Hebreos 13.1-6, 15-16

Leopoldo Cervantes-Ortiz

| February 17, 2020

“QUE NO DECAIGA EL AMOR FRATERNO…”

Que no decaiga el amor fraterno. No echen en olvido la hospitalidad pues, gracias a ella, personas hubo que, sin saberlo, alojaron ángeles en su casa. […] Y no se olviden de hacer el bien y de ayudarse unos a otros (koinonías), pues esos son los sacrificios que agradan a Dios.

Hebreos 13.1-2, 16, La Palabra (Hispanoamérica)

Trasfondo bíblico

La perseverancia necesaria y los caminos derechos: con estos dos propósitos se ha resumido la enseñanza de la carta a los Hebreos en sus dos capítulos finales (Pedro Luiz Stringhini), siempre en el horizonte dominante del documento, la superación de los sacrificios antiguos mediante la obra redentora de Jesucristo. Sobre la perseverancia necesaria, la primera exhortación del capítulo 13 (“Que no decaiga el amor fraterno”) es un llamado a no dejar morir sino a intensificar lo que los creyentes de Roma ya practicaban. Es, pues, otra carta a los romanos que insiste en delinear un estilo de vida acorde completamente con lo que se espera de los seguidores/as de Jesucristo, el sumo sacerdote absoluto.

Amor fraterno y hospitalidad

Acerca de la rectitud en el andar, las indicaciones son muy concretas en el terreno de la hospitalidad (aceptación de los extraños y solidaridad con ellos/as), así como con los encarcelados y maltratados. Se trata de una agenda práctica que no olvida los aspectos morales que mezclan lo que algunos hoy llamarían el “activismo social” y la “piedad”. De ahí que la sobriedad conyugal (contrapeso a los excesos del mundo greco-latino) y económica sean parte del mismo paquete de preocupaciones pastorales en medio de una sociedad con costumbres relajadas que en términos morales abría la puerta a las prácticas más inimaginables.

La consigna sacrificial de 13.15 proyecta la fuerza de su significado al aplicarse precisamente a la práctica del bien hacer y de la koinonía, como resultado de una sana confesión de fe. “Así que en todo momento ofrezcamos a Dios, por medio de Jesucristo, un sacrificio de alabanza. Y no se olviden de hacer el bien y de ayudarse unos a otros, pues esos son los sacrificios que agradan a Dios”. Este resumen expresa muy bien la manera en que el autor espera que se superen los sacrificios judíos: el nuevo sacrificio de los creyentes ya no es cruento ni sanguinario, pues ahora el escenario continuo del mismo es la vida cotidiana, adonde se debe verificar que esos sacrificios parciales y ofrendas permanentes se realicen. El sacrificio que debe realizarse ahora no es otro sino la ofrenda de unos labios que bendicen su nombre, y no solamente mediante el ejercicio de la adoración musical, énfasis que en ocasiones se coloca por encima de los demás gestos y realizaciones concretas.

Podríamos decir entonces que Hebreos, siguiendo una rica tradición, entiende el “sacrificio de alabanza”, el “fruto” que alaba a Dios, en el orden de la fraternidad. Y la misma estructura de 13.15-16 parece reforzar este sentido.

Según la estructura quiástica del pasaje, “el fruto de los labios que alaban su Nombre” se identifica con “hacer el bien” y “vivir en comunión”. La expresión “práctica del bien” es única en el Nuevo Testamento, aunque podríamos encontrar un equivalente en “hacer el bien”, de Mr 14.7, donde habla claramente de la ayuda a los pobres. En cambio, koinonía es más común (Hch 2.42; Rom 15.6; 2 Cor 8.4; 9.13; 1 Tim 6.8, etcétera), y tiene siempre un sentido de comunión fraterna y solidaridad (también en Hebreos 10.34) (Víctor M. Fernández).

La fraternidad, fruto de la salvación

El amor fraterno, la hospitalidad, la solidaridad y la koinonía son valores que, puestos en práctica adecuadamente, pueden sustituir, nada menos, todo lo que se esperaba del pueblo de Dios en la antigüedad. El traslado de lo meramente religioso a la existencia cotidiana constituye una auténtica “des-ritualización” de la vida de fe capaz de romper el esquema de la intocabilidad e inaccesibilidad de lo sagrado para ser aterrizado en la práctica y desarrollar un nuevo modelo a partir de lo realizado por el único sumo sacerdote, Jesucristo. “…De una consagración […] que vale solamente para el sacerdote, hacia una consagración que vale para todo el pueblo (Heb 10. 14; I P 2. 4-10; Ap 5.10); de las puras prácticas exteriores, hacia un culto espiritual (Ro 12. 1; Heb 9.14: Cristo es capaz de realizar el culto espiritual perfecto; Heb 13.15: beneficencia y comunión (koinonía)” (V.M. Fernández).

Estamos, pues, ante el esbozo de un plan de acción extraído de la doctrina y que está en plena consonancia con la visión apostólica común del Nuevo Testamento: Pablo, Pedro, Santiago y Juan elaboran planteamientos similares que esperan del nuevo pueblo de Dios menos palabras y más acción. La insistencia en el fruto de la correcta confesión subraya la relevancia de la correcta práctica, como resultado de una buena comprensión de la doctrina, pues ésta no tiene otro espacio de aplicación más que la vida diaria, la convivencia comunitaria y la adecuada respuesta a la presencia de seres humanos distintos, pero iguales ante los ojos de Dios. El amor fraterno no puede ser una bella ficción o una hermosa teoría imposibles de llevarse a la práctica, por el contrario, debe ser una realidad permanente llevada a cabo por la comunidad cristiana portadora, en sus hechos, del mensaje del Reino de Dios.

Conclusión

Esta nueva mirada comunitaria, que unifica a los autores del Nuevo Testamento, obligaría a las iglesias de hoy a replantear sus prioridades en los objetivos de la misión global, integral o como se quiera llamar. “Cristo, el fin del culto como institución expiatoria, anunciado en el AT (Heb 10.5ss, 18) ha llegado ya. El nuevo culto de los cristianos conoce únicamente el sacrificio de alabanza: confesión de fe y diaconía (Heb 13.15s)” (J. Baehr). Los sacrificios antiguos tampoco podían sustituir la necesidad de una verdadera vida comunitaria en la que el amor fuera genuino para mostrar la acción de Dios en medio de ella. Con la aparición del sacerdocio absoluto de Jesucristo se volvieron relativos todos los esfuerzos rituales para mostrar la presencia de Dios. A partir de él, la práctica efectiva del amor sería la manifestación de dicha presencia en el mundo.

Sugerencias de lectura