Mt 24.9-12 / Heb 11.33-12.3

Leopoldo Cervantes-Ortiz

| June 1, 2020

Mas el que persevere hasta el fin, éste será salvo.

Mateo 24.13, RVR 1960

Estamos, pues, rodeados de una ingente muchedumbre de testigos. Así que desembaracémonos de todo impedimento, liberémonos del pecado que nos cerca y participemos con perseverancia en la carrera que se nos brinda.

Hebreos 12.1, La Palabra (Hispanoamérica)

Trasfondo bíblico

Dentro del “orden de salvación” la perseverancia es una realidad presente que apunta hacia el futuro permanente de Dios puesto que mantenerse en “la primera línea” de la fe es algo que se espera de todo discípulo/a de Jesús. Cuando él habló de las calamidades y desastres que anunciarían su segunda venida, incorporó unas palabras sumamente esperanzadoras: “Pero el que persevere (júpomeinas) hasta el fin, será salvo” (Mateo 24.13). Es decir, que quien soporte verdaderamente los conflictos, las pruebas, las contradicciones, no con un falso estoicismo (sufrimiento disfrazado de serenidad) o con una actitud martirial autocomplaciente, alcanzará la plenitud de la salvación. Ciertamente, el horizonte de estas palabras de Jesús tiene un tono apocalíptico, de advertencia, pero precisamente él consideró necesario alcanzar un genuino discernimiento de la fe para poder situarse no solamente en el rigor de la obediencia sino en el de la madurez espiritual, ideológica y cultural. Ello permitiría a cada creyente sobrellevar todas las mareas y obstáculos presentes para salir adelante en su lucha personal por mantenerse fiel al Evangelio del Reino de Dios.

Perseverar, actitud del discípulo/a verdadero

La perseverancia, se subraya en una lectura entre líneas de este pasaje tan impactante, se da dentro de la historia, justamente frente a aquellas circunstancias que complican la realidad y la práctica de la fe, porque la cadena de situaciones negativas posibles es notable. “En aquellos días a ustedes los maltratarán y matarán. Todo el mundo los odiará por causa de mí. Serán días en que la fe de muchos correrá peligro, mientras otros se traicionarán y se odiarán mutuamente. Aparecerán por todas partes falsos profetas, que engañarán a muchos. La maldad reinante será tanta que el amor de mucha gente se enfriará” (Mt 24.9-12).

Persecución, rechazo, traición, falsos mensajes, maldad desatada: Jesús no engañó a sus seguidores con falsas esperanzas de éxito absoluto en todas sus empresas o proyectos, en la misión cristiana o incluso en la militancia de la fe. El riesgo está latente, pues la fe puede enfriarse e incluso desaparecer. Las contingencias históricas son eso mismo, situaciones impredecibles en las que no se puede anticipar totalmente la actitud que se tomará en los momentos críticos, tal como los estamos viviendo ahora. La fidelidad estará a prueba invariablemente y la historia es el escenario de la misma:

En pleno discurso sobre el fin del mundo, se percibe de nuevo una conmovedora exposición de lo que interesa a los discípulos de Jesús. A pesar de los peligros de fuera y de dentro es posible salvarse. Para conseguirlo sólo se requiere perseverancia y paciente firmeza. Pero quien se mantenga firme hasta el final, éste se salvará. La salvación del individuo es obra de Dios, en él debemos abandonarnos con pura confianza, porque para Dios todo es posible (cf. 19.26). Ya hubo tiempos en la historia de la Iglesia que estuvieron colmados de tal obscuridad e incluso los mejores se sintieron asaltados por la duda. Pero también ellos perseveraron y, a pesar del desamparo en que se hallaban y el fracaso de lo que intentaron hacer, se mantuvieron firmes y no vacilaron (“Instrucción sobre el fin del mundo [24.5-46]”).

La perseverancia en la historia de salvación

Por todo ello, el autor de la Carta a los Hebreos se vio en la necesidad de recurrir a la historia para demostrar cuánta perseverancia necesitaron los antepasados en la fe para imponer su fe por encima de los avatares y las vacilaciones que les sobrevinieron en circunstancias muy concretas. La “multitud de testigos” (Heb 12.1) atravesó la historia con su fe de por medio y alcanzó una alta calificación, con todo y que sus decisiones parecieron cuestionables en algunos casos. No obstante, al convertirse en campeones o modelos de la fe probada históricamente, aparecen ahora como testigos de un gran valor para las generaciones subsecuentes. Estos testigos de la fe fueron perseverantes, constantes y frecuentemente desafiaron la muerte con tal de salir adelante en su compromiso con los proyectos divinos. La enumeración de sus pruebas (Heb 11.33-37) es espeluznante y aleccionadora, puesto que al llegar a extremos heroicos pusieron de manifiesto la hondura y calidad de sus convicciones. Y a pesar de todo, subraya el texto, “ninguno alcanzó la promesa” (v. 39b), por lo que, quienes vienen más adelante, ya en el conocimiento de la promesa, están llamados a una forma de perseverancia acompañada de esa promesa cumplida.

Ésta es la razón por la cual, la “perseverancia de Dios en los santos”, como algunos han creído que debe enunciarse, es más una realidad en marcha basada en la fidelidad del propio Dios y en la presencia de su Espíritu, que una doctrina meramente entresacada de los textos bíblicos para colocarla como colofón de la práctica salvífica humana. El llamado a practicarla se basa, según Heb 12.1-3, en el ejemplo mismo de Jesús, quien también históricamente superó todas las pruebas enfrentadas y consiguió el galardón gracias a la obediencia y la fidelidad a los planes de Dios. La línea argumental es clara: se trata, primero, de quitarse de encima aquellos lastres que puedan impedir la buena carrera (v. 1a), liberarse del pecado restante que nos acecha (1b), y de “participar con perseverancia”, sin desmayar, en la carrera propuesta (1c), todo ello con la mirada puesta, no en las expectativas de éxito, como si tratase de un triunfo personal, sino en el propio Jesús, “origen y plenitud de nuestra fe” (2a). Todo ello, en medio de la historia que acechará siempre al pueblo de Dios.

Conclusión

Los integrantes del pueblo de Dios, hombres y mujeres de fe, pueden asumir la vida cristiana con perseverancia, esto es, con la confianza de que el Señor en quien han creído les entrega recursos espirituales y morales suficientes. Cuando el Señor Jesucristo planteó los riesgos que correrían sus seguidores, también se refirió a la actitud necesaria para afrontarlos y continuar en el camino propuesto para avanzar en el conocimiento de la salvación. La ruta plena del Reino de Dios enfrenta complicaciones y pruebas, a veces muy severas, como la que se experimenta ahora en casi todo el mundo, pero la promesa del Señor consiste en que Él no abandonará a nadie a su suerte. Él sufre al lado de su pueblo los sinsabores y las desgracias e intenta conseguir que siempre tengamos la mirada puesta en su victoria sobre el pecado y la muerte. Su victoria es la nuestra y también es el principal motor de nuestra vida, la cual, si se dejara guiar únicamente por nuestra capacidad para ser fieles, difícilmente alcanzaría la meta de la salvación final.

La perseverancia de los creyentes en Jesucristo es, finalmente, el resultado de la obra del Espíritu Santo en sus vidas, quien, como Consolador supremo, está siempre a su lado para levantarlos/as y encaminarlos por el sendero que conduce a la plenitud de la salvación obtenida por el Señor.

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