Job 12

Leopoldo Cervantes-Ortiz

| April 27, 2020

¿Quién de todos ellos no sabe

que la mano del Señor lo hizo todo?

Él retiene la vida de los seres,

el aliento de todo ser humano. […]

Si él destruye, nadie reconstruye;

si aprisiona, no hay escapatoria; […]

Revela la hondura de las tinieblas,

saca a la luz las densas sombras;

levanta pueblos y los destruye,

ensancha naciones y las destierra…

Job 12.9-10, 14, 22-23, La Palabra (Hispanoamérica)

Trasfondo bíblico

Al avanzar por los caminos de la fe y dedicarle los mejores esfuerzos, con todo y que esto suene a una especie de defensa de las obras, sabemos que debemos movemos siempre en el horizonte de la gracia. Se voltea para mirar lo andado, y tarde o temprano se llega a la conclusión de que los rumbos de la fe deben ser enriquecidos con nuevas aportaciones y formas de interpretación de lo vivido en relación con Dios. Es él quien nos salió en el camino para conducir los pensamientos y acciones por los senderos que mejor le parecen. Es Él quien ha trazado una ruta que a veces nos parece borrosa o incomprensible, pero que inevitablemente deberemos transitar. Y así, en los senderos de ese caminar vamos delineando, también de manera insoslayable, los rostros de Dios que nos acompañan todo el tiempo.

Los rostros múltiples de Dios

Si aterrizamos estas percepciones en las diversas pistas bíblicas, tenemos bastante para escoger. Desde la mirada apacible de un Dios capaz de exigir a Abraham la vida de su hijo tan deseado o de negociar con él por la vida de dos ciudades. También las reclamaciones de Jeremías o Jonás por las características extrañas de su llamado profético, pasando por la dura experiencia de Oseas y su desengaño amoroso, sin olvidar, por supuesto, los amargos momentos vividos por Moisés o David. O la terrible vivencia de las mujeres, cuyo destino escasas veces se apartaba de la sumisión, el abandono o el desprecio: prueba de ello son Agar, Dina, Tamar, Ana, la madre de Samuel y tantas otras. Si existiera la posibilidad de pasarles revista o preguntarles, a la manera de Hebreos cap. 11, cuál fue la evaluación personal de los resultados de su constancia y fidelidad en la fe, o cómo se fue modificando su percepción de Dios con el paso del tiempo, seguramente obtendríamos conclusiones sorprendentes.

En esta ocasión, el modelo de práctica de la constancia es Job, el personaje antiguo que no cejaba en su intento de ser fiel a su Dios mediante un ritual persistente que no olvidaba ni a sus hijos, por si acaso ellos/as habrían pecado (1.5). No cabe duda de que era un hombre constante y de que su percepción, en el momento que comenzó a experimentar el dolor se afianzaría o profundizaría, especialmente ante el alto grado de exigencia de que era objeto. Ante la respuesta insensible de sus amigos, Job se vio en la forzada necesidad de delinear otro rostro de Dios y de redefinirlo para sí mismo, acaso sin la agudeza con que se le hubiera planteado previamente. Al desmantelar las pretensiones de ellos de erigirse en juez suyo (12.1-2: “¡Desde luego, ustedes son de esa gente/ con la cual se agotará la sabiduría! / Pero también yo soy inteligente,/ no me creo inferior a ustedes./ ¿Quién no sabe tales cosas?).

También se le impuso la tarea de revisar sus propias creencias y de valorar los alcances de su fe de un modo lo más coherente posible, sin ánimo de enseñar con soberbia a otros, o de establecer un conjunto doctrinal de creencias. Su horizonte es profundamente existencial e histórico. Se puede decir, sin temor, que fue “un teólogo laico” firmemente situado en el horizonte de fe que Dios esperaba de él.

Un rostro más fresco de Dios

Así, Job describió las acciones de Dios de un modo que no se había visto antes, esto es, mediante un corte transversal de la realidad que le permitió encontrarse con un rostro de Dios más sano, fresco y acorde con la situación que estaba viviendo. No quedó exento de apreciar las paradojas de la vida y la forma en que el Creador se sitúa en medio de la historia para actuar. “Pues él posee sabiduría y poder, / prudencia e inteligencia son suyas. / Si él destruye, nadie reconstruye;/ si aprisiona, no hay escapatoria;/ si retiene la lluvia, llega la sequía; / si la deja libre, se inunda la tierra” (12.13-15).

Un Dios así, presente en las contradicciones de la vida es, por así decirlo, más digerible y hasta tratable, pues no está encerrado en las paredes de la ortodoxia administrada por sus representantes. Aprender a encontrarse con un rostro así puede llevar toda la vida o quizá pueda hallarse a la vuelta de la esquina del sufrimiento o la felicidad como experiencias extremas. Todo está en su mano y él dosifica lo que sucede, dentro o fuera de los ámbitos religiosos o irreligiosos, políticos, sociales o cotidianos. Con Él podemos toparnos por todas partes: “Él dispone de fuerza y eficacia, / suyos son el engañado y el que engaña;/ hace ir descalzos a los consejeros, / hace enloquecer a los magistrados;/ deja a los reyes sin insignias, / les ata una soga a la cintura; / 19 hace ir descalzos a los sacerdotes, / arruina a los que están bien situados” (12.16-18).

También se sitúa en medio de las generaciones y no se deja atrapar por ellas ni por sus tradiciones o ideologías, pues siempre va hacia adelante. La percepción de su frescura es nítida y consecuente, dado que su justicia deberá imponerse siempre: “retira la palabra a los confidentes, / deja sin discreción a los ancianos;/ llena de desprecio a los señores, / afloja el cinturón de los robustos. / Revela la hondura de las tinieblas,/ saca a la luz las densas sombras” (12.20-22).

Conclusión

Dios nunca deja de actuar soberanamente, aun cuando en los diversos niveles de su actuación su gracia y su rectitud no pueden ocultarse: “levanta pueblos y los destruye,/ ensancha naciones y las destierra;/ priva de su talento a los jefes,/ los guía por desiertos intransitables,/ por donde caminan a tientas y a oscuras,/ tropezando lo mismo que borrachos” (12.23-25). Este Dios, que a veces no es tan perceptible para todos/as, está siempre ahí, atento a la forma en que transcurre la vida. Ahora mismo acompaña en el dolor a quienes sufren y está, por decirlo así, preparando la alegría y el gozo con la que han de recuperarse. Un Dios así de cercano es el Dios de Jesús, quien al amar tanto la vida que ha creado, la promueve y difunde por todas partes.

Estamos delante de una percepción muy similar a la del extraordinario himno del reformador Juan Calvino:

 

¡Salve, Jesús, mi eterno Redentor!

En ti confía, mi alma, Salvador;

sufriste cruenta cruz por mi maldad,

para librarnos en tu gran bondad.

Omnipotente, tú reinando estás;

misericordia y gracia plena das.

Tu trono en nuestras almas haz, Jesús,

llénalas de tu dulce y pura luz.

Vida eres y de ti es el vivir;

de ti el sostén confiamos recibir;

por fe esperamos sólo en tu poder

que en toda prueba nos hará vencer.

Otra esperanza no hay para el mortal

en su tan corta vida terrenal.

Tu calma y paz nos guardan del azar,

tus fuerzas nos harán perseverar. Amén.

Sugerencias de lectura

  • Sandro Gallazzi, “El grito de Job y de su mujer”, en Revista de Interpretación Bíblica Latinoamericana, núm. 52, 2005/3, pp. 31-52, centrobiblicoquito.org/images/ribla/52.pdf.
  • Libro de Job, versión de Francisco Serrano. México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 2011.
  • José M. Martínez, Job, la fe en conflicto. Comentario y reflexiones sobre el libro de Job. 2ª ed. Terrassa, CLIE, 1982.
  • Julio Trebolle y Susana Pottecher, Madrid, Trotta, 2011.