II Timoteo 2.14-19

Leopoldo Cervantes-Ortiz

| June 21, 2021

Pero podemos estar seguros de lo que hemos creído. Porque lo que Dios nos ha enseñado es como la sólida base de un edificio, en donde está escrito lo siguiente: “Dios sabe quiénes son suyos”, y también: “Que todos los que adoran a Dios dejen de hacer el mal”.

II Timoteo 2.19, TLA

Trasfondo bíblico

Traducida habitualmente como “fidelidad” o “misericordia”, la palabra hebrea hesed tiene una mayor riqueza de significados. Los expertos han demostrado la forma en que estas palabras evolucionaron para expresar y vehicular consistentemente la actitud divina en relación con su pacto para cumplirlo en plenitud, junto con la muy cercana ‘emet (“Cuando la hesed y la ‘emet se encontraron”, Sal 85.10 (“El amor y la lealtad, / la paz y la justicia, / sellarán su encuentro con un beso”, TLA); “En cuanto seguridad, ‘emet implica tanto la fidelidad como la rectitud, sin apenas distinción” (R. Bultmann). El trasfondo evidente es la afirmación de la persistencia de la fidelidad divina al pacto con el pueblo, una de las realidades más importantes de todo el Antiguo Testamento.

Emet y hesed, palabras clave del Antiguo Testamento

Del origen humano del término (un ejemplo es la amistad entre David y Jonatán, I Sam 18-20) se pasa a una comprensión amplificada de la hesed como el atributo divino que garantiza la continuidad de la alianza con su pueblo:

En cuanto comunidad basada en una alianza, la relación de Israel con Dios también conoce contenidos relacionados con esta forma de la vida jurídica, aun cuando modificados por la grandeza del pactante divino. También aquí la estipulación del berit (pacto) lleva íntimamente aparejada la fiel predisposición a un mutuo servicio leal como conducta exigida por la relación entablada. Sin la referencia a la hésed por ambas partes era impensable el mantenimiento de la alianza” (Walter Eichrodt).

Y todavía más: cada vez que el pueblo veía flaquear su fe y su confianza en Dios, la hesed y la ‘emet resplandecían aún más ante ese marco oscuro al que la historia orilló tantas veces a la nación escogida. Por eso en las Lamentaciones 3 se destaca con tanta fuerza la certeza de la fidelidad de Dios en medio de la prueba y de la tribulación. Lo que nunca está en juego es si Dios es bueno (se da por descontado) sino si será fiel a sus promesas de salvación y sostén: “Por esto en Israel aparece viva y bien arraigada la convicción de que el auxilio y la bondad de Yahvé eran algo que cabía esperar de él, dado que había fundado una relación de alianza” (W. Eichrodt).

La fidelidad divina garantiza la salvación

La construcción verbal que utiliza San Pablo en II Tim 2.19: “Sin embargo, [el] sólido fundamento de Dios ha estado firme, teniendo el sello este: Conoció [el] Señor a los que son de él, y apártese de la injusticia todo el que nombra el nombre [del] Señor”, manifiesta una profunda asimilación teológica de la fe antigua, probada en todo momento por los acontecimientos históricos. Los individuos y las comunidades que permanecían en la fe habían experimentado la fidelidad de Dios en medio de los vaivenes sociales y políticos, y habían permanecido en el fundamento sólido de Dios, que siempre “ha estado firme”. Aquí confluyen las ideas de lealtad, integridad, seguridad, rectitud, verdad, justicia y misericordia, procedentes de la traducción antigua de los Setenta y que se usaría con amplitud en el Nuevo Testamento.

Tener conciencia de la fidelidad divina en la nueva era iniciada por Jesucristo, implica conectarse con el antiguo pacto, pero ahora con la frescura y la intensidad de un contacto más inmediato con Dios a través de él: “Pero en la medida en que él tiene una confianza inquebrantable en la fidelidad de Dios, adquiere (y a través de él todos los demás) no solamente una nueva relación con los poderes que él sabe vencidos, sino, ante todo, la confianza en que lo que aquí ha comenzado de un modo ejemplar se convierta en el momento establecido por Dios en una realidad universal, es decir, en la incorporación de la humanidad a la salvación y a la paz de Dios” (Lothar Coenen). El fundamento firme de Dios es la garantía absoluta de la salvación por encima de todos los aconteceres, positivos o negativos, por los que atravesemos.

Conclusión

El apóstol Pablo, plenamente consciente de la fidelidad de Dios a su pacto por causa de sus orígenes judíos, trasladó esa misma realidad al ámbito de la fe cristiana. Sus palabras recogen la memoria y el ímpetu de la fe antigua para llevar a cabo una magnífica conexión con la fe presente del nuevo pueblo de Dios. La continuidad de la alianza con Dios, mediada ahora por Jesucristo, debía ser una realidad muy viva para los creyentes en su nombre, motivo por el cual, al recuperar la terminología de la antigüedad, colocó en línea directa la fe de los ancestros con la iglesia del primer siglo. Actualmente, proclamar la fidelidad de Dios a su pacto puede y debe reforzar la fe de las comunidades cristianas que son herederas legítimas de las promesas de los tiempos pasados. La fidelidad de Dios a su pacto, como su misericordia, dijo el profeta, se renueva cada mañana.

Sugerencias de lectura

  • Lothar Coenen, “Para la praxis pastoral”, en L. Coenen et al.,, Diccionario teológico del Nuevo Testamento. IV. 3ª ed. Salamanca, Sígueme, 1994.
  • Katharine Doob Sakenfeld, The meaning of Hesed in the Hebrew Bible. Eugene, Wipf and Stock, 1978, 2002.
  • Walter Eichrodt, Teología del Antiguo Testamento. Dios y pueblo. Madrid, Cristiandad, 1975.