo. Pero ustedes quieren matarme porque les he dicho la verdad que aprendí de Dios mismo. No fue eso lo que hizo Abraham” (Juan 8.37, 39b-40).

San Pablo lo presentó, en su carta a los Romanos, como un modelo de fe a seguir:

Hemos dicho que la fe le valió a Abrahán para que Dios le concediera su amistad. […] De esta manera, Abrahán se ha convertido en padre de todos los que creen sin estar circuncidados, por cuanto también a ellos Dios los restablece en su amistad. […] Por eso, la promesa está vinculada a la fe, de manera que, al ser gratuita, quede asegurada para todos los descendientes de Abrahán, no sólo para los que pertenecen al ámbito de la ley, sino también para los que pertenecen al de la fe de Abrahán que es nuestro padre común” (Ro 4.9, 11b, 16) (Ídem).

La carta a los Hebreos interpreta su historia mediante trazos ágiles y audaces: “Por la fe Abraham obedeció la llamada de Dios y se puso en camino hacia la tierra que había de recibir en herencia. Y partió sin conocer cuál era su destino. Por la fe vivió como extraño en la tierra que Dios le prometió, habitando en cabañas. Y otro tanto hicieron Isaac y Jacob, herederos de la misma promesa juntamente con él, que había puesto su esperanza en una ciudad de sólidos cimientos, cuyo arquitecto y constructor es Dios” (11.8-10).

Conclusión

Ésa es pues, la raíz originaria de la fe bíblica con la que se conecta y de la que debe beber todo aquel/la que se acerca a la fe a través de Jesucristo al contenido de las Escrituras antiguas. El Antiguo y el Nuevo Testamento se unifican al evaluar la herencia espiritual de alguien como Abraham, que fue capaz de escuchar, con unos oídos dispuestos y sensibles la llamada de Dios en la historia. En medio de una historia personal llena de monotonía y frustraciones, experimentó la posibilidad de una vida nueva y transformadora para él, para la gente cercana y para la posteridad, de la cual ahora formamos parte sus hijos e hijas espirituales. Esos lazos rebasan las fronteras espaciales y temporales, y guiados por el mismo Dios de Abraham pueden y deben seguir teniendo relevancia en nuestro tiempo.

geencias de lectura

  • Matthieu Collin, Abrahán. Estella, Verbo Divino, 1987 (Cuadernos bíblicos, 56).
  • Á. González Núñez, “Abraham”, en https://mercaba.org/Rialp/A/abraham.htm.
  • Søren Kierkegaard, Temor y temblor. Buenos Aires, Losada, 2003.