Hechos 16.35-40, Filipenses 3.17-21

Leopoldo Cervantes-Ortiz

| September 9, 2019

Nosotros, en cambio, somos ciudadanos de los cielos y esperamos impacientes que de allí nos venga el salvador: Jesucristo, el Señor.

Filipenses 3.20

Trasfondo bíblico

La relación de los seguidores/as de Jesús de Nazaret con los poderes políticos no siempre fue la misma, pues experimentó una evolución que es posible rastrear en los documentos del Nuevo Testamento. Este proceso respondió a la experiencia vivida y a la forma en que los gobernantes de los diversos niveles reaccionaron ante el crecimiento del movimiento de Jesús. Las primeras comunidades cristianas debieron pasar por un proceso de profundo análisis y reflexión a fin de situarse adecuadamente ante las exigencias del poder imperial romano, que abarca todo el Nuevo Testamento. Desde el momento que comenzó a perseguirlas, la actitud cristiana ante dicho imperio fue de una gran resistencia espiritual que afrontó incluso el martirio cuando la situación fue más crítica.

Jesús y el poder político

La primera etapa de este proceso es la representada por el propio maestro, quien, como explica el biblista francés Oscar Cullmann (1902-1999), estuvo atenazado por la tentación cotidiana de los zelotes (guerrilleros judíos), por un lado, y la presencia insoportable de los legionarios romanos, por la otra, de modo que debió llamar la atención a quienes se oponían a dicha presencia.

Jesús debió ejercer una especial atracción sobre esta gente. Entonces comprendemos mucho mejor que tuviese que enfrentarse diariamente, por así decirlo, con la cuestión zelote. Y asimismo entendemos que el ideal zelote era la auténtica tentación para Jesús […] Al hablar de la actitud de de Jesús ante el Estado no debemos limitarnos, como es costumbre, al relato de Mr 12.23ss […], debemos partir más bien de la posición de Jesús ante los zelotes.

Como buen judío, Jesús no podía estar de acuerdo con la actuación de los representantes romanos en Palestina, por lo que su actitud hacia Herodes el tetrarca de Galilea y Poncio Pilato fue crítica y cortante, pues hay que recordar la manera en que se refirió al  primero (“esa zorra”, Lc 13.32a) y Además, no debe olvidarse nunca que Jesús fue condenado por los romanos “como zelote a morir en la cruz”.

Pablo de Tarso, ciudadano romano

Una segunda etapa cronológica en el trato con el Estado romano y sus autoridades acontece en el libro de los Hechos, cuando la iglesia comenzó a penetrar en otras regiones del imperio, como parte de un fenómeno de una mayor presencia del mensaje cristiano en las ciudades. Para tal fin, un arma que se menciona en el texto es la posibilidad de que algunos apóstoles poseyeran la ciudadanía romana, con lo que su trabajo misionero adquiriría una dimensión inesperada. Al rechazo inicial de la importancia de los gobernantes humanos le siguió una especie de aceptación de “mal necesario” que podían representar como parte de la estrategia para hacerse presentes en las diversas estructuras del imperio. Es el caso del extenso episodio de Hechos 16.16-40, cuando Pablo y Silas fueron encarcelados en Filipos bajo la acusación de promover el desorden y costumbres diferentes por ser judíos. Al ser apresados, Pablo debió recurrir al argumento de su ciudadanía (lo utilizará más tarde en 21.39 y, sobre todo, en 22.25-28).

El estudioso argentino Néstor Míguez explica así la estrategia paulina:

Pablo conoce el poder del Imperio y de sus protegidos, ya que eventualmente él mismo lo fue […]. Ahora ya no descansa en ese poder, sino que lo ha experimentado como adversario, lo padece. Pablo sabe que el Imperio puede, en tanto poder “del presente siglo malo” fácilmente aplastar una revuelta de esclavos, diezmar una nación, aniquilar a sus enemigos, y aún crucificar al Rey de Gloria. El tiempo de manifestar la oposición frontal no ha llegado. Conviene no llamar inútilmente la atención de las autoridades y no justificar la persecución.

Pero junto a este elemento de estrategia práctica aparece algo más profundo, la apocalíptica paulina. Sin duda esta dimensión apocalíptica que subyace toda la carta y que se expresa con mayor claridad en el capítulo 15, sostiene su opción. Soportamos por un tiempo este dolor e injusticia porque llegará pronto la reversión de lo existente, lo que hoy nos oprime ya no existirá. Se puede vivir en este mundo anticipando la forma de vida del Reino porque la llegada de Cristo es inminente.

La doble ciudadanía cristiana

Más adelante, y en camino hacia una nueva revisión crítica de la función política en el marco de la esperanza en la venida del Reino de Dios anunciado por Jesús, el propio apóstol utiliza el lenguaje político para referirse a los creyentes, precisamente de la ciudad de Filipos, como “ciudadanos de ambos mundos”, aunque con el énfasis muy claro en la ciudadanía (politeía, políteuma) celestial:

Politeía se refiere en Hech 22.28 al derecho de ciudadano romano, que poseía Pablo. En Ef 2.12 significa la posición privilegiada de Israel, desde el punto de vista histórico-salvífico, a la que ahora tienen acceso también los étnico-cristianos por la fe en Jesucristo.

Políteuma se presenta solamente en Flp 3.20: los cristianos pertenecen a una mancomunidad en el cielo; son ‘ciudadanos de derecho público’ del reino de Cristo y de la ciudad celestial. De ahí brota la exhortación a no dejarse seducir por la ciudad terrenal (Hans Bietenhard).

Las dos ciudadanías de los creyentes hacen que pongan un pie en este mundo y otro en el venidero porque participan de ambos. Existe una tensión entre el interés y la preocupación principales de la fe cristiana por acceder a ese mundo venidero que ha de sustituir al presente, pero también una participación en los dolores de parto que han de darlo a luz. Las exigencias del Reino de Dios venidero iluminan con su luz de juicio y esperanza al presente, y anuncian proféticamente que los espacios de paz, justicia, armonía y equidad que eventualmente suceden, han de caracterizar plenamente el estado de cosas que vendrá cuando Dios sea “todo en todos” (I Co 15.28).

Conclusión

La “doble ciudadanía cristiana” apunta hacia el hecho de que las realidades políticas, siempre presentes, exigen un grado de fidelidad a los creyentes, en tanto participantes de las mismas. Pero a este hecho el Nuevo Testamento responde mostrando la superioridad del Reino de Dios sobre cualquier forma de convivencia social, de tal forma que ninguna de ellas puede identificarse con él. La esperanza máxima, espiritual y política, de los seguidores/as de Jesús identifica al Reino como la única realidad en la que será posible experimentar, de manera absoluta, la justicia de Dios para la humanidad y para la creación. En ese sentido es que las promesas divinas se proyectan por encima de todos los esfuerzos humanos por construir sociedades y gobiernos más justos e igualitarios.

Sugerencias de lectura

  • Hans Bietenhard, “Pueblo”, en L. Coenen et al., eds., Diccionario teológico del Nuevo Testamento. III. 3ª ed. Salamanca, Sígueme, 1993, pp. 442-445.
  • Oscar Cullmann, El Estado en el Nuevo Testamento. Madrid, Taurus, 1966.
  • Néstor Míguez, “Pablo, el compromiso de fe. Para una vida de Pablo”, en RIBLA, núm. 20, 1995, pp. 7-34, centrobiblicoquito.org/ribla/